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El peligro de la obsolescencia programada para el medio ambiente

La obsolescencia programada genera millones de toneladas de basura electrónica que podrían evitarse.

Varios dispositivos electrónicos sobre una mesa

La obsolescencia programad apuede ser una variable importante en la crisis climática. Foto: Freepik

LatinAmerican Post | María Fernanda Ramírez

Con la cuarta revolución industrial, los avances tecnológicos cada vez se producen con mayor rapidez y existe una cantidad innumerable de dispositivos tecnológicos al alcance de un gran porcentaje de la población, en especial de aquellos lugares con un alto poder adquisitivo. No obstante, los desechos electrónicos están invadiendo el planeta y causando graves problemas. No solo las emisiones de Co2 son las responsables de la crisis ambiental.

De acuerdo con el Global E-Waste Monitor 2020 de las Naciones Unidas, en el 2019 se generaron 53,6 millones de toneladas métricas (Mt) de desechos electrónicos en el mundo entero, una cifra récord que aumentó en un 21% en cinco años. Además, se estima que para el 2030 la cifra sea de 74 Mt. “Esto convierte a los desechos electrónicos en el flujo de desechos domésticos de más rápido crecimiento en el mundo, impulsado principalmente por mayores tasas de consumo de equipos eléctricos y electrónicos, ciclos de vida cortos y pocas opciones de reparación”, señala el informe. El continente que más desechos de este tipo genera es Asia con cerca de 24,9 Mt, mientras que Europa es el que más genera por cada ciudadano, con un promedio de 16.2 kg per cápita.

Estos ciclos de vida cortos son conocidos como obsolescencia programada. Se trata de un concepto que se empezó a usar desde la década de los 50, cuando se hizo evidente el fenómeno de que las empresas ponían un tiempo a la vida útil de los productos que vendían con el fin de aumentar la recompra y, a su vez, sus beneficios económicos. Los bombillos fueron los primeros objetos diseñados para durar menos horas de las que tradicionalmente duraban, en la década de los años 20.

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Sin embargo, la obsolescencia no solo se limita la vida útil de los productos para favorecer la recompra, sino que estos se hacen cada vez menos reparables. De esta forma, se ha ido creando la cultura de lo desechable. Además de la obsolescencia programada por las mencionadas cuestiones técnicas, la publicidad y la cultura consumista hacen que exista una obsolescencia psicológica o de diseño, que hace que cuando los productos pasan de moda o ya no son el último lanzamiento, las personas lo cambien para tener uno “mejor”. Además, no solo sucede con los productos electrónicos, la moda también es víctima de esto, pues se producen prendas que se dañan rápido y se lanzan nuevas colecciones varias veces al año, que marcan tendencias.

De esta forma, la obsolescencia programada hace que las personas entren en un ciclo de compra, uso y desecho acelerado que deja un impacto ambiental alto. Entre el 2011 y el 2021 se han vendido alrededor de 13.833 millones de teléfonos inteligentes, de acuerdo con la plataforma Statista. Se estima que en Estados Unidos las personas cambian de celular en un periodo de 18 a 24 meses en promedio. Esto hace que haya una circulación altísima de celulares, que terminan generando un exceso de desechos.

Sin embargo, la problemática con los dispositivos electrónicos no está solo en la enorme cantidad de desechos que generan al año, también se trata de la cantidad de recursos que son necesarios para su fabricación inicial. De hecho, suelen contener silicio, mercurio, plomo, cobre, cadmio y otros materiales que no son ecológicos. No se trata de una guerra a la tecnología, pues sus beneficios son evidentes, sino de la necesidad de tecnologías que propendan por el menor impacto ambiental posible.

Hoy en día existen diversas iniciativas que luchan contra la obsolescencia programada. Una de las más exitosas es Ifixit que bajo el lema de “la revolución de la reparación” promueve el derecho a reparar. Para ello han difundido más de 79.510 manuales de reparación de diversos dispositivos electrónicos con el fin de promover una forma más sostenible de usar la tecnología. Asimismo, se creó el sello ISSOP de Innovación Sostenible sin Obsolescencia Programada, un certificado liderado por la Fundación de Energía e innovación Sostenible sin obsolescencia programada (Fennis).

Aunque el reciclaje sea algo positivo y aceptado socialmente, no es la mejor alternativa para la humanidad. Antes que reciclar, se debe intentar no generar desechos. El Global E-Waste Monitor 2020 indica que solo el 17,4% de los desechos electrónicos son reciclados, mientras que el 82,6% se pierden. Entonces, realmente el reciclaje de partes de los equipos electrónicos no está siendo una solución real para esta problemática.

En definitiva, es necesario que la sociedad haga un cambio a un modelo de consumo responsable y consciente, que permita la sostenibilidad en el planeta. La cultura de lo desechable, que se ha instaurado con fuerza, está causando estragos, que no solo son ambientales sino que también tienen repercusiones sociales, profundizando la desigualdad.

En relación a esto, muchos países han empezado a adoptar legislaciones contra la obsolescencia programada. En el 2020, el Parlamento Europeo aprobó una ley que protege el "derecho a reparar" de los consumidores. Por su parte, en el 2016, en Ecuador se aprobó una norma legal llamada el Código Orgánico de la Economía Social del Conocimiento, Creatividad e Innovación para blindar a las compras públicas de la obsolescencia programada. Además, países como Chile han trabajado en proyectos de ley sobre el tema. No obstante, aún no hay legislaciones claras y suficientes en el mundo para regular a las empresas. En marzo de este año, la Asamblea de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente se reunirá para que los países establezcan planes de cooperación global en materia ambiental. Sin duda alguna, el manejo de los desechos y la producción de recursos naturales serán temas fundamentales.