Madres Buscadoras mexicanas llevan sus habilidades en el desierto al caso de desaparecida en Tucson
Por primera vez, las Madres Buscadoras de Sonora cruzaron a Arizona para buscar en el desierto. Vinieron en busca de Nancy Guthrie, quien llevaba veintitrés días desaparecida, trayendo consigo dolor, herramientas y un método forjado por años de búsqueda en Sonora.
Un volante, flores amarillas y una casa que espera
Afuera de una casa en Tucson, ha tomado forma un altar improvisado, como siempre ocurre cuando la esperanza no tiene a dónde ir. Unos cuantos objetos, cuidadosamente colocados. Un volante sobre una mujer desaparecida. Flores amarillas, puestas ahí como señal de expectativa, una pequeña insistencia de que la historia no ha terminado.
Nancy Guthrie tiene ochenta y cuatro años. Se reportó su desaparición el 31 de enero, y se cree que fue llevada de su propia casa en la ciudad. La investigación ha seguido cientos de pistas, con la policía local y el FBI involucrados. Hasta ahora, ha habido pocas actualizaciones públicas y ningún arresto.
A esa situación estancada llegó un grupo de México que entiende lo que significa cuando un caso cae en la incertidumbre. Las Madres Buscadoras de Sonora, un colectivo formado en 2019, llegaron a Tucson tras ser contactadas por una amiga cercana de la familia Guthrie. Su misión es clara y dolorosa: buscar a los desaparecidos en lugares donde otros han dejado de buscar.
Esta es la primera vez que el grupo participa en una búsqueda en Estados Unidos. Son más conocidas por buscar en el desierto sonorense, donde las desapariciones suelen estar ligadas al crimen organizado y muchas madres buscan a sus propios hijos. Desde que comenzaron, el colectivo afirma haber encontrado a más de cinco mil personas, algunas con vida y otras como restos.
La escena en la casa muestra cómo la comunidad se vuelve parte de la búsqueda. La gente coloca volantes, comparte pistas y construye pequeños altares. Intentan mantener a la persona desaparecida presente en la vida pública, incluso cuando ya no está.
El aire del desierto es seco y abierto, lo que hace que las distancias se sientan aún más largas. En ese paisaje, buscar no es solo mirar. Es leer la tierra.

Leer el desierto como una historia
“Buscaremos señales en el desierto, señales en los caminos — si hay indicios de que algo fue arrastrado, si hay ramas rotas, si hay cactus pisoteados, eso podría ser una pista”, dijo Patricia Ramírez, voluntaria del grupo, a EFE.
Este método surge de la pérdida repetida. Aprendes a detectar lo que está mal porque lo has visto demasiadas veces, a menudo en las peores situaciones. Ramírez no es una experta distante. Ella busca a uno de sus propios hijos desde que desapareció en Sonora en marzo de 2021.
El problema es que este tipo de experiencia no debería cruzar fronteras. En un sistema que funciona, las familias no tendrían que volverse expertas en técnicas de búsqueda en el desierto. Pero aquí están madres mexicanas en Arizona, trayendo habilidades forjadas en un lugar donde muchos creen que las autoridades no hacen lo suficiente.
Este es el trasfondo político de la historia humana: quién es responsable de buscar, quién tiene las herramientas y en quién se confía. En México, el movimiento creció por la frustración ante un Estado visto como ausente o ineficaz mientras el crimen organizado destruía vidas. En EE.UU., este caso está bajo investigación activa de la policía local y el FBI, pero la familia aún recibe la ayuda de mujeres que han aprendido a buscar por sí mismas.
También hay urgencia en este caso específico. Las madres dicen que Nancy Guthrie tiene problemas médicos, incluyendo del corazón, y esperan que sea encontrada con vida. “Queremos que la familia de Nancy también pueda tener esa paz; la búsqueda es urgente por sus problemas médicos, especialmente su condición cardíaca, y realmente esperamos que sea hallada con vida”, dijo Guadalupe Tello, otra integrante del colectivo, a EFE.
Cuando explica por qué vinieron, no empieza por la técnica. Empieza por el sentimiento. “Entendemos muy bien por lo que está pasando la familia Guthrie: esa incertidumbre de no saber dónde está tu ser querido, no saber si tiene hambre, si tiene frío, si está siendo bien tratada”, dijo Tello a EFE.
Esa frase resume todo el peso emocional de la desaparición. No es solo el miedo a la muerte. Es el miedo a lo que ocurre cada minuto: hambre, frío y cómo es tratada una persona—la lenta y dolorosa imaginación.
Tello se unió al grupo después de que su hijo, Gilman Agramon Tello, desapareciera en noviembre de dos mil veinte durante una salida en Magdalena de Kino, una zona de playa popular en Sonora, como se ha señalado.
Las madres dicen que la incertidumbre es la peor parte. Dicen que algunas familias preferirían saber que su ser querido ha muerto y recuperar los restos antes que vivir para siempre sin saber. Es una preferencia brutal, pero real en lugares donde la desaparición se convierte en una condena larga y sin fin.

Una cruz de metal y los límites de las instituciones
Esta semana, el grupo planea buscar en los caminos cercanos a la casa de Guthrie con sus propias herramientas. Su instrumento más distintivo es una cruz de metal. La práctica es directa e inquietante. Cuando ven tierra que parece haber sido removida recientemente, clavan la cruz en el suelo y luego huelen la punta.
“La enterramos y luego olemos la punta; si detectamos ese olor inconfundible de un cadáver, entonces marcamos el lugar y ahí comenzamos a cavar”, dijo Tello a EFE.
Es difícil leer eso sin sentir su peso. Una madre entrenando sus sentidos para detectar la muerte. Un método nacido no de la curiosidad, sino de la necesidad.
El colectivo ha obtenido permiso para colaborar con la Oficina del Sheriff del Condado de Pima. Tienen claro cuál es la regla en este caso: si encuentran algo que consideran importante, el primer paso es informar a las autoridades locales.
Ese requisito traza una línea entre la búsqueda ciudadana y la investigación oficial. También resalta la incómoda colaboración que se ha vuelto normal en México, donde las familias suelen hacer el trabajo inicial porque creen que el Estado no lo hará. Aquí, son invitadas. Están colaborando. Pero siguen actuando desde el mismo impulso: no esperar.
“Estamos muy familiarizadas con la búsqueda en el desierto; es un lugar difícil, inhóspito, uno al que no todos están acostumbrados”, dijo Tello a EFE.
En Tucson, esa experiencia es tanto su don como su carga. Traen habilidad, sí, pero también un fuerte impulso moral. Se niegan a que una persona desaparecida se convierta en solo otro expediente.
La pregunta es qué hará su presencia en la historia. Podría llevar a una pista. O no. Pero ya revela algo más grande sobre la región que compartimos, donde los desiertos no respetan fronteras y la desaparición se ha vuelto un lenguaje que las familias conocen demasiado bien.
En la casa, el altar permanece. El volante sigue visible. Las flores amarillas conservan su color un poco más en el aire seco. Y un grupo de madres mexicanas, con camisetas con fotos de sus hijos desaparecidos, sale hacia la tierra abierta, buscando señales de que algo fue arrastrado, que una rama se rompió, que un cactus fue pisoteado.
Pequeñas marcas. Grandes consecuencias.
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