La larga sombra de Diosdado Cabello crece tras años fuera del foco
En Venezuela, el poder a menudo ha pertenecido al uniforme más ruidoso de la sala. Diosdado Cabello construyó su autoridad sin llegar nunca a ser el líder máximo, moviéndose entre ministerios, la legislatura y la seguridad; hasta que incluso investigadores de la ONU lo describieron como central en la represión.
De El Furrial al centro del Estado
Nació lejos de los pasillos de mármol de Caracas, en El Furrial, en el estado petrolero de Monagas, el 15 de abril de 1963. La biografía comienza como muchas historias de origen chavista: formación militar, un sentido de destino y un país ya inquieto bajo la superficie. Diosdado Cabello se graduó en Ciencias y Artes Militares en la Academia Militar de Venezuela, estudió Ingeniería de Sistemas en el Instituto Universitario Politécnico de la Fuerza Armada Nacional (IUPFAN) y completó un posgrado en Gerencia de Proyectos de Ingeniería en la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB).
Pero Cabello no se volvió relevante por sus diplomas. Se volvió relevante porque entendió la lógica de las instituciones: cómo se sostiene un Estado y cómo se quiebra. En 1992, entonces teniente, se unió a Hugo Chávez en las rebeliones de febrero y noviembre contra el presidente constitucional Carlos Andrés Pérez. Los golpes fallaron, pero la red que forjaron no. Y a diferencia de Chávez, Cabello no cumplió condena por su papel. Solicitó el pase a la reserva, saliendo del cuartel sin perder la camaradería de los conspiradores que luego gobernarían el país.
Para febrero de 1999, cuando el chavismo se instaló en el gobierno, su formación en comunicaciones le ayudó a obtener un cargo estratégicamente moderno: director general de Conatel, la Comisión Nacional de Telecomunicaciones. Fue una señal temprana de cómo operaría: menos como tribuno carismático, más como operador de palancas. Pronto fue ministro de la Secretaría de la Presidencia en mayo de 2001, luego vicepresidente en enero de 2002, moviéndose por el Ejecutivo como quien sabe que el poder a menudo se construye en los pasillos, no en los balcones.

El día que ocupó la presidencia sin ganarla
La historia, en Venezuela, puede girar sobre fechas que parecen maldiciones. El 11 de abril de 2002 estalló un intento de golpe contra Hugo Chávez. Chávez fue removido y retenido mientras el empresario Pedro Carmona encabezaba un gobierno de transición el 12 de abril. En el caos, la cadena de mando constitucional se convirtió en un arma política.
El 13 de abril, Cabello, operando “desde las sombras”, asumió el liderazgo del gobierno constitucional. Horas después, tras el desmoronamiento del golpe, fue juramentado como presidente provisional ante William Lara, entonces presidente de la Asamblea Nacional. Cabello ocupó la presidencia por un día: un resumen extrañamente perfecto de su carrera. Ha ocupado repetidamente el centro del Estado sin necesitar la silla principal para demostrar que pertenece allí. El 14 de abril, Chávez regresó a Caracas desde la isla La Orchila, donde estuvo detenido, y el capítulo formal terminó. La lección informal quedó: Cabello podía mantener la máquina funcionando cuando todo lo demás colapsaba.
Desde allí, su currículum se lee como un mapa del propio Estado. En mayo de 2002 fue ministro de Interior y Justicia. En 2003 pasó a la cartera de Infraestructura, cargo que ocupó hasta marzo de 2004. Luego se movió al terreno electoral, renunciando para postularse como gobernador de Miranda, el estado que incluye parte de Caracas y uno de los campos de batalla más simbólicos del país.
El 31 de octubre de 2004 ganó la gobernación, derrotando al candidato opositor Enrique Mendoza de la alianza Coordinadora Democrática. Cuatro años después, en 2008, sufrió una dura derrota cuando el opositor Henrique Capriles lo venció. La derrota no lo exilió; lo redirigió de vuelta al poder designado. Fue ministro de Obras Públicas y Vivienda en 2008, cargo que ocupó hasta junio de 2010, y volvió a pasar por la dirección de Conatel.
