fbpx

Gustavo Quintana: Un médico entre la vida y la muerte

El médico Gustavo Quintana lleva más de 30 años realizando eutanasias, ese proceso que para él es una oportunidad para morir dignamente cuando la vida ya ha dejado de serla

Dr. Gustavo Quintana, durante una entrevista en Bogotá

Dr. Gustavo Quintana, durante una entrevista en Bogotá / Tomado de: semana.com

LatinAmerican Post | Juliana Suárez

Escucha este artículo

 

El debate sobre la eutanasia, para algunos, es intocable: la vida se debe respetar y esperar a la muerte. Para otros, parte de una vida digna significa también poder tomar la decisión de morir cuando todavía se es posible decidir. El médico Gustavo Quintana lleva más de 30 años realizando eutanasias, ese proceso que para él es una oportunidad para morir dignamente cuando la vida ya ha dejado de serla. Por sus años de experiencia, se le ha llamado el Dr. Muerte colombiano, en referencia al 'original' Dr. Muerte, un estadounidense que se dedicó a realizar el proceso durante los años 90. La lucha de Quintana, más allá de la eutanasia, se refiere a la privacidad de cada quién, para poder decidir su forma de morir sin ser juzgado.

Read in english: Gustavo Quintana: A doctor between life and death

En un inquilinato en Bogotá, una mujer de menos de 50 años esperaba lentamente a que su cuerpo dejara poco a poco de funcionar. La diabetes había hecho que perdiera sus riñones, llevaba ya varios años yendo a diálisis prácticamente todos los días de la semana, por lo que tener una vida normal no era opción. Un tiempo después perdió la vista, por lo que tuvo que comenzar a ir acompañada de alguien a las diálisis. En ese momento, estaba a punto de perder sus dos piernas, que tendrían que amputárselas en unos días.

Su vida ya no era vida, no valía la pena seguir aguantando eso. Por eso llamó a Gustavo Quintana. Quería descansar y él la podría ayudar a no sentir más dolor. En su sangre, inyectó un anestésico que la privó de sentir cualquier dolor, ni siquiera el ahogo del término del oxígeno propio. Después le aplicó un despolarizante cardíaco que detuvo su corazón y cuatro minutos después, esta mujer ya no estaba sufriendo.

Este procedimiento es más conocido como eutanasia: para algunos genera rechazo total, para otros es la forma de poder decidir morir dignamente.

411 procesos de eutanasia después, el doctor Gustavo Quintana, también conocido como Dr. Muerte, dice de manera fehaciente que es un enamorado de la vida. “Si yo pudiera pedir algo, sería vivir 50 años más. Ver el sol salir o una flor florecer me parecen momentos cotidianos impresionantes, que vale la pena apreciar cada día”, contrariando a quienes lo denominan asesino.

—¿Quién es el Dr. Muerte?

—Yo permito que me llamen así pero con una salvedad —responde Quintana—. Yo no soy asesino, no soy un sicario. Soy una persona tan normal como cualquiera que tiene una gran sensibilidad que le permite ayudar a pacientes, entender su dolor y ayudarlos a salir de ese dolor. Ese es su derecho desde que la Corte Constitucional lo avaló.

Este proceso en Colombia se despenalizó en 1997, a diferencia de lo que muchos creen cuando aseguran que aún está prohibido. Después, en 2015 se reguló, en mano del ministro del momento, Alejandro Gaviria. Actualmente es uno de los países que tiene una de las regulaciones más avanzadas del mundo, y el de mayor avance en la región. 

Después de debates que han incluido si permitir que menores de edad puedan acceder, o menores de 7 años, y fue hasta el 2018 que se logró reglamentar por completo esto. Afirmando los permisos que debe haber, en caso de ser menor de 12 años, pero permitiendo que incluso bebés puedan acceder al procedimiento. “El derecho a vivir en forma digna implica también el derecho a morir dignamente”, afirmó el político Carlos Gaviria, quien en su momento era magistrado”. De ahí en adelante, morir dignamente se convirtió en una cuestión de voluntad.

Lea también: Envejecimiento: En Singapur se usa la jardinería para combatir la soledad

Actualmente, la ley permite la eutanasia bajo tres parámetros: 

  1. Se le realizará a un enfermo terminal desahuciado, que no tenga más remedio que morir.

  2. El paciente debe manifestar el deseo de no querer vivir.

  3. El médico que realice el procedimiento debe estar registrado y tiene que conocer el método de no causar dolor.

Suicidio asistido es el término que erróneamente, según Quintana, se le acota a este proceso. El suicidio tiene una connotación negativo, y no es lo mismo una persona que se suicida que una que busca ayuda profesional para no seguir padeciendo dolores y sufriendo hasta el inevitable día de la muerte. 

