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Recorrido cinematográfico en Recife convierte la fama del Oscar en memoria urbana viva

Un recorrido a pie de cuatro kilómetros en Recife está transformando el turismo cinematográfico en una forma de arqueología cívica, siguiendo los pasos de las locaciones mostradas en El Agente Secreto, una película brasileña nominada a cuatro premios Oscar. Los visitantes persiguen escenas, pero dejan tras de sí conversaciones sobre dictadura, correo y la propia historia oculta de la ciudad.

Una ciudad que puedes tocar, no solo mirar

En un día caluroso que aún se siente fresco dentro de los edificios antiguos, el recorrido comienza con una sensación que puedes percibir antes de poder explicarla. El mármol frío de las paredes del Cine São Luiz. Las manos lo rozan casi automáticamente, como si la piedra pudiera confirmar que la película fue real y que la ciudad no era solo un telón de fondo. Recife provoca eso en la gente. Te hace querer verificar lo que ya sabes.

Grupos de unas 30 personas se reúnen en espacios tradicionales de la capital de Pernambuco, avanzando por una ruta de 4 kilómetros construida en torno a El Agente Secreto. Esta película se convirtió en un fenómeno local tras la atención internacional. El recorrido ofrece la oportunidad de caminar por un callejón estrecho donde un personaje huyó herido, dejando sangre en la pared, sentarse a tomar algo en el mismo bar donde los sicarios comieron mientras observaban a Marcelo, y entrar en los escenarios donde la ficción se mezcla con la historia documentada.

La observación cotidiana que implican estas escenas es sencilla: los habitantes pasan por estos lugares todos los días sin detenerse, hasta que una película les permite mirar. Entonces la calle cambia. No físicamente. Psicológicamente.

Para Kleber Mendonça Filho, el director brasileño originario de Recife, la ciudad es más que un escenario. Recife es otro personaje en la película, dice, y es un personaje que devolvió a la ciudad su propia memoria urbana.

Roberto Tavares, quien dirige Tavares Turismo, diseñó la ruta. Guía a las personas por los rincones donde se gestó la trama policial y donde la arquitectura y las costumbres de la ciudad, sus puentes, autos y vestimenta, se leen como pruebas. El reconocimiento internacional se trasladó rápidamente al ámbito local. Dos Globos de Oro y cuatro nominaciones al Oscar ayudaron a que más de 1,5 millones de brasileños acudieran a los cines para ver la película.

Ahora, personas de todo Brasil preguntan si el recorrido estará disponible en las fechas en que planean visitar Recife, incluyendo opciones para diferentes horarios o tamaños de grupo. Tavares dice que lo más gratificante es ver cómo los locales se vuelven curiosos sobre su propia historia. Lo escucha en voz alta, en comentarios al pasar que suenan como una pequeña revelación. La gente dice que pasa por estos lugares todo el tiempo y nunca supo que guardaban tanta historia, recuerda.

Ese es el gancho y la nostalgia. Recife siempre estuvo ahí. El problema es que la familiaridad puede volver invisible a una ciudad.

Una mujer posando para una fotografía en Recife, Brasil. EFE

Cuatro horas entre la ficción y el archivo

El recorrido dura entre tres y cuatro horas, tiempo suficiente para que los límites se difuminen. La primera parada es un pequeño local que vende bebidas hechas con yerba mate. Se presenta como una locación de la película, el lugar donde el villano Vilmar, interpretado por Kaiony Venâncio, se esconde tras un tiroteo. Tavares dice que ha visto la película diecisiete veces, una cifra que suena obsesiva hasta que entiendes que también es diligencia profesional, la forma en que los guías aprenden a anticipar preguntas y traducir escenas en calles.

En esta primera parada, el dueño del negocio familiar, quien aparece en la película, recibe a los visitantes con una bebida especial inspirada en el filme. Es un pequeño gesto, comercial y afectuoso a la vez, y ancla el recorrido en una verdad sensorial. Esto no es un museo. Es una ciudad viva que ha sido brevemente reimaginada por el cine.

