Cómo Karol G Eligió la Memoria Sobre los Éxitos y Conquistó Corazones en Todo el Mundo
Desde los escenarios de Medellín hasta el Vaticano, Karol G dice que su álbum de junio, Tropicoqueta, profundizó en la memoria colombiana y dividió opiniones. En Rolling Stone, explica por qué la nostalgia, los bailes familiares y la seguridad de las mujeres ahora definen su ascenso global este año.
Una Superestrella Aún Sorprendida por el Foco
A los 34 años, Karol G habla de la fama como muchos latinoamericanos hablan de una aprobación de visa repentina: agradecida, medio incrédula y cuidando de no echarla a perder. “He estado en escenarios legendarios en los que nunca en mi vida imaginé que me presentaría, como el Vaticano o Crazy Horse”, dice, sonando menos como una gerente de marca y más como una mujer intentando nombrar lo que acaba de sucederle en la vida.
Este reportaje está adaptado del informe original, citas y entrevistas publicadas por Rolling Stone y escritas por Julyssa Lopez. En esa versión, los hitos no son solo trofeos. Son los ecos de una historia más antigua: una cantante que surgió en Medellín, comenzó a presentarse siendo adolescente y mide el éxito por lo que puede llevarse de casa sin perderlo.

El Álbum Que Eligió las Raíces Sobre la Rutina
Esa pregunta—qué sobrevive al salto—está dentro de Tropicoqueta, el álbum que lanzó en junio. Fue una apuesta precisamente porque se negó a comportarse como el movimiento seguro de una estrella del reggaetón. Sus proyectos anteriores podían oscilar entre la alegría de fiesta y la actitud desafiante, entregando éxito tras éxito. Tropicoqueta eligió una excavación más profunda: un regreso a Colombia, no como telón de fondo sino como argumento musical.
Buscó sonidos tradicionales como el vallenato folclórico y baladas que se detienen en el desamor en vez de pasarlo por alto. También invitó a Marco Antonio Solís, una leyenda de los años 80, como si quisiera subrayar que la memoria del pop latino tiene sus propios mayores y su propia gramática. “Canciones como ‘Coleccionando Heridas’ y ‘Ese Hombre Es Malo’ me recuerdan la música que escuchaba cuando estaba en la escuela”, dice. “Quería que este álbum llegara a esos sentimientos y a esa nostalgia.”
El riesgo, aprendió, no era teórico. Recuerda las primeras reacciones llegando como una tormenta de notas de voz y comentarios—“‘Me encanta el álbum, es una locura.’ ‘Odio el álbum.’ ‘Es tan especial.’ ‘El álbum es una basura’”, cuenta. En la lógica del streaming, donde se empuja a los artistas a repetir la última fórmula que funcionó, un desvío hacia la tradición puede parecer un error. En América Latina, también puede parecer valentía: negarse a aplanarse para el mercado.
Una vez que dejó de intentar traducir el propósito del álbum en algo “aceptable”, volvió a lo que lo inspiró: las fiestas familiares, los bailes novedosos de La Hora Loca, las tías que bailaban en la cocina como si la alegría fuera un deber. La recompensa no fue una narrativa más limpia, sino una más humana. En TikTok, chicas cantaban las canciones con sus abuelas y otras aprendían la coreografía de “Latina Foreva”, no como un eslogan sino como una declaración.
“Volví a mis recuerdos de estar de gira, la gente llevando sus banderas a cada concierto, banderas de México, Argentina, Colombia, Puerto Rico, República Dominicana, y yo sintiendo que llevaba un pedacito de casa a cada lugar al que iba”, dice. Para los fans criados entre países, esa imagen impacta: un estadio convertido en un barrio compartido, unido por tela y coro.

El Costo de la Visibilidad y el Próximo Primer Paso
Detrás del brillo hay un trabajo que no se fotografía tan fácilmente. Karol G ha hablado de abrirse paso en una industria dominada por hombres, y a principios de este año lanzó un documental en Netflix donde relató entre lágrimas el acoso que sufrió a los 16 años por parte de un exmánager mucho mayor. “Puedo hacer 105 documentales y mil entrevistas, y nadie va a entender lo difícil que fue ser mujer en una sala llena de gente con tanto poder que puede hacerte sentir muy pequeña”, dice.
Ese recuerdo ayuda a explicar por qué su estrellato ahora va más allá de la música. A través de Con Cora, su fundación, apoya a mujeres y niñas en América Latina que provienen de entornos vulnerables o abusivos. En 2024, reconstruyó su escuela de infancia en Medellín con la idea de crear un espacio más seguro—una inversión que, en el lenguaje de la región, suena tanto a protección como a profecía.
En 2026, se convertirá en la primera latina en encabezar Coachella, otro escenario que desde lejos puede parecer pura celebración. Ella no lo describe así. “Es pesado”, admite. “Pero siento que estoy lista.” En un hemisferio donde la visibilidad puede invitar tanto al amor como a la violencia, estar lista no es solo confianza. Es la decisión de pararse en la luz sin dejar que esa luz borre a la chica que primero cantó en Medellín.
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