Estudiantes en Cuba se manifiestan mientras los apagones reescriben el contrato social
Unos 30 estudiantes realizaron una inusual sentada en las escalinatas de la universidad de La Habana para protestar por los cortes de electricidad, la falta de internet y las clases a distancia. Su acción puso en evidencia una lucha mayor sobre quién tiene voz durante los frecuentes apagones en Cuba.
Paraguas en el primer escalón
A las diez de la mañana, todo comenzó con un estudiante, un paraguas y una mochila, acomodándose en el primer escalón de la emblemática escalinata de la Universidad de La Habana. La piedra estaba expuesta al día, y a la atención que atraía, y ese era el objetivo. La sentada fue pacífica y discreta, pero llamativa por su rareza en la vida pública cubana.
El estudiante respondía a una convocatoria que se había difundido por redes sociales, una que tanto la universidad como la oficial Federación Estudiantil Universitaria intentaron desalentar. Luego, poco a poco, otros se sumaron. Y junto a ellos llegó otro grupo, más numeroso: profesores y directivos, además de personal de inteligencia del Ministerio del Interior conocido como la Seguridad del Estado.
En Cuba, incluso una escalinata puede convertirse en un parlamento, aunque sea solo por una mañana.
El problema cotidiano que empujó a los estudiantes a salir es dolorosamente poco romántico. Electricidad. Conectividad. La mecánica de lograr una educación cuando los sistemas del país se detienen una y otra vez. Los apagones se han hecho más largos, y cuando se va la luz, la cobertura móvil y el servicio telefónico suelen irse también. El transporte público casi ha desaparecido, y muchos servicios públicos, incluidas las universidades, se han visto obligados a operar a distancia.
Este es el problema de fondo: la educación a distancia asume electricidad e internet confiables. Pero los estudiantes enfrentaban exactamente lo contrario.
La crisis energética en Cuba es vista ampliamente como un problema de combustible, con graves escaseces y apagones frecuentes. El gobierno culpa a una gran escasez de combustible y a restricciones más estrictas de EE. UU. sobre el petróleo por los apagones y el racionamiento de servicios, como el transporte. La crisis ha reducido las clases presenciales y dificultado el acceso a internet, obligando a muchos servicios a pasar al modo en línea.

Cuando el diálogo se siente como una puerta cerrada
La primera ola de quejas se mantuvo estrictamente académica. Un estudiante presionó a un decano con preguntas. EFE pudo seguir: en inglés, “¿Cuántas horas de electricidad tuviste la semana pasada? ¿Y tienes conexión cuando cortan la luz?” Otro estudiante dijo a EFE: “Muchos estudiantes de las provincias no han podido entregar nada porque no hay conectividad.”
Pero lo que comenzó como una disputa sobre tareas se amplió a una disputa sobre la voz.
La discusión fue más allá de los trabajos para centrarse en cómo los estudiantes pueden plantear problemas y sumarse a los debates sobre soluciones y decisiones. Una joven dijo a los funcionarios: “Los caminos para llegar al Ministerio de Educación Superior están bloqueados.” Otro estudiante expresó: “Esta sentada, me temo, es el último recurso.”
El problema es que “último recurso” no es solo cuestión de impaciencia. Es una lenta erosión de la confianza.
Los estudiantes dijeron que su pérdida de confianza tanto en la universidad como en la federación estudiantil comenzó el pasado junio, cuando su malestar por el fuerte aumento de las tarifas móviles de la empresa estatal de telefonía no fue atendido como esperaban. Ese momento no desapareció. Se convirtió en precedente, el tipo de experiencia que los estudiantes arrastran cuando llegan nuevas crisis y la respuesta oficial es, otra vez, esperar, otra vez, aceptar menos.
Tensiones similares se han visto antes, más recientemente en junio pasado, en una inusual protesta estudiantil por el aumento de los costos de internet y telefonía móvil en la Universidad de La Habana, mostrando que la conectividad no es un lujo en una realidad de educación a distancia, sino una condición básica para participar.
Para la semana pasada, los estudiantes se sentían marginados y creían que las decisiones se tomaban desde arriba. Se sentían ignorados y pensaban que las decisiones se tomaban sin ellos. Crearon grupos alternativos de debate en línea y luego convocaron la sentada. La universidad y la federación rápidamente calificaron la iniciativa de falsa y dijeron que existían canales oficiales de diálogo. Pero, ¿qué cuenta como una queja legítima y quién define la forma correcta de reclamar?

La culpa del ministro, la respuesta del estudiante
Los funcionarios también bajaron las escaleras. EFE reportó que la presidenta de la Universidad, Miriam Nicado García, y el primer viceministro de Educación Superior, Modesto Ricardo Gómez, se acercaron a los estudiantes donde estaban reunidos. Tras casi dos horas de negociación, los estudiantes, que no quisieron hablar con los medios, aceptaron trasladarse a otro lugar para continuar el diálogo.
Gómez intentó terminar la sentada apelando al sentido de orden y lealtad de los estudiantes. “Esto no va a mejorar los problemas que tenemos. ¿Por qué esto, señores, muchachos, cuando toda mi vida ha sido educarlos?”, preguntó.
Un estudiante respondió con una frase que los gobiernos temen porque es simple y poderosa. “Porque no han escuchado desde el primer momento. Esa es la respuesta que tienen.” Mez dijo a los medios que las autoridades “en ningún momento” habían descartado “ningún tipo de diálogo” con los universitarios. También enmarcó la crisis en el lenguaje de asedio, culpando a lo que llamó el bloqueo petrolero de EE. UU. por una situación “extremadamente difícil”, diciendo que está “realmente aplastando a toda una sociedad” y calificándolo como “un genocidio contra todo el pueblo cubano”, según EFE. Añadió: “No sabemos hasta dónde va a llegar esto”, refiriéndose a la “agresión estadounidense.”
Esas afirmaciones se insertan en una realidad más amplia que varios medios han descrito como un sistema energético que se tambalea por la escasez de combustible y la presión política. Funcionarios cubanos han vinculado la escasez de combustible en Cuba a medidas de EE. UU. que restringieron el flujo de petróleo y contribuyeron a los apagones y el racionamiento generalizados.
Pero los estudiantes no debatían geopolítica en las escaleras. Hablaban de los efectos en la vida real: las horas sin electricidad, el transporte ausente, la conexión perdida que hace que el aprendizaje a distancia se sienta como una orden imposible de cumplir. La sentada comenzó como una queja académica y se transformó en una protesta por tener voz.
Por eso este momento importa. No porque unas pocas decenas de estudiantes puedan resolver una crisis nacional de combustible, sino porque sus preguntas muestran el punto de presión: cuando las instituciones no pueden proveer servicios básicos, es difícil que puedan pedir paciencia, silencio o confianza.
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