Luego la ruta cambia. Cambia del romance de las locaciones a sus implicaciones más duras, como el clima político bajo la dictadura. Frente a un edificio oficial de Correios cuya arquitectura parece detenida en el tiempo, el grupo se detiene a hablar sobre el correo durante la dictadura, incluyendo la importancia de que las cartas privadas fueran abiertas y retenidas. La película muestra cartas privadas siendo abiertas, y el recorrido insiste en que esto no es solo un recurso narrativo, sino una ventana a la represión política y la vigilancia.

“Algunas cartas eran abiertas y, si contenían información relevante, las retenían. Muchas de esas cartas nunca han sido entregadas a sus destinatarios”, dijo Tavares a EFE.

La frase cae en silencio, pero cambia el ambiente de la caminata. La gente mira el edificio de otra manera. Una oficina de correos se convierte en un recordatorio de que la vigilancia puede ser banal, que la represión puede esconderse en un servicio cotidiano. Esto conecta el turismo cinematográfico con la memoria política sin forzarlo. La calle hace el argumento.

El recorrido también incluye el Ginásio Pernambucano, una escuela con más de doscientos años de historia. Tavares dice que una cuarta parte de la película transcurre allí. En la historia, los espacios se convierten en una oficina pública donde Marcelo, interpretado por Wagner Moura, trabaja y busca los documentos de su madre. Para los visitantes, la escuela es tanto una locación como una institución, un lugar con su propia gravedad. Un pasillo puede ser solo un pasillo hasta que te dicen que ahí se filmó una escena, y entonces notas la antigüedad de las paredes, la forma en que la luz se posa en los rincones antiguos.

En Recife, el pasado no siempre está marcado con placas. A veces está marcado por la rutina, por la gente que sigue caminando a través de él.

Personas caminan por una calle en Recife, Brasil. EFE

Cine São Luiz y la política de pertenencia

Una de las paradas que más curiosidad despierta es el Parque 13 de Maio, donde la película hace referencia a la “pierna peluda”, una leyenda urbana de Recife originada en los años de la dictadura militar, que supuestamente atacaba a los transeúntes por la noche. Es un mito local usado para crear ambiente, pero también sugiere cómo el miedo se propaga en las historias cuando el discurso oficial no puede decirlo todo.

Aun así, el punto emocional más alto de la ruta es el propio Cine São Luiz, el letrero blanco con letras rojas en la fachada, una pieza de la ciudad que parece teatral y cotidiana a la vez. El cine, inaugurado en [año], está ahora abierto al público, incluyendo sus salas de proyección y los apartamentos donde se alojaban técnicos de otras partes del país. Esto convierte el edificio en algo parecido a un archivo accesible, no de papel sino de trabajo y presencia, reflejando la rica historia cinematográfica de Recife.

Para Tavares, la película es inseparable de Recife. “La película es muy Recife”, dijo a EFE. Cuenta que se emocionó la primera vez que la vio porque podía sentir la presencia de la ciudad en la forma de hablar de la gente, los diálogos, la ropa, los autos, los puentes y la música.

Esa lista importa. No es una lista de verificación de un crítico. Es el inventario de un ciudadano, las pequeñas piezas que hacen que un lugar sea legible para sí mismo.

La apuesta es que esta ola de turismo cinematográfico no se limite a selfies y la búsqueda de escenas. Recife se está promocionando como un set al aire libre, sí, pero también se está reinterpretando como una ciudad moldeada por la dictadura, el rumor, la burocracia y la supervivencia. Un recorrido puede ser entretenimiento y aun así enseñarte a mirar. A veces la lección es tan simple como tocar el mármol frío y darte cuenta de que el edificio ha estado guardando sus recuerdos todo el tiempo.

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