La crisis de Cuba obliga a América Latina a elegir bandos
La escasez de petróleo en Cuba se ha intensificado más allá de una crisis local en La Habana, revelando cómo el temor al presidente Trump, las presiones migratorias, los giros políticos hacia la derecha y el declive del prestigio revolucionario están remodelando activamente la diplomacia, las alianzas y la imaginación política de América Latina.
El fin de la excepción revolucionaria
Durante décadas, Cuba ocupó una posición única en la imaginación política de América Latina. Era más que un gobierno o una isla; era un símbolo presente en debates, murales, reuniones estudiantiles, discursos diplomáticos y quejas privadas. Incluso los opositores al sistema cubano solían reconocer su severa dignidad y resistencia ante la presión de Washington. Fidel Castro y los guerrilleros que salieron de las montañas pasaron a formar parte de la mitología moderna de la región, a quienes se les atribuye la reducción del analfabetismo, la expansión de la salud pública y el aumento de la esperanza de vida.
Esa antigua aura ahora se desvanece ante la dura realidad de la escasez.
Según The New York Times, Cuba está experimentando una escasez de petróleo y su economía está al borde del colapso. Los apagones afectan la red eléctrica y el combustible para vehículos es cada vez más escaso. Esta crisis es tangible, urgente y humillante. Además, es política, pues revela transformaciones regionales más amplias que van más allá de las vulnerabilidades de Cuba.
El primer gran cambio es psicológico. Una nueva generación de líderes de derecha en América Latina ya no ve a Cuba como un bastión romántico de soberanía. La ven como una advertencia, un estado de partido único asociado con disfunción, represión y agotamiento económico. Más sorprendente aún, incluso gobiernos de izquierda que antes habrían salido en defensa de La Habana ahora se están alejando. Las administraciones de izquierda en Brasil, México y Colombia no están dando un paso al frente para enviar cargamentos de combustible de emergencia. La razón, como se expone en las notas, no es un misterio. Es el temor a provocar al presidente Trump.
Ese temor refleja el actual equilibrio de poder en el hemisferio. The New York Times citó a Jesús Silva-Herzog Márquez, del Instituto Tecnológico de Monterrey en México, quien afirmó que “cualquier gesto de independencia ahora conlleva la amenaza de una represalia inmediata y devastadora” por parte de Estados Unidos. Añadió que “simplemente no se puede predecir el alcance de la ira del presidente Trump”. Esta afirmación va más allá de Cuba y diagnostica el clima estratégico de la región. Aunque los gobiernos siguen invocando la soberanía, su capacidad para desafiarla se ha reducido significativamente.
Para América Latina, la crisis de Cuba significa el fin de la excepción revolucionaria. La isla ya no puede depender de la solidaridad histórica como un recurso automático. El capital simbólico ya no se traduce en apoyo material.

México y Brasil evalúan los costos
Ningún país ilustra esta ruptura con mayor claridad que México. La ironía es casi demasiado aguda. México fue la cuna del lanzamiento armado de la Revolución Cubana y, durante décadas, su protector regional más confiable. Fue el único país latinoamericano que se negó a ceder ante la presión de los miembros de la Organización de Estados Americanos para romper relaciones con La Habana. De esa historia surgió un acuerdo informal duradero. México defendería a Cuba en foros internacionales y se opondría al embargo. Fidel Castro, a su vez, no exportaría la revolución al territorio mexicano.
Bajo Claudia Sheinbaum y Andrés Manuel López Obrador, esa protección fue más que retórica. Se convirtió en oxígeno económico. A medida que disminuyeron los envíos de Venezuela, México intervino como principal proveedor de petróleo de Cuba. Sin embargo, las notas dejan claro cuán inestable era siempre esa postura. México depende de manera excepcional del comercio con Estados Unidos. Una vez que la administración Trump amenazó con aranceles paralizantes a los países que suministraran combustible a Cuba, Sheinbaum detuvo todas las exportaciones de petróleo y optó en su lugar por enviar alimentos y medicinas.
Esa decisión refleja una dura verdad geopolítica. Incluso el gobierno latinoamericano con una de las razones históricas más profundas para respaldar a Cuba ha concluido que la abierta desobediencia ahora cuesta demasiado. La vieja relación especial sobrevive en el sentimiento, pero no en la única mercancía que Cuba necesita con mayor urgencia.
