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¿Le tienes miedo a la tecnología y a sus avances?

Conoce cómo ha evolucionado la tecnofobia

¿Le tienes miedo a la tecnología y a sus avances?

El llamado Homo sapiens ha desarrollado su identidad en el planeta a partir de la construcción de la cultura en diversas formas. Una de ellas es la elaboración de tecnología, esto es, el desarrollo práctico de ideas con el fin de llevar a cabo de una manera mejor, más rápida o más cómoda determinada tarea. Sin embargo, esta no es una habilidad exclusiva de las personas: algunos animales también acuden a herramientas para lograr un propósito.

Read in english: Are you afraid of technology and its advances?

Por ejemplo, ciertas aves pueden utilizar con su pico un palito para escarbar en determinado lugar con el fin de acceder más sencillamente a su alimento. No obstante, ninguna especie en la Tierra, aparte de la nuestra, ha logrado llegar tan lejos en temas de tecnología ni la ha desarrollado de tan variadas maneras, generando así situaciones complejas.

Los adelantos tecnológicos han sido un elemento fundamental en lo que se refiere al éxito o al fracaso de no pocas civilizaciones y, de manera especial, han generado procesos relacionados con la manera como personas o grupos humanos los entienden. Si los muros de Constantinopla, invencibles durante siglos, cayeron ante el acecho turco en 1453 se debió, de manera especial, a que se empleó para tal fin una nueva arma: la bombarda, un poderoso cañón. Ni hablar de la conquista de América por parte de los europeos: mosquetes y armaduras de metal contra arcos y flechas. Posiblemente, ciertas objeciones que muchas personas tienen sobre la tecnología y sus avances se deben a que, en demasiadas ocasiones, estas se han utilizado no para el bienestar de las personas, sino para todo lo contrario. Verdaderamente, no les falta razón.

Tampoco la llegada de supuestas (y pregonadas) eras de progreso evitaron que la gente se sintiera poco cómoda con las tecnologías: los siglos XVIII y XIX, momentos de avance gracias a la Revolución Industrial, encontraron a ciertas personas temblando de miedo en los primeros trenes, creyendo ir a una hiper-velocidad, tipo Viaje a las Estrellas… de no más de 20 kilómetros por hora. Y a Joseph Marie Jacquard, el inventor en 1801 de un telar que permitía a una sola persona hacer el trabajo de varias y que se usaba con tarjetas perforadas, casi lo mata un grupo de furiosos colegas tejedores que clamaban que, con ese artilugio, se quedarían sin trabajo.

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Posiblemente la diferencia entre aquellos temores de antaño y los temores actuales a la tecnología se deban a que, con todo, en siglos pasados los adelantos existían, pero no avanzaban tan rápidamente ni se planteaban en términos de caducidad tan pronta como sucede actualmente. Tampoco eran tan masivamente difundidos como ahora porque no llegaban tan fácilmente a la gente, no eran tan accesibles como lo son hoy (¿de verdad?). La tecnología en épocas pasadas no era parte de la canasta familiar, no era un elemento básico de consumo (¿lo es realmente?). Anteriormente, los aparatos se producían para durar y no para ser reemplazados cada tantos meses (¿qué justifica el cambio, finalmente?). La impresión de “quedarse atrás” que, de por sí, genera ansiedad o miedo, es algo en lo que no pensaba tanto el obrero de la fundidora en Alemania del siglo XIX como el oficinista en Sao Paulo a finales del siglo XX o el adolescente y su grupo de amigos en Atenas en 2018. El mismo sistema comercial, a través de la publicidad, guiado por el afán de venta para el consumo irracional, se encarga constantemente de alimentar la sensación de que el sentido de la vida humana, el desarrollo de las relaciones sociales, la realización personal y otras instancias giran en torno a saber emplear las (ya no tan) nuevas tecnologías.

El problema, así las cosas, es que cada vez más se nos vende la idea de que las personas están al servicio de las tecnologías (es probable que discursos como los de las películas Terminator y The Matrix lo han fomentado), cuando en realidad deberíamos construir estructuras sobre lo contrario. Este es un punto crucial para entender, de alguna forma, la tecnofobia de un buen número de personas: se sienten avasalladas por los cambios porque se sienten solas frente a ellas, porque no las comprenden, porque se sienten tan rodeadas de ellas que ya no saben a cuál acudir para solucionar determinado problema. Pueden ser rechazadas socialmente o pueden carecer de contacto con gente amiga que, con paciencia y sensatez, les orienten en el uso de las herramientas tecnológicas.

Peor aún: comunidades que no las necesitan se ven forzadas a adoptarlas, generando pésimos resultados; diversos proyectos de desarrollo son la prueba de ello, como atestigua el comunicador boliviano Alfonso Gumucio. La sobreoferta tecnológica pasa en estos casos, de manera especial, una cuenta difícil de tragar. Aquí aparece el elemento de la educación, que no debería limitarse al mero aprender a usar determinada herramienta, sino también a generar reflexión en torno a sus posibilidades, a sus limitaciones y a su verdadero sentido, además de un mayor sentido de solidaridad no solamente entre pares, sino también entre generaciones y entre sociedades.

Hay mucho en común entre el miedo a montar en un tren del siglo XIX y el temor a pagar una factura electrónica del siglo XXI porque el recelo ante lo nuevo es un elemento fundamental de nuestra especie. Replantear cómo nos enfrentamos a ese miedo según cada contexto desde la sensatez, el respeto y la solidaridad, además de los mismos fines que tienen los avances, podría ayudarnos a superarlo.

 

LatinAmerican Post | Carlos Novoa

Copy edited by Vanesa López Romero

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