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El puertorriqueño Bad Bunny hace cantar al estadio de Chile contra el imperio

En Santiago, Bad Bunny inauguró el 2026 entrelazando música de protesta en un show de estadio, reviviendo a Víctor Jara dentro del Estadio Nacional. Mientras Chile gira a la derecha y Venezuela se estremece, un cancionero puertorriqueño pregunta quién sigue siendo dueño de la paz en las Américas hoy.

Una mandolina que corta el ruido de los aviones

El primer sacudón de la noche no fue el bajo ni los fuegos artificiales. Fue una mandolina—fina, brillante y casi demasiado delicada para un estadio—que atrajo a miles de voces hacia una melodía que ha sobrevivido dictaduras, duelo y supervivencia. El pasado fin de semana, Bad Bunny abrió sus primeros conciertos de 2026 en Santiago, Chile, y antes de que la fiesta pudiera siquiera comenzar, pidió al público recordar.

Un músico de apoyo interpretó una versión instrumental de “El Derecho de Vivir en Paz”, la canción de Víctor Jara de 1971. Los acordes flotaron sobre el Estadio Nacional, y la respuesta fue inmediata: vítores, luego gritos—personas lanzando la letra al aire como un juramento. Para quien conoce el pasado de Chile, no fue una elección neutral. Fue una chispa encendida en una habitación llena de gasolina vieja.

El gesto encajó con el espíritu de Debí Tirar Más Fotos, el álbum que impulsa esta gira y lleva un pulso resistente y político entre sus placeres. Pero en Chile, el tributo se sintió más agudo, porque el Estadio Nacional no es solo un recinto. Es un hito marcado por la historia—un lugar cuyo significado nunca ha sido puramente entretenimiento. El breve pasaje de mandolina se convirtió en un recordatorio público de que los estadios de América Latina a menudo han sido también teatros de poder, donde los cuerpos se reúnen no solo para celebrar, sino también, a veces, para ser controlados.

Fuera del estadio, la región está tensa de maneras que hacen que las señales culturales se sientan más fuertes que antes. El texto que proporcionaste enmarca el momento claramente: en diciembre, Chile eligió al político de ultraderecha José Antonio Kast como próximo presidente del país, una figura vinculada por historia familiar a las sombras del autoritarismo. En ese clima, una canción sobre el derecho a vivir en paz no es simplemente nostálgica. Es diagnóstica—una radiografía sostenida ante el presente.

La elección de Bad Bunny resuena aún más mientras el hemisferio observa a Venezuela, donde Estados Unidos ha capturado a Nicolás Maduro tras atacar Caracas en la madrugada del 3 de enero. Incluso para los venezolanos que han sufrido abusos, el texto refleja una verdad cautelosa: muchos en la región temen lo que la intervención estadounidense suele traer después de que se apagan los titulares. Los pueblos de América Latina han aprendido a preguntar no solo quién cae, sino qué estructuras permanecen en pie.

Fotografía de Víctor Jara en Helsinki, 25 de agosto de 1969. Autor: Hannu Lindroos / Lehtikuva (dominio público).

Cuando la paz se convierte en palabra política

“El Derecho de Vivir en Paz” nació como un acto de solidaridad más allá de Chile. Cuando Víctor Jara la escribió en 1971, era una protesta contra la guerra de Vietnam, una negativa a tratar el sufrimiento lejano como un problema ajeno. El enfoque original de la canción era internacional: la idea de que la paz es un derecho que puede ser robado por imperios, napalm y el frío cálculo de las políticas.

La historia pronto devolvió la canción a Chile.

Dos años después, en 1973, Chile fue consumido por la dictadura de Augusto Pinochet tras un golpe contra el presidente socialista democráticamente electo Salvador Allende, descrito en tu texto como apoyado por EE.UU. El lenguaje de “régimen del terror” apenas cubre lo que siguió: persecución, tortura, desapariciones y la destrucción sistemática de la disidencia. El derecho a vivir en paz dejó de ser una frase poética dirigida al extranjero. Se convirtió en una emergencia local.

Y Víctor Jara se convirtió en su mártir. En la versión de los hechos de tu texto, el propio Estadio Nacional fue utilizado como centro de tortura para simpatizantes de Allende. Jara, encarcelado allí junto a miles, fue brutalizado—un guardia le rompió los dedos—pero se negó al silencio, cantando “Venceremos”. Poco después, fue asesinado a tiros por el ejército liderado por Pinochet. Se conozca la historia en detalle o solo de oídas, la esencia permanece: el Estado intentó borrar una voz, y la voz se volvió emblema.