La posición de Brasil difiere en la forma, pero es similar en el fondo. El gobierno de Luiz Inácio Lula da Silva sigue expresando preocupación moral. The New York Times citó a Celso Amorim, principal asesor de política exterior de Lula, advirtiendo que la presión creciente para asfixiar a la isla finalmente victimiza a toda la población. También argumentó que la coerción probablemente endurecería al régimen en lugar de suavizarlo. Esta interpretación es familiar en la diplomacia latinoamericana, donde las sanciones estadounidenses suelen reforzar los reflejos nacionalistas de los gobiernos sancionados.
Aun así, Brasil limita su ayuda a la asistencia humanitaria. Petrobras, a pesar de su mucho mayor capacidad de producción, no ha suministrado combustible. Amorim señaló el riesgo de sanciones secundarias y medidas de represalia. Detrás de esa cautela hay una segunda capa de realidad. La izquierda brasileña ya no trata con Cuba en el clima político de otra década. La deuda vinculada al Puerto de Mariel aún persiste. Jair Bolsonaro convirtió el apoyo a Cuba en un arma contra la izquierda brasileña. Lula ahora enfrenta una reñida batalla de reelección contra Flavio Bolsonaro. Mientras tanto, la represión interna en Cuba ha debilitado la simpatía incluso dentro del núcleo duro del propio Partido de los Trabajadores.
Matias Spektor, citado por The New York Times, afirmó sin rodeos que el trato de Cuba a la oposición interna ha hecho muy difícil incluso para los cuadros más duros del Partido de los Trabajadores apoyar abiertamente al régimen. Esta afirmación puede ser una de las más significativas de toda la narrativa regional. Cuba no solo está perdiendo petróleo; está perdiendo paciencia moral.

Un hemisferio se realinea en torno a la presión
El panorama regional más amplio se está volviendo en contra de La Habana desde múltiples frentes simultáneamente. Venezuela, que alguna vez fue el principal salvador de Cuba tras la era soviética, perdió ese papel tras la captura de Nicolás Maduro, el asesinato de asesores cubanos en un ataque y la toma estadounidense de la industria petrolera venezolana. Ecuador expulsó a los diplomáticos cubanos. Nicaragua puso fin a los viajes sin visa para cubanos, cerrando una importante ruta migratoria. Guatemala, Honduras y Jamaica terminaron acuerdos con médicos cubanos, reduciendo una de las fuentes clave de divisas del gobierno.
Todo esto es más que un mal clima diplomático. Es una realineación regional. Cuba está cada vez más aislada justo cuando su debilidad económica se hace visible a través de las fronteras por la migración. Desde 2020, según las notas, se estima que 2,75 millones de personas han huido de Cuba. El éxodo ahora está transformando países antes ligados a Cuba, principalmente como símbolo. Brasil ha visto el mayor aumento, con los cubanos convirtiéndose en la principal nacionalidad que solicita asilo allí en 2025, superando por primera vez a los venezolanos.
Esta migración tiene consecuencias políticas. Lillian Guerra dijo a The New York Times que estos migrantes son “vectores de lo que realmente está ocurriendo en Cuba”. En otras palabras, llevan testimonios, desafían la nostalgia y complican las percepciones romantizadas de la crisis en los países que ahora absorben su costo humano.
La actual debilidad de Cuba importa geopolíticamente mucho más allá de La Habana. La isla ya no es solo una causa diplomática o un símbolo ideológico. Se ha convertido en una prueba de hasta qué punto los gobiernos latinoamericanos pueden maniobrar entre la presión interna, la migración, la dependencia económica y las represalias de Washington. Además, le da a la derecha regional una nueva retórica unificadora. Nayib Bukele, figura prominente de la derecha, se unió a otros líderes en una cumbre en Florida donde Donald Trump declaró que Cuba había sido llevada de rodillas y estaba en sus últimos momentos.
Eso puede resultar prematuro. Cuba ha sobrevivido a muchas declaraciones sobre su final. Pero de todos modos, algo real ha cambiado. La región que alguna vez abrazó a Cuba como insignia de autonomía ahora la trata como un riesgo, una carga o una advertencia. Y ese puede ser el cambio más trascendental de todos.
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