Willie Colón y Panamá: Un vínculo íntimo construido sobre la acogida, colaboraciones y canciones
Willie Colón falleció el sábado a los setenta y cinco años en Nueva York, pero Panamá sigue escuchándolo en su propia clave. Desde los primeros escenarios de Carnaval hasta sus visitas de regreso, su música sirvió de puente, y su partida reabrió un debate sobre pertenencia cultural y memoria.
Un escenario de Carnaval que lo seguía llamando
Hay un tipo de noche que los panameños reconocen por instinto, esa en la que el aire se siente agitado y el bullicio de la calle llega más lejos de lo habitual. Energía de Carnaval, ni silencio ni cortesía. En esas noches, la música no es decoración. Es un lenguaje público.
Ahí es donde Willie Colón aterriza por primera vez en la historia panameña, llegando con Héctor Lavoe en los años setenta y recibiendo una bienvenida que hace que un artista quiera volver. Y volvió. Regresó en los años siguientes para presentarse en Carnaval, alternando con grupos locales, como una estrella visitante que se convierte en parte del elenco del barrio en vez de flotar por encima de él.
La observación cotidiana es sencilla: la gente recuerda a quien regresa. Panamá recuerda a quien regresa.
Mario García Hudson, investigador musical, escritor y oyente dedicado panameño, dice que el vínculo de Colón con el país se forjó temprano gracias a esa acogida y luego se profundizó en algo más íntimo. “Siempre tuvo una relación muy íntima y cercana con el país por la acogida que le brindó”, dijo García Hudson a EFE. Describió a Colón como un artista que incluso tejió la imaginería de la murga en su repertorio, haciendo audible una imaginación local en el mundo más amplio de la salsa.
Colón falleció el sábado a los setenta y cinco años en Nueva York, pero en Panamá, su muerte se siente como el cierre de un largo ciclo musical. Se presentó allí repetidas veces a lo largo de los años, y la última vez, según las notas, fue el año pasado en la apertura de los Premios Juventud, celebrados en Ciudad de Panamá por primera vez fuera de Estados Unidos. Tocó “La Murga de Panamá”. Una canción con un nombre de lugar en la boca, interpretada en el lugar que nombra.
Ese tipo de momento no parece una coincidencia. Se siente como una despedida escrita de antemano, incluso cuando nadie lo sabe aún.
El problema es que cuando muere un artista como Colón, la conversación nunca es solo sobre el duelo. También es sobre pertenencia, sobre cómo un país reclama una relación sin aplanar la complejidad que la hizo real.

Canciones que convirtieron la salsa en un registro social
La relación de Colón con Panamá fue personal pero también estructural, construida en colaboraciones que moldearon lo que la salsa podía hacer en lo público. Su sociedad con Rubén Blades en los años setenta produjo álbumes que se convirtieron en hitos históricos: Siembra, lanzado en mil novecientos setenta y ocho, y Maestra vida, lanzado en mil novecientos ochenta, bajo Fania Records.
Juntos, según las notas, hicieron más que elevar la salsa. Impulsaron una nueva estética que convirtió al género en una crónica social de América Latina y el Caribe. Es una afirmación grande, pero coincide con lo que los oyentes perciben en las canciones aquí mencionadas, “Pablo Pueblo” y “Pedro Navaja”, donde la narrativa y la crítica no son añadidos, sino el motor de la música.
Esto importa en Panamá porque Panamá no solo consume salsa. Participa en lo que la salsa dice sobre la región. El género ha sido desde hace tiempo una forma de escribir sobre las contradicciones de América Latina con ritmo en vez de documentos de política. La ciudad y el barrio. El sueño de movilidad y la realidad de la desigualdad. El humor que mantiene a la gente en pie. La tristeza que nunca se va del todo.
En ese sentido, el vínculo de Colón con Panamá no es solo sentimental. Es político en el sentido más amplio latinoamericano, ligado a cómo circula la cultura en una región donde las fronteras son reales pero la música las cruza de todos modos.
Colón también trabajó con Omar Alfanno, el compositor panameño detrás de “El Gran Varón”, un éxito de mil novecientos ochenta y nueve que aquí se acredita como colaboración. La vigencia de la canción es parte de la historia más amplia de cómo escritores e intérpretes panameños moldearon la huella global de la salsa mientras seguían luchando por ser reconocidos como centrales y no periféricos.
Las canciones panameñas de Colón anclan esa relación de manera más literal. Las notas mencionan “La Murga de Panamá” y “Panameña”, ambas de mil novecientos setenta y coescritas con Lavoe. El lugar se convierte en título. El título se vuelve identidad. La identidad se transforma en algo que el público puede llevar consigo.
García Hudson describe cómo la presencia de Colón en Panamá se inscribe en una historia más amplia de figuras puertorriqueñas presentándose allí, pero enfatiza cómo la visita de Colón fue diferente. “En Panamá se habían presentado otras figuras de Puerto Rico,” dijo a EFE, y luego explicó que Colón llegó durante el desarrollo de la salsa, le gustó el escenario panameño y tomó elementos del repertorio panameño para grabar. La implicación no es que Panamá tomó de Colón, sino que Colón también tomó de vuelta, y el intercambio fue mutuo.
Esa es la disputa cultural que se esconde dentro de la elegía. Quién dio qué a quién, y quién tiene derecho a narrarlo después de que el artista se ha ido.
Esto obliga a Panamá, una vez más, a mirar su papel en la historia musical regional no como una nota al pie, sino como un sitio activo de creación e influencia.

Un segundo hogar y una despedida pública
La noticia de la muerte de Colón resonó rápidamente en Panamá. Políticos y músicos que trabajaron con él ofrecieron condolencias y gratitud a su familia. Rubén Blades publicó un breve mensaje prometiendo ampliar después, confirmando lo que se resistía a creer, y enviando condolencias a la esposa de Colón, Julia, y a sus hijos y seres queridos.
Omar Alfanno, en un texto publicado en Instagram, lamentó a Colón como un músico cuyos arreglos, canciones, trombón y voz inconfundible llevaban el barrio y trajeron alegría durante décadas. Elogió su canción compartida, diciendo que nadie más pudo haberle dado el misticismo vocal que la hizo inmortal. Cerró con una imagen que parece un último guiño de personaje escénico: hay salsa en el cielo porque “El Malote” llegó, acompañado de fotos de su último encuentro en Panamá.
Luego está el gesto cívico, la forma en que los gobiernos a veces recurren a actos simbólicos cuando la cultura ha hecho más por el orgullo nacional que cualquier política. Juan Carlos Navarro, actual ministro de ambiente de Panamá y exalcalde de Ciudad de Panamá, recordó que en diciembre de dos mil cinco tuvo el honor de entregarle a Colón las llaves de la ciudad por sus aportes a la música latina y sus lazos con Panamá. Describió un abrazo y una frase que suena a sello de la relación: Colón le dijo lo que todos ya sabían, que Panamá era su segundo hogar.
La frase memorable aquí no es mía; es del país, repetida por distintas voces en distintas formas. Panamá era su segundo hogar.
Un segundo hogar no es una categoría legal. Es una moral. Se construye con regresos, con colaboraciones, con públicos que te reciben como algo más que un invitado.
Al final, eso es lo que Panamá está lamentando. No solo a un salsero famoso, no solo una muerte en Nueva York sentida a la distancia, sino una relación que hizo a Panamá audible en la historia más amplia de la salsa. Una relación que, por mucho tiempo, sonó como si fuera a seguir.
Y luego, un sábado, se detuvo.
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