Por qué el duelo de Colombia por Yeison Jiménez es tan profundo: le dio voz a su dolor
Cuando Colombia supo el 10 de enero de 2026 que Yeison Jiménez había muerto en un accidente aéreo, la reacción fue inmediata y abrumadora. No fue solo un shock. Fue algo más cercano a un duelo colectivo, crudo, vocal y profundamente personal, porque para millones, Yeison nunca fue solo un cantante. Para gran parte del país, especialmente fuera de los círculos urbanos de élite, la voz de Yeison había sido una compañera en la tristeza, la escasez y el orgullo. Su muerte no silenció a un artista; interrumpió una conversación que los colombianos aún tenían consigo mismos.
Una voz que habló las verdades de la clase trabajadora
En Colombia, la música popular no era música de fondo. Era testimonio. Arraigado en las regiones cafeteras de Caldas, Quindío, Risaralda y Tolima, el género cargaba con el peso emocional de la migración, el abandono, la traición y la supervivencia. Yeison Jiménez, nacido en 1991 en Manzanares, Caldas, se convirtió en la voz moderna más reconocible al negarse a suavizar esos temas.
Sus canciones no usaban el dolor como metáfora; lo expresaban de manera directa. Cantaba sobre crecer sin nada, sobre la humillación y sobre la dignidad terca de quienes se negaban a desaparecer. Para los colombianos de clase trabajadora—especialmente en pueblos rurales y barrios periféricos—sus letras se sentían autobiográficas. No solo escuchaban a Yeison Jiménez; se veían reflejados en él.
Ese vínculo explicaba por qué su muerte a los treinta y cuatro años se sintió desestabilizadora. No era nostalgia—era identificación.
Una vida que se negó a ser fabricada
La credibilidad de Yeison venía tanto de su biografía como de su música. Antes de llenar estadios, vendía dulces en los buses y trabajaba en empleos informales. La industria lo rechazó varias veces, sin saber cómo vender su acento, su apariencia o su estilo honesto. Su ascenso fue lento, visible y merecido.
En un país donde el éxito a menudo parecía heredado o inaccesible, el recorrido de Yeison importaba. Mostró a los jóvenes colombianos que la persistencia, no solo el talento, podía cambiar sus vidas. Cuando finalmente alcanzó la fama nacional, se sintió como un reconocimiento, no una invención.
Para 2024, Yeison logró lo que ningún artista regional colombiano había hecho antes: agotó tres veces las entradas del Movistar Arena de Bogotá y luego llenó el Estadio El Campín con más de 40.000 fanáticos. Cada concierto era un acto de reivindicación—no solo para él, sino para quienes tenían historias demasiado locales o demasiado duras.

El accidente que congeló a un país
Por eso el accidente aéreo en Paipa, Boyacá, golpeó tan fuerte. El 10 de enero de 2026, una Piper PA-31 Navajo no logró ganar altura tras despegar del Aeropuerto Juan José Rondón y se estrelló cerca de la pista. Los seis a bordo—Yeison, su equipo (Juan Manuel Rodríguez, Óscar Marín, Jefferson Osorio, Weisman Mora) y el piloto Hernando Torres—murieron.
Testigos reportaron demoras y notaron que el piloto parecía preocupado antes del despegue. Autoridades del Ministerio de Transporte, la Aeronáutica Civil y la Policía Nacional iniciaron investigaciones.
Las condolencias llegaron de políticos y figuras culturales. Boyacá declaró un día de luto. El alcalde de Marinilla, donde Yeison iba a presentarse, anunció la tragedia y encabezó un minuto de silencio. El presidente Gustavo Petro reconoció públicamente la pérdida.
Pero la respuesta más reveladora vino de las calles.
Una despedida que se sintió como un concierto
En el Movistar Arena de Bogotá, miles se reunieron para un homenaje póstumo. Se sintió menos como un funeral y más como una catarsis colectiva. Los fanáticos llegaron durante la noche, cantando sus canciones afuera. Luego ingresaron al recinto donde Yeison había cimentado su legado solo meses antes.
Dentro, la arena se resistía al silencio. Una pantalla gigante mostraba su nombre, los años 1991–2026 y mensajes de despedida. Seis ataúdes—uno para Yeison y uno para cada una de las otras víctimas—estaban frente al escenario, rodeados de flores y custodiados por familiares y amigos cercanos.
El evento comenzó a la 1:30 p.m., cuando un miembro del equipo de Yeison recordó a la multitud que este era su “cuarto show agotado” en la arena—un comentario que provocó aplausos y lágrimas. Artistas como Pipe Bueno, Alzate, Jessi Uribe, Paola Jara, Francy, Arelis Henao y John Alex Castaño asistieron—no para cantar, sino para llevar su voz adelante.
El momento más emotivo llegó cuando la madre de Yeison, Luz Mery Galeano, se paró junto a su hija Taliana. Con la voz entrecortada, sollozó: “Vuela tranquilo, ve al cielo. Aquí está tu heroína”, y la arena quedó en silencio. Taliana habló brevemente, pidiendo al público que valorara a sus padres.
Lo que para los de afuera parecía una emoción excesiva era algo completamente distinto. Era gratitud.

Por qué este duelo se vio diferente
Los colombianos no lloraron a Yeison Jiménez solo porque fuera famoso. Lo lloraron porque puso voz a sentimientos que muchos nunca tuvieron palabras—ni permiso—para expresar. En una sociedad marcada por la desigualdad y la contención emocional, su música permitió decir en voz alta lo que la supervivencia les había enseñado a guardar.
Por eso el duelo no fue callado ni contenido—fue, en cambio, un coro salvaje y elevado. En Colombia, el dolor no siempre se esconde en el silencio. A veces, exige ser cantado a todo volumen.
La muerte de Yeison cerró un capítulo que aún se sentía inconcluso. Estaba preparando otro concierto en El Campín y se encontraba en la cima de su influencia, todavía hablándole a quienes necesitaban ser escuchados.
Por eso los colombianos lo lloraron con tanta intensidad. No perdieron a una celebridad, sino a un espejo—y a la voz que les decía que su dolor importaba.
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