Para enero de 2011, estaba en la Asamblea Nacional como parte del bloque oficialista. Un año después, fue presidente de la Asamblea. También ascendió como primer vicepresidente del PSUV. Dentro del chavismo, ese rol importa porque se trata menos del aplauso público y más del orden interno: quién habla por el partido cuando el líder está ausente y quién decide qué facciones son toleradas.
Cuando Hugo Chávez murió el 5 de marzo de 2013, existía un camino plausible para que Cabello, como presidente de la Asamblea, asumiera la presidencia temporalmente. En cambio, la sucesión fue para Nicolás Maduro. En esa decisión se puede leer la arquitectura del chavismo: el movimiento eligió a Maduro como rostro, mientras Cabello seguía siendo uno de sus apoyos internos más cruciales.

Sanciones, acusaciones y el retrato de un Estado duro
Sus problemas legales, según el texto, comenzaron en 2014, cuando la Human Rights Foundation lo demandó en un tribunal de Miami, acusándolo de recibir sobornos millonarios de una empresa de ingeniería venezolana. En 2015, el gobierno lanzó una campaña defensiva tras reportes que lo vinculaban con narcotráfico y lavado de dinero. En 2017, fue salpicado por el escándalo Odebrecht luego de que la exfiscal Luisa Ortega, quien salió del país tras ser acusada de traición, dijera tener pruebas de que Cabello recibió 100 millones de dólares de la constructora brasileña, que supuestamente financió su campaña de 2008 para Miranda.
Para 2018, Estados Unidos le impuso sanciones junto a otros líderes venezolanos como parte de la presión sobre el régimen. Ese mismo año, en junio, la Asamblea Nacional Constituyente lo nombró presidente de ese órgano: una institución plenaria y de control total, no reconocida por muchos gobiernos en el extranjero. Fue otro ejemplo de cómo se ha movido cómodamente dentro de estructuras diseñadas para el máximo control.
El 26 de marzo de 2020, Estados Unidos ofreció una recompensa de 15 millones de dólares por información que condujera al arresto de Maduro y 10 millones por Cabello, acusando a ambos de narcotráfico y lavado de dinero. Si los simpatizantes ven estas acciones como justicia o como asedio, el efecto dentro de Venezuela es similar: profundizan la mentalidad de cerco y endurecen las lealtades en torno a las figuras más disciplinadas del Estado.
En agosto de 2024, en medio de la crisis política tras las elecciones presidenciales del 28 de julio, Cabello fue nombrado ministro de Justicia e Interior, un movimiento ampliamente interpretado en el texto como un esfuerzo por reforzar el control interno. Y en marzo de 2025, la Misión de Determinación de los Hechos de la ONU sobre Venezuela afirmó que Cabello dirige “el centro del aparato represivo del Estado”, agregando que la represión contra la oposición se intensificó antes y después de la toma de posesión de Maduro el 10 de enero.
Al final de esta biografía hay un detalle doméstico, casi un recordatorio de que el poder lo llevan cuerpos humanos: Cabello está casado y tiene cuatro hijos. En Venezuela, donde la política se ha vivido durante mucho tiempo como miedo, escasez y vigilancia, estos datos no suavizan el retrato. Lo agudizan. Sugieren que la persona acusada de dirigir la represión también es un padre que llega a casa, cena y duerme, mientras la maquinaria que se dice comanda sigue funcionando durante la noche.
Entender a Diosdado Cabello es entender un arquetipo latinoamericano particular: el teniente que nunca necesitó ser general, el operador que rara vez necesita el micrófono, el hombre que puede perder elecciones y seguir siendo esencial. En un país donde las instituciones se han doblado hasta convertirse en instrumentos de supervivencia, su larga sombra no es un accidente. Es el diseño.
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