Por eso importó la apertura con mandolina de Bad Bunny. No pidió al público fingir que el pasado ya pasó. Sugirió que el pasado es una herramienta—que la gente usa para medir las amenazas de hoy. El texto también señala cómo “El Derecho de Vivir en Paz” resurgió durante las protestas masivas de Chile en 2019, cuando millones exigieron cambios en estructuras sociales y económicas largamente ligadas a la dictadura. Incluso cuando las protestas respondían a abusos inmediatos—represión policial, desigualdad, humillaciones cotidianas—también llevaban una exigencia más profunda: desmantelar sistemas que sobrevivieron a la dictadura con un aire cínico de impunidad burocrática.

El pasaje en español de tu texto amplía aún más el enfoque, invocando “This is not America” de Residente como recordatorio de que “América” no es sinónimo de Estados Unidos—y que el robo lingüístico refleja el derecho político. El argumento es contundente: llamar “América” solo a EE.UU. es tan absurdo como llamar “África” solo a “Marruecos”, y sin embargo el hábito persiste porque persisten las jerarquías. En este relato, el hemisferio es tratado como una franquicia—algo que el Norte puede nombrar, administrar y reclamar.

Pero el pasaje también complica el sueño de unidad hemisférica. Argumenta que la experiencia vivida de América Latina a menudo se alinea más con el Sur Global—lugares moldeados por la violencia colonial persistente—que con el poder norteamericano. Ese encuadre importa aquí porque ayuda a explicar por qué una canción escrita para Vietnam pudo convertirse en himno chileno, y por qué el himno chileno puede ahora resonar en un estadio encabezado por un artista puertorriqueño. No es unidad sentimental. Es vulnerabilidad compartida, resistencia compartida, memoria compartida.

Tras la noticia del 2 de enero, el profesor de sociología Dr. Alonso Gurmendi resumió esa inquietud con una frase tajante: “La historia del intervencionismo estadounidense en América Latina es una historia de violaciones a los derechos humanos…” Llamó monstruo a Maduro, pero advirtió contra la ingenuidad sobre los motivos del poder estadounidense. El punto no era defender a un dictador. Era defender a la región de repetir un patrón familiar: reemplazar una forma de dominación por otra y llamarlo liberación.

Foto de archivo del cantante puertorriqueño Bad Bunny durante una presentación.  EFE/ Thais Llorca

Canciones que se niegan a quedar enterradas

Bad Bunny no se detuvo en Jara. Tu texto dice que su banda también interpretó versiones instrumentales de “Gracias a La Vida” de Violeta Parra y “Te Recuerdo Amanda” de Jara. Juntas, estas elecciones formaron una especie de suite chilena—música que ha llevado la ternura y la rabia del país, su duelo y dignidad, a lo largo de décadas.

En un contexto pop normal, serían “deep cuts”, guiños de buen gusto pensados para halagar al público local. Pero esto no fue mero turismo cultural. El momento y el lugar hicieron que se sintiera como una declaración: que el mayor escenario del pop latino aún puede albergar memoria política sin diluirla en una estética.

Eso importa para el momento latinoamericano más amplio descrito en tu texto. Mientras el hemisferio observa a Chile girar a la derecha bajo José Antonio Kast y a Venezuela desestabilizarse tras la captura de Nicolás Maduro, es fácil que la gente común se sienta atrapada entre el poder monstruoso local y el oportunismo del poder extranjero. En ese apretón, la cultura se convierte en uno de los últimos espacios donde la dignidad puede ensayarse públicamente.

También es donde los mensajes viajan más rápido que las políticas. Un analista político mexicano, Abraham Mendieta, escribió en línea: “Gracias a Bad Bunny, ‘El derecho de vivir en paz’ se está haciendo viral de nuevo…” En el mismo hilo, argumentó que el origen antiimperialista de la canción sigue encajando “con los tiempos que vivimos”, postulándola como posible himno de la época. Se esté o no de acuerdo con su política, la reacción revela algo crucial: cuando las instituciones fallan, la gente recurre a las canciones para articular la forma moral del presente.

Por eso un astro puertorriqueño cantando la historia de Chile no es una estrategia de marketing. Puerto Rico en sí es una contradicción política—latinidad bajo bandera estadounidense, cultura que viaja globalmente mientras la soberanía sigue sin resolverse. Cuando Bad Bunny pisa el Estadio Nacional y abre con Jara, también está trayendo la propia relación complicada de Puerto Rico con el imperio al escenario, aunque no lo diga explícitamente. Recuerda al público que la lucha por quién puede definir “América” no es abstracta. Se manifiesta en pasaportes, bases, deuda, elecciones, golpes y el temor silencioso de ser borrados.

Por unos minutos en Santiago, el estadio fue algo más que una parada de gira. Se convirtió en archivo, advertencia y respiración compartida. Una línea de mandolina de 1971 cortó el ruido de 2026 y planteó la única pregunta que sigue regresando, década tras década, de Vietnam a Chile y Venezuela: quién tiene permitido vivir en paz—y quién debe luchar solo para merecerlo.

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