—La muerte es inevitable —dice Quintana—. Cuando todos podamos entender eso, nos podemos preocupar por disfrutar la vida. Así, cuando debemos morir no nos preocupamos y lo aceptamos sin intentar impedirlo a toda costa —continúa—. La vida entera, el ejercicio de vivir, se trata de un autodominio. Entonces, ¿por qué la muerte no puede también ser una cuestión de autodominio?

Pero Gustavo Quintana no siempre quiso ser médico, mucho menos experto en eutanasia. Toda su vida, tras una crianza católica, específicamente jesuita, lo llevó por otro camino. Esa es la que él llama la más grande paradoja de su vida. Su afán por ayudar a los demás, eso sí siempre estuvo presente, lo llevó a ingresar al seminario menor jesuita y encaminarse al sacerdocio. Llegó al seminario mayor, recuerda verse muy cómodo mientras vestía la sotana jesuita e hizo votos de castidad, pobreza y obediencia.

Pero mientras estaba en el noviciado entendió que serviría más en su misión como laico que como sacerdote y entró a estudiar medicina. El tiempo lo convirtió después en un agnóstico.

Cuando ya era médico, tuvo un accidente de auto en el que pensó que su médula se vería afectada. Tener que vivir en una cama por el resto de su vida cuando apenas tenía 35 años no era una opción para él. 

Camino al hospital le dijo a un médico amigo que lo acompañaba, “por favor, te lo ruego, si ese es mi diagnóstico, no me hagas nada. Déjame”. Ese día entendió que así como él disponía de su vida, quería poder disponer de su muerte. Un año después realizó su primera eutanasia.

Alejandro Gaviria, al igual que Quintana, es un apasionado por la vida. Por lo mismo, Gaviria en su labor como ministro avanzó en esa legislación. Hoy en día, Quintana admira al exministro que, en su libro Hoy es siempre todavía, escrito a raíz de un cáncer mientras ejercía su labor en el Ministerio de Salud, mostró una perspectiva de la vida y de la muerte muy similar a la del Dr. Muerte. 

El avance ha permitido que cientos de personas acudan al método para terminar su vida bajo sus propios parámetros, y sin ser juzgados. Sin embargo, el camino, según Quintana, aún está comenzando. “El Ministerio pretende que haya un comité de revisión para cada caso, eso lo intentó Ordoñez cuando era Procurador. Pero ahí, ¿dónde queda la privacidad y la respetada relación médico-paciente? Ahora el debate es ese: el derecho a la privacidad. Me gustaría poder hablar con Gaviria y que organizara un debate respetuoso en la Universidad de Los Andes (de la que es actualmente rector el exministro). Él es un hombre serio y diplomático, y entiende mi punto. Ojalá más pudieran abrirse a entenderlo”.

El verdadero avance, según él, será el día que la Comisión Internacional de Derechos Humanos agregue el derecho número 31: “Todo ser humano tiene el más sagrado a disponer del final de su propia vida”. Esto permitiría a un católico esperar a que Dios se lleve su vida o a un no creyente, morir por medio de algún procedimiento como la eutanasia. En todo caso, cualquiera puede decidir cómo morir, siempre y cuando no afecte a alguien ajeno.

Este agnóstico empedernido lleva, sin embargo, ese mensaje de amor que Jesús le enseñó toda su vida. Amar la vida y a las personas es la razón por la que siguió ese camino. Se define a sí mismo como un discípulo, y afirma que si existe un Dios arriba en el cielo, él de seguro lo está mirando y está agradecido de ayudar a las personas a terminar de completar su vida. “Las mismas enseñanzas que plasmaron en mí los jesuitas son las que me permiten entender el dolor de un ser terminal y ayudarlo a morir, porque igual nadie se libra de la muerte”, dice.

En unos años, cuando su vida llegue al final, lo único que quedará de él será su cuerpo, que donará a la universidad en la que estudió y será su último aporte al mundo. Mientras tanto, crea vínculos con cada uno de sus pacientes: los acompaña en sus últimos minutos de vida, siempre se asegura de que la razón no sea momentánea y los incentiva a conseguir ayuda psicológica y a que dejen todo en orden.

En todo caso, su motor de vida es dar, aprender y enseñar. Más allá de su trabajo, busca el bienestar de esas personas que acuden a él. A través de su página de Facebook, Morir Dignamente, atiende a las personas así sea únicamente para hablar. Algunas de ellas no continúan con el proceso de eutanasia, pero cientos se acercan a él en busca de apoyo.

—Después de cada procedimiento, llego a mi casa, me meto entre las cobijas y descanso —termina—. Soy un ser feliz, porque sé que no estoy haciendo nada mal.