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La leyenda del rock argentino Fito Páez convierte Cosquín en memoria

En Cosquín Rock 2026, unas noventa mil personas vieron a Fito Páez comprimir cinco décadas en una hora. Un solo de piano, un guiño a un colaborador perdido y un mar de luces de celulares se convirtieron en algo más que nostalgia. Se transformó en un argumento sobre la cultura.

Un solo de piano y la multitud que responde

Lo primero que notas no es la magnitud. Es el silencio.

Fito Páez se sienta al piano con una chaqueta beige y un suéter de cuello alto blanco. Por un momento, el festival se siente como una sala en vez de un escenario en la montaña. Abre con un solo de piano para calentar el show. Casi puedes escuchar a la multitud recalibrar: menos charla, más atención. Un pequeño cambio en el aire, como si la gente se inclinara hacia adelante.

Ahora tiene sesenta y dos años. El festival es Cosquín Rock 2026. La multitud es enorme y el día es el cierre de un encuentro que reunió a unas noventa mil personas. Pero la elección para abrir es íntima y, en cierto modo, extraña. Comienza con una canción de 1986 que originalmente interpretó junto al fallecido Luis Alberto Spinetta, otra leyenda argentina.

En un festival construido sobre escenarios simultáneos y estímulos constantes, la ternura puede sentirse como una rebelión. Un piano no es lo más ruidoso del predio. Un recuerdo no es fácil de retener cuando las pantallas están por todas partes.

Y sin embargo, permanece.

Antes de tocar Tumbas de la Gloria, Páez se dirige al público, visiblemente emocionado. “A todos los músicos que la historia me dio el placer de cruzar en el camino, todo mi amor en esta canción”, le dijo a la multitud, llorando mientras hablaba, según EFE.

La frase impacta porque no es un eslogan de marketing. Suena a un hombre haciendo balance en público, lo cual no siempre es cómodo de ver. Pero también te recuerda por qué la música en vivo sigue importando. Obliga a que el tiempo se desacelere.

Tumbas de la Gloria pertenece a El amor después del amor, el álbum de 1992 descrito en las notas como el más vendido en la historia del rock argentino y el que hizo famoso internacionalmente a Páez. La interpretación es tanto un homenaje como un recordatorio del linaje, de quiénes ayudaron a construir el sonido que aún hoy atrae a la gente de todo el país a un festival en las montañas.

Luego vuelve el volumen. No solo desde los parlantes, sino también desde los cuerpos.

La leyenda del rock Fito Páez. EFE/ Juan Ignacio Roncoroni

A mitad del show, la multitud se convierte en una especie de infraestructura. Páez pide que la gente encienda las linternas de sus celulares para Brillante sobre el mic. Lo hacen de inmediato, y el campo se llena de puntos blancos dispersos, como un segundo cielo cosido bajo al suelo.

Él mira hacia afuera y parece genuinamente sorprendido por lo lejos que llegan las luces. “Allá atrás hay una popular enorme, no los había visto, hola”, le dijo al público, según EFE.

Ese pequeño intercambio, un músico famoso reconociendo de repente la sección más barata y lejana, es fácil de tratar como una anécdota cálida. Pero lleva algo más filoso. Reconoce cómo se organiza la multitud, quiénes están cerca y quiénes quedan atrás, y cómo esa distancia puede desaparecer cuando una canción pide una respuesta simple.

Esto subraya la mezcla social que hace que la cultura del rock argentino se sienta como algo más que entretenimiento. Hay gente cerca del frente con espacio para moverse. Hay gente bien atrás en la popular, que las notas describen como la zona más económica y más alejada del estadio. Y todos pueden cantar las mismas palabras.

El momento de himno llega con El amor después del amor. La canción aparece cerca de la mitad del show, con coros de Mariela Vitale y unas 40.000 personas cantando al unísono. La letra citada en las notas recorre la multitud como si ahora perteneciera a todos: “En la esencia de las almas, dice toda religión, para mí es el amor después del amor.”

