Estrella del pop mexicano convierte el náhuatl y el maya en fuego mainstream
En una azotea de la Ciudad de México, Azalea Báalam levanta una flauta jaina y toca nueve notas al aire libre. Lo que sigue es pop construido a partir de lenguas ancestrales, ritmos modernos y una idea obstinada: que el género más grande del mundo aún puede hacer espacio para el origen.
Una azotea donde nueve notas atraviesan la ciudad
Desde la azotea de su casa en el centro de la Ciudad de México, Azalea Báalam se para con una pequeña flauta prehispánica en las manos y lanza nueve notas hacia afuera. La ciudad está abajo, abarrotada e indiferente como suelen ser las ciudades, pero aquí arriba hay un bolsillo de atención—un momento donde el sonido manda.
Tiene treinta y tres años, es compositora y cantante originaria de la Península de Yucatán, y la gente le dice que su música se siente como una ‘revolución’. Este término resalta su esfuerzo por desafiar las normas y puede atraer a los lectores a su movimiento cultural.
El problema es que la “revitalización” puede volverse un eslogan si no la mantienes atada a algo que puedas ver y escuchar. Aquí, el lazo es literal. Una flauta jaina, un instrumento con linaje prehispánico, se sostiene en una azotea de la capital. Nueve notas, repetidas porque la repetición es la base de las canciones y también de la memoria.
La música de Báalam no se queda en un solo lugar. Fusiona ritmos electrizantes de K-pop con coreografías inspiradas en Michael Jackson, uno de sus músicos favoritos, junto con Juan Gabriel. Es una mezcla que no se disculpa por ser mezcla. Insiste en que el origen no es lo opuesto a lo moderno. Puede ser un método.
“A la gente que conecta con mi música le gusta mucho y se siente orgullosa de que no todo está perdido, de que se está haciendo algo en las lenguas originarias”, dijo a EFE.
Aquí hay una apuesta, y no es solo artística. Es social. Llevar lenguas que están perdiendo hablantes al formato musical más dominante del mundo es apostar a que las audiencias jóvenes, en México y más allá, no tratarán la lengua indígena como una pieza de museo. Que tal vez canten, alimentando esperanza y curiosidad sobre la resiliencia cultural.
La plataforma importa porque es donde el pop ahora viaja a la velocidad de la imitación, donde un coro se convierte en un caption, y donde la lengua indígena puede llegar rápidamente a nuevas audiencias, transformando el sonido en una experiencia compartida.

Aprender desde cero y nombrar un género a propósito
El camino de Báalam hacia el náhuatl y el maya no fue fácil. Incluso con un padre hablante de maya, dice que tuvo que aprender ambos idiomas desde cero cuando tenía quince años, después de mudarse a la Ciudad de México. En la capital, cuenta, el maya prácticamente no se enseñaba en ninguna escuela.
Así que empezó con “náhuatl básico”, la lengua indígena más hablada en la ciudad, enraizada en la herencia del Imperio Azteca, que data de 1325 a 1521. Ese detalle importa porque muestra cómo la historia permanece incrustada en lo cotidiano. No como un libro de texto. Como un desequilibrio. Un idioma presente en el pasado de la capital, pero aún tratado como periférico en su presente.
En el proceso de aprendizaje, llegó a una conclusión que suena a mercadotecnia pero también es una estrategia de supervivencia: para resistir la muerte de la diversidad lingüística, creyó que necesitaba una etiqueta que captara la atención de las audiencias jóvenes, tanto nacionales como internacionales, nombrando intencionalmente su estilo como ‘nahuapop’ y ‘mayapop’.
“Es una mezcla de cosas que me gustan”, dijo a EFE.
La frase funciona porque es sencilla y precisa. El mole no es una metáfora importada de otro lado. Es una palabra que ya entiende la mezcla como arte, no como dilución. En su versión del pop, el K-pop no es un colonizador. Es una herramienta. También lo son las danzas clásicas de la India, especialmente los mudras, gestos de manos usados en la coreografía de Bollywood. Ella toma prestado con intención, y luego regresa al náhuatl y al maya como núcleo.
Hay un detalle cotidiano en las notas que hace más de lo que parece. Mientras habla, su mirada va a sus calcetas de Hello Kitty. Es pequeño, casi demasiado pequeño, pero encaja en el argumento mayor de su música. Cultura cute, ternura kawaii en japonés, combinada con un filo incendiario. Suavidad y crítica en el mismo cuadro.
Hacer música en lenguas indígenas, dice, es como saltar de un mundo a otro, jugando con las posibilidades de las palabras más allá de las fronteras del español. Esa idea de juego importa. El juego es cómo la gente aprende. El juego es cómo la gente sigue regresando.
Y luego está la forma en que el idioma cambia la emoción. Ella señala que en náhuatl, los verbos son más intensos, lo que le permite explorar sentimientos como la rabia. La rabia, dice, es algo que quiere analizar desde una perspectiva feminista porque cuando las mujeres se enojan, a menudo parece socialmente inaceptable. Esto resalta cómo el lenguaje puede empoderar a las personas para expresar y desafiar normas sociales, inspirando una sensación de agencia en la audiencia.
Aquí, la política no es abstracta. Es gramatical. Se trata de lo que un verbo puede contener y de lo que una sociedad permite que una mujer diga.
Incluso dice que le gustaría usar estos idiomas para repensar el insulto, para responder a hombres que, sin saber lo que dicen, critican su música como mal hecha o intentan mansplainear su propio trabajo. El punto no es el secreto por sí mismo. Es el poder.
“Lo puedo decir y no me van a cancelar, no van a decir nada porque la gente no conoce las lenguas, entonces también es jugar con eso”, dijo a EFE.
Una mueca alegre acompaña la frase en las notas, y se lee como reconocimiento. El mundo no ha aprendido estas lenguas, así que ella usa esa ignorancia como escudo y como escenario. Esto lo que hace es exponer la asimetría: el español y el inglés se tratan como universales, mientras que las lenguas indígenas se ven como nicho. Ella invierte esa jerarquía en el espacio de una canción.

Un movimiento acompañado y sueños que se niegan a encoger
Báalam insiste en que no está sola. Señala a artistas como Za Hash y Juan Sant, quienes rapean en mazahua y totonaco, creando música nueva a partir de expresiones milenarias y ayudando a que se escuche como sonido contemporáneo y no solo como patrimonio cultural.
La multiplicación de este talento la motiva, dice, y da forma a su mayor ambición: construir su propio camino y fundar su propio sello discográfico para impulsar proyectos como estos. Quiere un efecto en la sociedad. Quiere una nueva vida para culturas que la industria suele tratar como simple fondo decorativo.
“Esos sueños están muy lejos, pero antes de morir quiero sentir que intenté todo para lograrlos”, dijo a EFE.
Es una frase íntima y también política. Porque cuando las lenguas indígenas pierden hablantes año tras año, la pregunta no es solo qué hace el Estado. También es qué recompensa la cultura. Qué se distribuye. Qué se repite.
De vuelta en la azotea, esas nueve notas no resuelven nada por sí solas. Pero hacen una declaración. Que el pop no es solo el sonido del presente global. Puede ser un contenedor para las lenguas que sobrevivieron a la conquista, la escolarización, la vergüenza y el abandono. Un contenedor que viaja. Un contenedor que responde cantando.
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