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Ciudad Juárez enfrenta el feminicidio en una película que se niega al silencio

Una década después de que Adriana Paz ayudara por primera vez a llevar la pesadilla de Ciudad Juárez a la pantalla, regresa a Sundance con “La Cazadora”: una historia cruda y basada en hechos reales donde el abandono se transforma en determinación, y el silencio de la frontera se convierte en una voz que el festival no puede ignorar.

De vuelta al desierto, de vuelta a la herida

Para Adriana Paz, llegar a Sundance esta semana significó regresar a un lugar que realmente nunca te abandona. Ciudad Juárez no es solo un escenario; es un sistema climático: polvo, calor, distancia y el eco largo de mujeres que no regresaron a casa. De pie, al borde del estreno de “La Cazadora” en el Festival de Cine de Sundance, Paz describió lo que significa volver a ese paisaje y hablar nuevamente sobre la violencia de género que ha marcado a la ciudad durante décadas. “Para mí volver a Juárez para contar una historia como esta, meterme a ese desierto otra vez, hablar de esta violencia, de estos feminicidios, de estas violaciones… Te abre la cabeza… te saca del privilegio”, dijo a EFE.

La película está dirigida por Suzanne Andrews Correa, una cineasta mexicoamericana que, según Paz, escribió la historia después de conmoverse por lo que las mujeres soportan y lo que a veces exige la supervivencia. “Suzanne quedó impactada y escribió esta historia para hablar sobre la violencia que sufrimos las mujeres y las decisiones que a veces hay que tomar para defenderse”, dijo Paz en la misma conversación con EFE.

Paz carga con el peso de un capítulo anterior. En 2009, apareció en “El Traspatio”, una película centrada en las desapariciones de miles de mujeres durante los años noventa en la frontera de Chihuahua, una década en la que el término “feminicidio” dejó de ser un concepto académico y empezó a sonar como un reporte diario. Ahora, en “La Cazadora”, interpreta a Luz, una mujer de Ciudad Juárez que es violada y, tras lo que la película enmarca como abandono institucional, decide buscar justicia por su propia mano: un arco inspirado en hechos reales y moldeado por la brutal aritmética de la impunidad.

La actriz mexicana Adriana Paz en el Festival de Cine de Sundance en Park City, Estados Unidos. EFE/ Mónica Rubalcava

Cuando la cámara se convierte en testigo

Uno de los golpes de la película es la presencia de Eme MalaFe, nombre artístico del rapero Martín Geovanni Aldana Cervantes, quien debuta en el cine con un papel que lo obliga a vivir dentro de la historia en vez de rimar alrededor de ella. Conocido por letras de conciencia social sobre la vida en barrios marginados de la Ciudad de México, llegó creyendo que entendía la violencia en México, hasta que Chihuahua le cambió la perspectiva. “Yo tenía en cuenta la realidad que se estaba viendo en nuestro país, pero no la crudeza con la que se vivía en Ciudad Juárez”, dijo a EFE.

Durante el rodaje en pequeños pueblos de Chihuahua, Aldana Cervantes cuenta que conoció a habitantes, escuchó y aprendió cómo la gente carga el duelo sin la protección de la distancia. La experiencia lo impactó tanto que buscó terapia, y admite que aún no ha podido transformar lo que escuchó en música, una confesión inusual para un artista cuya labor es transmutar el dolor en forma. Describe menos un proceso de investigación actoral que un ajuste de cuentas humano, especialmente como hombre obligado a enfrentar el testimonio de madres cuyas hijas nunca regresaron. “Más que inspiración musical, yo te diría que como ser humano, como hombre. Y lo tengo que decir ante la cámara, como hombre es bien cabrón tener que darte cuenta así… cuando la historia te la está contando la mamá de una chica que ya nunca llegó a su casa… uno se queda mudo”, dijo, hablando con EFE.

Esa palabra—mudo—queda flotando en el aire porque contradice lo que la gente piensa que hace el arte. Se supone que el arte da lenguaje. Pero la frontera a veces quita el lenguaje primero, dejando a artistas y público con la tarea más antigua: escuchar sin convertir el dolor en espectáculo. Aldana Cervantes dice que esas conversaciones le ayudaron a entrar en el personaje del novio protector de Luz, un papel moldeado no por el heroísmo sino por la impotencia: por las limitaciones de lo que una persona puede hacer cuando las instituciones fallan y el peligro se vuelve estructural. Esto resalta el papel del arte como testigo vital, inspirando respeto por su poder de dar testimonio sin caer en el espectáculo.

De izquierda a derecha, el actor Guillermo Alonso, las actrices Adriana Paz y Jennifer Trejo, y el rapero mexicano Eme MalaFeat en el Festival de Cine de Sundance, en Park City, Estados Unidos. EFE/ Mónica Rubalcava

Una exigencia al Estado y una advertencia al público

El elenco secundario de la película carga con la fricción moral de la historia. Guillermo Alonso interpreta a un policía que, como él mismo describió, hará “lo que sea necesario” para mantener el orden. Esta frase puede sonar a tranquilidad o a amenaza, dependiendo de quién sea el “ordenado” y quién el protegido. Compartió esa caracterización en comentarios a EFE. Jennifer Trejo da vida a la hija adolescente de Luz, la figura que eleva la apuesta a un nivel generacional: no solo lo que ocurrió, sino lo que podría volver a ocurrir.

Y Aldana Cervantes, hablando no como personaje sino como ciudadano, dirige su mensaje más explícito a las autoridades mexicanas, instándolas a que hagan su trabajo. “Se pongan a hacer su chamba”, dijo, exigiendo justicia y seguridad como el mínimo indispensable para una vida que no se viva en vigilancia, en declaraciones a EFE. “Tienen que hacer para lo que realmente están ahí, darle justicia y seguridad al pueblo, simplemente una manera de vivir tranquila”, añadió, de nuevo a EFE.

El motor de la historia no es la venganza como fantasía, sino la venganza como síntoma de un fracaso sistémico. Cuando las estructuras oficiales están ausentes—o solo cumplen tareas superficiales—el cuerpo se convierte en su última institución. En Ciudad Juárez, donde la violencia de género persiste como un problema histórico y obstinado, ‘La Cazadora’ funciona como un recordatorio poderoso de que estas historias no son casos aislados, sino parte de una lucha mayor por los derechos humanos y la justicia, instando al público a reflexionar sobre las responsabilidades sociales.

El estreno también coincidió con un día inaugural de Sundance que el festival enmarcó como atento a la identidad latinoamericana, junto a proyectos como “American Pachuco: The Legend of Luis Valdez”, y con la mención de la esperada participación del actor cubano Alberto Guerra en “Ha-chan, Shake Your Booty!” de Josef Kubota Wladyka, según reportó EFE. Sobre todo ello pesa el sentido de transición: este año marca la última edición de Sundance en Park City, Utah, tras 40 años como su sede principal, y el programa está dedicado a su fundador, el actor y director Robert Redford, quien falleció el 16 de septiembre, según EFE.

Pero el aire limpio de montaña de Utah no puede esterilizar lo que Ciudad Juárez lleva a la pantalla. Si acaso, la distancia agudiza el contraste: un festival construido sobre el cine independiente que recibe una historia que insiste en que la independencia no es libertad cuando el Estado te abandona. “La Cazadora” llega no como un “drama fronterizo” exportable, sino como un recordatorio—en clave latinoamericana—de que a algunos lugares se les pide soportar lo que otros solo consumen como narrativa. Y a veces lo más urgente que puede hacer el cine es negarse a que ese consumo resulte cómodo.

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