Venezuela fue el caso de prueba. ¿Podrían Cuba e Irán ser el próximo objetivo de Trump?
Dos semanas después de la incursión de Trump el 3 de enero en Venezuela, el mundo lee a Caracas como un presagio. Mientras las protestas arden en Irán, la pregunta se intensifica: ¿podría Teherán enfrentar una jugada de “decapitación” repentina similar, o una negociación más silenciosa de petróleo por poder?
Una incursión que se volvió pronóstico global
La historia avanza tan rápido que la semana pasada ya se siente como un precedente. Con las protestas contra el régimen iraní continuando en medio de lo que el texto describe como una violencia atroz, potencialmente con miles de manifestantes muertos, los observadores buscan señales en lugares inesperados. Estudian la jugada del presidente Donald Trump en Venezuela este mes como los pueblos costeros estudian el mar: no porque les diga todo, sino porque les dice algo sobre la próxima ola.
El 3 de enero, Trump ordenó lo que el texto llama una incursión audaz. Fuerzas Especiales de EE.UU. capturaron al presidente venezolano Nicolás Maduro y lo trasladaron bajo custodia a Nueva York, poniendo fin efectivamente a sus trece años en el poder. La acción cayó como una bomba geopolítica, enmarcada aquí como la expresión más concreta del deseo de Trump de dominación hemisférica, y envió ondas más allá de América Latina, hasta Groenlandia e Irán. En una región de memoria extendida, el impacto no fue solo que Washington actuó. Sino cómo lo hizo: una noche, una operación, un líder removido, una nueva realidad impuesta antes de que la mayoría siquiera leyera los titulares.
Luego vino la retórica que convierte la presión en teatro. Trump reiteró su apoyo a un levantamiento el martes, instando a las protestas antigubernamentales a “tomar” las instituciones estatales mientras insistía en que “la ayuda está en camino”. Incluso sin un plan público de invasión, el espectro de una acción militar estadounidense se cierne, y a menudo basta con que se cierna. Cambia lo que esperan los manifestantes. Cambia lo que temen los regímenes. Cambia lo que los diplomáticos susurran en los pasillos mientras los micrófonos aún transmiten desafío al público.
Existen diferencias evidentes entre las circunstancias políticas en Venezuela e Irán, así como entre el margen de maniobra de Estados Unidos en cada caso. Pero el texto señala un hilo conductor común: la disposición de Trump a imponer su voluntad en el extranjero, incluso desafiando el derecho internacional y los controles legislativos internos. Para América Latina, eso no es un debate teórico. Es una historia vivida en la que la “soberanía” a menudo funciona como una palabra en papel, hermosa, oficial y fácilmente ignorada cuando el poder decide que la velocidad importa más que el proceso.
El desenlace de Caracas y el dilema de Teherán
Si Caracas se convirtió en una señal, también se volvió una advertencia, especialmente para los manifestantes iraníes. El texto sugiere que tras la incursión, Trump comenzó a trabajar con remanentes del régimen de Maduro mientras marginaba a la oposición prodemocrática de Venezuela. Ese detalle importa porque insinúa un desenlace donde la historia pública es liberación, pero la historia operativa es control. En América Latina, muchos han visto este patrón antes: la promesa de democracia usada como puerta, la negociación por recursos como la habitación que hay detrás.
Estrategicamente, el caso de Maduro es relevante menos como plantilla que como mensaje sobre el riesgo. Sugiere unos Estados Unidos dispuestos a actuar de manera decisiva contra líderes ya criminalizados y sancionados, en vez de permitir que los estancamientos persistan bajo el supuesto de que el temor a la escalada mantendrá a todos congelados. En esta lectura, la vieja lógica, que no provoca porque podría salirse de control, ya no garantiza contención desde Washington. La espiral se convierte en herramienta, no en disuasión.
Por eso, como lo plantea el texto, las calles de Teherán están acosadas no solo por la represión interna sino por la posibilidad externa. La gente observa para ver si Estados Unidos trata a Irán como un régimen al que presionar para llegar a un acuerdo, o como un objetivo para una intervención dramática destinada a terminar la cuestión en una sola noche.
