Diarios de la caída de Venezuela: El último recorrido de Maduro antes de su celda en Nueva York
En la víspera de Año Nuevo, Nicolás Maduro recorrió Caracas en la televisión estatal, ofreciendo propuestas petroleras mientras buques de guerra estadounidenses esperaban en la costa. Tres días después estaba en una cárcel de la ciudad de Nueva York, con los estragos económicos y las olas migratorias de su gobierno aún persiguiendo a Venezuela.
Una última rama de olivo en la víspera de Año Nuevo
En la víspera de Año Nuevo, Maduro condujo por el centro de Caracas como si estuviera filmando un documental de viajes. Narró los lugares emblemáticos a una entrevistadora amigable, recordó un discurso de Fidel Castro de 1959 y señaló su casa de la infancia con una ternura ensayada. Solo después de unos 40 minutos nombró lo que esperaba en la costa: buques de guerra estadounidenses cerca de Venezuela.
Luego intentó convertir la fuerza en una conversación de negocios. “Si quieren petróleo, Venezuela está lista para la inversión estadounidense como Chevron”, dijo en la televisión estatal. “Cuando lo quieran, donde lo quieran y como lo quieran.”
El texto dice que la administración Trump había estado negociando los términos de su salida. La transmisión se siente como un líder insistiendo en que aún marca el ritmo. El periodista Boris Muñoz, quien lo perfiló para la revista mexicana Gatopardo y lo ha seguido desde 2003, culpó a la “negligencia” y a la “falta de empatía”, diciendo que hubo muchas oportunidades para corregir el rumbo, y que Maduro “simplemente siguió adelante”. En Venezuela, ese ritmo obstinado se convirtió en política—y luego en una trampa.
De las aulas de La Habana al círculo íntimo de Chávez
Creció con sus padres y tres hermanos en un apartamento de dos habitaciones en el sur de Caracas, hijo de una familia sindicalista. De adolescente, patrocinado por la Liga Socialista, pasó un año en La Habana estudiando política. Regresó para conducir un autobús, luego ascendió en los sindicatos del sistema de metro de Caracas, aprendiendo la mecánica de la organización mucho antes de aprender a ejercer el poder ante las cámaras.
Cuando Hugo Chávez ganó en 1998, derrotando a Acción Democrática y Copei, Maduro entró al Congreso. En 2006, Chávez lo nombró canciller, ubicándolo en un movimiento que invocaba a Simón Bolívar, el libertador del siglo XIX nacido en Caracas, como símbolo e instrucción. Bajo la constitución de 1999, el país se renombró como la República Bolivariana de Venezuela.
Esa lealtad se convirtió en sucesión. Antes de morir de cáncer en 2013, Chávez eligió a dedo a Maduro y le dejó un Estado ya tambaleante por la dependencia petrolera. En el libro de Alma Guillermoprieto, Los años de sangre, escribió que Chávez “tuvo la buena fortuna de morir antes de que llegara la factura por el desastre que causó en la economía”. Con Maduro, la factura llegó completa.

Las cifras detrás del éxodo
Como presidente, Maduro se apoyó en Petróleos de Venezuela S.A. para repartir favores y consolidar lealtades. A medida que aumentaban los déficits, las autoridades ordenaron al Banco Central de Venezuela imprimir dinero, una medida que volvió al bolívar prácticamente inútil, dijo el economista José Guerra, quien pasó dos décadas en el banco y fue diputado en la Asamblea Nacional de 2015 a 2021.
De 2012 al año pasado, el PIB de Venezuela se redujo en casi un 80 por ciento, según el Fondo Monetario Internacional. La inflación en 2018 superó el 65,000 por ciento. En Caracas, esas cifras significaron salarios que se esfumaban de la noche a la mañana, hospitales sin insumos y una economía de la improvisación donde planificar se volvió riesgoso. Las familias aprendieron a ponerle precio al pan en minutos, mientras la moneda perdía valor en tiempo real, en todas partes, todos los días.
Al menos 7.9 millones de venezolanos han huido, dice la Agencia de la ONU para los Refugiados, en busca de seguridad y de cómo alimentar a sus familias. Algunos cruzaron la peligrosa selva del Darién entre Colombia y Panamá rumbo a Estados Unidos. La mayoría se quedó en otros países de América Latina, llevando a Venezuela consigo en acentos, remesas y ausencias.
En 2024, el Centro Carter para la Democracia, el único grupo independiente autorizado para monitorear las elecciones presidenciales de Venezuela, dijo que las restricciones—incluida la inhabilitación de la candidata opositora María Corina Machado—fueron tan severas que la votación no podía considerarse legítima. Según el 81% de las actas contabilizadas por sus observadores, afirmó que el candidato opositor Edmundo González Urrutia ganó con el 67 por ciento. González huyó del país, Machado fue obligada a esconderse y Maduro se declaró ganador.
Ahora el desenlace se escribe en Estados Unidos. El caso del Departamento de Justicia contra Maduro alega que dirigió una operación de tráfico que inundó de narcóticos a Estados Unidos. En la entrevista de Año Nuevo, rechazó ser el jefe de una organización “narcoterrorista” y dijo que el verdadero objetivo de Washington era apoderarse de los recursos naturales de Venezuela.
Está programado para hacer su primera aparición el lunes en la corte federal de Nueva York. En un video de la Casa Blanca publicado el sábado, dos agentes de la Administración de Control de Drogas de EE. UU. lo sujetan de los brazos y lo escoltan mientras él se mantiene erguido, sonríe y desea a los presentes un feliz año nuevo—una vieja postura revolucionaria frente a la certeza fluorescente de la custodia, mientras Venezuela espera saber qué viene después de la caída.
Fuera de la sala del tribunal, la diáspora venezolana sigue contando pérdidas, remesas y preguntas sin respuesta.
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