Aquí está la observación cotidiana que se vuelve obvia una vez que estás adentro. En un festival así, la gente sabe qué hacer sin que se lo digan. Cuando un artista pide luces, las luces aparecen. Cuando llega el estribillo, miles de gargantas lo reciben. El ritual está practicado. La respuesta es automática, pero no vacía. Es memoria muscular que todavía tiene sentimiento.

E incluso con otro número importante tocando en otro escenario, Divididos, la banda argentina conocida como la aplanadora, el set de Páez está lleno. Las notas dicen que la multitud se extiende mucho más allá de los límites previstos por los organizadores para cada concierto. Ese detalle importa. Sugiere elección. Sugiere gravedad. La gente se movió hacia él de todos modos.

Páez toca durante aproximadamente una hora, y personas de distintas edades se emocionan, algunas incluso lloran, mientras él recorre un rápido tour por más de cuatro décadas sobre el escenario. El set se vuelve más festivo con Circo Beat, A Rodar Mi Vida y Mariposa Tecknicolor. No es un recital de museo. Es un catálogo vivo.

Luego pasa a algo parecido a una tesis. “Algo hermoso entre tanto ruido, tanta pantalla y tanta porquería, es el orgullo que siento de ser un pequeño eslabón en la cadena genética de la música argentina. Y eso es algo que se hizo acá”, le dijo al público, según EFE.

Es una frase directa, y útil.

La apuesta aquí no es solo que un artista de legado aún puede convocar multitudes. Es que la música argentina es una herencia que la gente sigue defendiendo en tiempo real, incluso cuando los festivales se vuelven más globales, más dominados por pantallas, más optimizados.

La leyenda del rock Fito Páez. EFE/ Juan Ignacio Roncoroni

Un festival que lleva historia y sigue cambiando

Cosquín Rock, recuerdan las notas, nació en dos mil uno y ha acompañado la evolución de la escena local. Eso se siente en la grilla alrededor de la presentación de Páez, que no está ordenada como una escalera generacional prolija sino como una colisión.

Más temprano en el día, León Gieco, conocido como defensor de los derechos humanos, tocó con una banda tributo a Charly García llamada Beats Modernos. Cantó Pensar en nada y Yo no quiero volverme tan loco mientras en las pantallas se veían imágenes de la última dictadura argentina, según las notas. También se sumó al grupo uruguayo Agarrate Catalina.

Más tarde, Airbag ofreció un show potente y duro para decenas de miles de fans que llevaban puestas las camisetas de la banda. Trueno trajo un estilo de rap más joven que a veces se desliza hacia el ska. El artista de trap YSY A agradeció al público, describiendo un camino que va de tocar en plazas a convertirse en estrella, gracias a la gente que lo apoyó, según citan las notas.

Y el cierre fue de Peces Raros, que comenzaron con una versión rockera de Cicuta, con Marco Riera y Lucio Consolo sosteniendo sus guitarras, para luego sumergirse de lleno en la atmósfera rave que llevan a sus shows. Tocaron lo más destacado de su último disco, Artificial, lanzado en 2025. Las notas dicen que el álbum ganó el Premio Gardel el año pasado al mejor disco de música electrónica.

Así que sí, es un festival de rock. Pero también es un mapa vivo de cómo la música popular argentina sigue reinventándose, arrastrando su pasado, a veces con ternura, a veces con volumen.

Por eso los momentos de Páez impactan como lo hacen. No solo interpreta canciones. Demuestra continuidad en un espacio diseñado para la distracción.

En el piano, en el micrófono, mirando hacia la popular que no había notado hasta que se encendieron las luces, ofrece una prueba simple. En un país donde el arte y la política siempre se han hablado, a veces demasiado fuerte, la multitud todavía se reúne para un estribillo. Todavía se reúne para la memoria. Todavía se reúne para decir, juntos, que esto se hizo acá.

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