Aun así, el texto enfatiza la incertidumbre. Está lejos de estar claro si Trump optará por una acción “cinética” contra Irán. Se informa que los aliados árabes regionales están inquietos ante una intervención. Los analistas ven un régimen que ha perdido legitimidad y una revuelta popular que exige su derrocamiento, pero el establecimiento teocrático y su aparato militar siguen demasiado arraigados para ser desplazados fácilmente. Un golpe de decapitación puede remover a un hombre; no puede eliminar un sistema que se ha fusionado con los servicios de seguridad, tribunales, redes clientelares e ideología.
El retrato de Trump aquí es el de un líder que disfruta de ataques militares breves y decisivos, como la remoción de Maduro o el bombardeo que Estados Unidos realizó sobre instalaciones nucleares iraníes el verano pasado, pero que es menos entusiasta con compromisos complicados y prolongados. El texto insiste en una realidad compleja: la derrota total del régimen iraní no puede venir solo de ataques aéreos. Lo que plantea la pregunta que los manifestantes sienten en los huesos: si la “ayuda” llega, ¿exactamente a qué viene a ayudar, y a quién?

Petróleo, sanciones y la próxima ficha de dominó
La parte más reveladora de la historia no es la incursión, sino el acuerdo que pudo haber permitido. Según el texto, la administración Trump ha llegado a un arreglo con la sucesora interina de Maduro, la ex vicepresidenta Delcy Rodríguez, a cambio del control estadounidense sobre las exportaciones de petróleo venezolano. La lógica es escalofriante en su simpleza: remover el símbolo, mantener la maquinaria, asegurar el recurso.
Ahí es donde un escenario al estilo Venezuela cobra resonancia para Irán. Irán es rico en petróleo, está aislado, sufre bajo sanciones y enfrenta un desastre económico interno. En ese contexto, el texto sugiere que un arreglo similar podría tentar a ambas partes: alivio a cambio de concesiones, estabilidad comprada al costo de la soberanía. “Para estabilizar el sistema, debe abordar el régimen de sanciones, lo que a su vez requiere un acercamiento con Washington”, argumenta el texto, antes de esbozar una posible vía: el liderazgo colectivo de Irán podría marginar o remover a Ali Khamenei, abrir negociaciones con Trump, invitar a las petroleras estadounidenses de regreso a Irán y obtener suficiente alivio de sanciones para estabilizar la economía.
Es un escenario construido sobre la presión, no la buena voluntad. Y el texto ofrece razones por las que podría fracasar. Khamenei puede estar envejeciendo y ser “altamente prescindible”, pero la estructura de poder que preside está atrapada por la complicidad y por una dependencia fundamental del antiamericanismo. Los burócratas entienden que caen juntos, sugiere el texto, lo que ayuda a explicar por qué los otrora aclamados reformistas iraníes han permanecido en silencio durante la última represión. Un sistema que ha aprendido a sobrevivir declarando a Estados Unidos como enemigo no puede pivotar fácilmente a sobrevivir mediante una alianza con Estados Unidos sin arriesgar el colapso interno.
El texto concluye que un desenlace al estilo Venezuela no es “plausible” a corto plazo. Trump parece más interesado en intensificar la presión a medida que el régimen iraní se debilita cada día que continúan las protestas. El régimen, según este relato, aún no está dispuesto a hacer los cambios internos que inducirían a Trump a buscar un acuerdo. Pero todo es fluido, las realidades cambian día a día, una frase ominosa cuando la gente muere en las calles y los líderes toman decisiones en habitaciones que el público nunca ve.
Y más allá de Irán, el precedente irradia por el hemisferio. Los partidarios de Trump ya buscan la próxima etapa. “Cuba podría ser la siguiente”, advierte el texto. El gobierno cubano está bajo presión por la mala gestión económica, y la tensión crece a medida que se corta el suministro de petróleo venezolano. Si Caracas se convierte en modelo, La Habana se convierte en prueba: ¿puede exportarse de nuevo la misma mezcla de coerción y negociación?
Para América Latina, la pregunta “¿Podría Irán seguir el camino de Venezuela?” lleva un eco más silencioso: si Washington se siente cómodo remodelando Caracas a toda velocidad, ¿quién en la región puede asumir realmente que no será el próximo, especialmente cuando el petróleo, las sanciones y el espectáculo se convierten en herramientas de política?
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