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Película ecuatoriana encuentra humor en la mediana edad, la familia y lo que los hombres evitan decir

A los cuarenta, un hombre pierde su empleo y de repente escucha el paso del tiempo con más fuerza. En la nueva película ecuatoriana Nosotros, Mi Papá y El Perro, la risa es la puerta de entrada, no la salida, al duelo, la fricción familiar y el incómodo trabajo de envejecer juntos.

Una casa llena de tiempo y un perro que lo observa todo

En la película, la casa no es solo un escenario. Es una atmósfera que casi puedes sentir en la piel, ese aire encerrado que se acumula cuando varias vidas se ven forzadas a compartir los mismos cuartos, las mismas rutinas, las mismas viejas discusiones que siempre encuentran nuevas palabras. Un padre y sus hijos se mueven alrededor del otro con la particular rigidez de la vida familiar latinoamericana, cuando el cariño es real pero no siempre se expresa claramente. Y ahí, acompañando los días, está el perro.

El perro es adulto, está cerca del final de su vida. No es un accesorio tierno ni una máquina de chistes. Es una presencia, silenciosa y terca, de esas que te hacen notar los pequeños ritmos de un hogar: un plato que se coloca, una pausa antes de hablar, la forma en que la gente revisa al animal sin decir realmente qué están revisando. El problema es que el perro nunca es solo un perro. En esta historia, carga con la memoria.

Pablo Arturo Suárez, el productor y director, describe la película como un espejo de algo que está a la vista pero casi nunca se dice: la crisis masculina de la mediana edad. “Esta película en particular está muy ligada a las dinámicas masculinas dentro de la familia”, dijo a EFE, enmarcándola como un reflejo de cómo los hombres atraviesan esa etapa. También señala a las mujeres de la historia como quienes ven la línea con mayor claridad. Los personajes femeninos, dijo, “tienen las cosas súper claras y ayudan a encaminar” todo, contó a EFE.

Esto lo que hace es cambiar el enfoque habitual. En vez de tratar la duda de la mediana edad como una crisis privada, la película la pone sobre la mesa familiar. La vuelve comunitaria. La vuelve ineludible.

El cineasta ecuatoriano Pablo Arturo Suárez en Quito, Ecuador. EFE/ José Jácome

Cuarenta, desempleado y mirando hacia un futuro adolescente

El personaje central es Sebastián, quien pierde su trabajo a los cuarenta y comienza a hacer las cuentas que tantas personas hacen en silencio: qué se ha construido, qué se ha perdido, qué aún es posible. La película es una comedia construida sobre una corriente dramática, y usa esa estructura para mantener al espectador cerca de la incomodidad sin ahogarse en ella.

Sebastián también es padre, y la película lo sitúa en un choque que resulta familiar en las ciudades de América Latina, donde la tradición y el presente digital comparten el mismo espacio vital. Él empuja a su hijo adolescente hacia el estudio clásico, hacia la vieja idea de una vida seria. El hijo quiere otra cosa. Quiere ser YouTuber y vivir dentro del mundo digital. Su discusión no es solo sobre elecciones de carrera. Es sobre legitimidad. Es sobre cuál versión de la adultez cuenta.

La apuesta aquí es que el público se reconozca en la brecha generacional y reconozca algo más: cómo el golpe económico puede agudizar esa distancia. Perder un trabajo no es solo un golpe personal. Reorganiza la autoridad dentro del hogar. Cambia a quién se escucha, a quién se le da la razón y quién se siente observado.

Y ‘observado’ es la palabra correcta, porque la película construye un personaje que no se ve pero lo moldea todo. La madre está muerta, pero permanece en la casa a través del diálogo, el duelo y la memoria. Está presente en lo que la familia no logra resolver del todo. También está, simbólicamente, presente en el perro, el animal que ella llevó al hogar.

“Un perro adulto, en sus últimos días, los acompaña, los observa y, simbólicamente, habla del paso del tiempo”, explicó Suárez, según contó a EFE. Es un recurso sencillo, pero nada simple. Un perro cerca del final de la vida obliga a las personas a enfrentar los finales de una forma que no pueden racionalizar.

Él enfatiza que “al final, hay más puntos de encuentro que de separación”, resaltando la importancia de los lazos familiares. Vuelve a esa idea porque las familias, especialmente en América Latina, suelen sobrevivir a través de la convivencia: espacios compartidos, historias compartidas, el acto repetido de quedarse, generando una sensación de calidez y entendimiento compartido para el público.

El cineasta ecuatoriano Pablo Arturo Suárez en Quito, Ecuador. EFE/ José Jácome

Humor negro, calles de Quito y el largo viaje de hacer cine

Suárez se apoya en el humor negro, no como adorno, sino como estrategia para decir lo que cuesta decir. “No hay mejor manera de hablar de la vida que riendo”, afirmó, según contó a EFE. La frase suena a filosofía y también a herramienta de supervivencia. En muchos hogares latinoamericanos, el humor no es lo opuesto al dolor. Es el lenguaje que se le permite al dolor.

El objetivo del director, según lo describe, es llegar a un público amplio y usar la comedia para abrir el debate sobre asuntos más profundos: las relaciones familiares y las crisis de edad que la gente atraviesa con poco vocabulario público. “Es fundamental hablar de las familias porque es lo que nos marca”, dijo, según contó a EFE, señalando la necesidad de entender al otro dentro de la familia, incluso cuando ese otro es quien te hace poner a la defensiva.

La película, producida hace cinco años y que se estrenará el 5 de febrero, tiene una especificidad ecuatoriana que no se siente como etiqueta de mercadeo. Presenta las dinámicas familiares latinas a través de cómo se llaman unos a otros, cómo hablan, cómo se acumula la vida cuando todos viven bajo el mismo techo y los chistes locales peculiares que vienen con la idiosincrasia. Esa textura ayudó a que viajara, incluso a festivales fuera del país. Ha sido premiada en Estados Unidos y Chile, recordando que las tensiones familiares más locales suelen ser las que más lejos se traducen.

Excepto algunas escenas filmadas en la provincia costera de Manabí, la historia transcurre en Quito. La ciudad mezcla calles coloniales con el pulso de barrios modernos, y la película la trata como un personaje esencial, no como una postal. En un lugar como Quito, el pasado está muy cerca del presente, y esa cercanía resuena con el argumento central de la película sobre generaciones que viven dentro del mismo marco.

El elenco incluye actores y actrices ecuatorianos, así como una intérprete rusa. La producción fue financiada con fondos propios del equipo y auspicios de empresas privadas. Este detalle sobrevuela el proyecto como una condición silenciosa del cine ecuatoriano: la creatividad no es opcional.

Suárez, creador de series y proyectos tanto documentales como de ficción para televisión, estrena su segundo largometraje una década después de Tan distintos. Ahora tiene treinta y nueve años, y describe ese intervalo como prueba de algo más grande que una sola carrera. Hacer cine en Ecuador es un viaje, dice, y la frase resuena porque es tanto personal como estructural. En esta región, las películas suelen hacerse como se mantienen unidas las familias: con persistencia, con improvisación y con la decisión repetida de no dejar que la historia se detenga.

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