AMÉRICAS

Exiliados cubanos en Miami sopesan sueños de liberación sobre la Calle Ocho

En Miami, donde la salsa se escapa por las puertas y el humo de tabaco se aferra a la Calle Ocho, algunos exiliados cubanos observaron la operación del 3 de enero en Venezuela y se preguntan si Washington algún día podría accionar una palanca similar en La Habana para poner fin a décadas de miedo.

El argumento a favor de la intrusión

En ciertas tardes en Doral, al oeste de Miami, la política puede sentirse menos como un debate y más como una respiración contenida por mucho tiempo. Dentro de la oficina de la Asamblea de la Resistencia Cubana (ARC), el ánimo que describen los exiliados no es tanto de celebración como de vigilancia: una comunidad que mide su propio dolor frente a la posibilidad de un cambio abrupto. Luis Zúñiga, miembro de la ARC, enmarcó esa posibilidad en términos tajantes, casi quirúrgicos, diciendo a EFE que si la presión no es suficiente—económica, política, incluso militar—entonces una “operación quirúrgica” para eliminar a los “opresores” estaría justificada. Hablaba, en otras palabras, desde ese lugar agotado donde la paciencia comienza a sentirse como colaboración.

Lo que hace diferente a este momento, según su relato, no es simplemente el empeoramiento de las penurias en Cuba, sino el ejemplo de Venezuela. Varios exiliados señalaron la operación del 3 de enero que, según describen, culminó con Nicolás Maduro enfrentando tribunales en Nueva York—un desenlace que leen tanto como espectáculo como precedente. En esa interpretación, el evento se convierte en prueba de que los regímenes pueden ser removidos físicamente, no solo aislados diplomáticamente. También es, para algunos, la confirmación de un principio que creen que el hemisferio ha debatido durante generaciones: si la soberanía es absoluta cuando se acusa a un Estado de aplastar a su propio pueblo.

Zúñiga lo llamó un “derecho a intervenir”, argumentando ante EFE que la dictadura cubana “aplasta, abusa y criminaliza” a los ciudadanos de manera arbitraria. Extendió la lógica aún más, diciendo que, debido a que el sistema cubano se instauró “gracias a la ayuda de la Unión Soviética”, otras superpotencias tienen derecho a ayudar a “liberar” la isla. Es una afirmación enraizada en la memoria de la Guerra Fría y aún viva en los hogares de exiliados: que Cuba nunca ha tenido el lujo del aislamiento, porque siempre ha estado enredada—primero por la revolución, luego por la geopolítica, luego por el castigo.

Sanciones, presión y el factor Rubio

No todos en la diáspora cubana de Miami quieren decir estas cosas en voz alta. EFE informó que algunos exiliados evitan hacer comentarios públicos por temor a que sus familiares aún en la isla sufran represalias. Ese silencio también es parte de la historia: incluso desde el otro lado del mar, hablar puede sentirse como un riesgo cuyas consecuencias recaen en la puerta de otra persona.

Entre quienes sí hablan, la conversación rápidamente gira hacia Washington y el círculo cada vez más estrecho de la política. El reportaje describe una presión renovada desde el regreso de Donald Trump a la presidencia de EE. UU., incluyendo que Cuba fuera nuevamente incluida en la lista estadounidense de países patrocinadores del terrorismo—una acción que trajo nuevas sanciones financieras. En los cafés y oficinas del exilio, estas medidas se discuten no como abstracciones, sino como sistemas meteorológicos: puede que no los controles, pero vives bajo ellos, planeas en torno a ellos, los justificas, los culpas.

Para muchos, el nombramiento de Marco Rubio—un estadounidense de raíces cubanas y reputación de línea dura hacia La Habana—como Secretario de Estado se interpreta como otro mensaje sobre lo que viene. En una tabaquería de la Calle Ocho, el propio entorno es una especie de archivo: sillones de cuero, español murmurado, el ritual del humo y la memoria. Allí, José Ramón Pérez Campos, un cubano hijo de exiliados, dijo a EFE que no da por hecho que la caída de Maduro garantice nada para Cuba. Pero lo describió como un “vínculo muy sensible” en una cadena que, a su juicio, mantuvo vivo el sistema que ahora encabeza Miguel Díaz-Canel.

El colapso del apoyo venezolano, sugirió Pérez Campos a EFE, empuja a La Habana hacia una encrucijada incómoda. O el gobierno busca alternativas a través de lo que él llamó una forma de “diplomacia conversacional”, o corre el riesgo de deslizarse hacia un callejón sin salida aún más duro. Planteó la posibilidad de que el cambio real requeriría abandonar el comunismo—y luego dudó de que el régimen alguna vez renuncie voluntariamente al control. Y advirtió que la narrativa familiar—presentando a Estados Unidos como el enemigo eterno responsable de los fracasos de la isla—probablemente se reforzaría, porque sigue siendo políticamente útil dentro de Cuba, especialmente cuando se va la luz y los estantes siguen vacíos.

Luis Zúñiga, miembro de la Asamblea de la Resistencia Cubana (ARC), habla con EFE durante una entrevista este miércoles en la sede de la organización en Doral, Miami (Estados Unidos). EFE/ Alberto Boal

Esperanza, culpa y el precio de la presión

Si se escucha con atención este discurso del exilio, lleva dos emociones a la vez: esperanza y culpa. La esperanza es fácil de oír—la fantasía de una Habana liberada, los vuelos de regreso, las casas familiares reabiertas, el permiso repentino de vivir sin susurrar. La culpa es más silenciosa pero persistente: el conocimiento de que cada palanca accionada desde el extranjero puede recaer con más fuerza sobre la gente común que nunca eligió ser símbolo.

Pérez Campos expresó esa tensión directamente, diciendo a EFE que o las autoridades reconocen su incapacidad e intentan cambiar, o serán “forzadas” a hacerlo. En su visión, si tal ruptura ocurriera, las calles se llenarían de alegría y gran parte de la diáspora ayudaría a reconstruir una isla que se hunde en una crisis económica, energética y demográfica. Luego planteó la pregunta que subyace en tantas vidas de exiliados: ¿por qué alguien elegiría esta distancia si realmente hubiera existido una opción? “¿De verdad cree que estamos aquí porque queremos?” dijo a EFE, insistiendo en que la comunidad no llegó a un país de inmigrantes por romanticismo, sino por necesidad.

A su lado, Álex Arellano se apoyó en el simbolismo de Rubio, diciendo a EFE que Marco Rubio podría ser recordado en la historia cubana si ayuda a poner fin al sistema de la era Castro. La comparación que ofreció—llamando a Rubio el mejor secretario de Estado de EE. UU. desde Henry Kissinger—no era solo un elogio; era una señal de cuán intensamente parte de la comunidad exiliada busca una figura decisiva, alguien que pueda encarnar un desenlace que se les ha escapado durante décadas.

La línea de tiempo más radical vino de José Ramón Cardona, un pequeño empresario cuyo local, contó a EFE, ha recibido a visitantes famosos como Bill Murray y el jugador de la NBA Jimmy Butler. Cardona afirmó que Cuba sería libre para finales de abril próximo, una predicción que suena más a plegaria que a análisis. Sin embargo, incluso él reconoció el costo humano: lamentó las dificultades que las sanciones imponen a la población cubana, y luego argumentó ante EFE que ese sufrimiento es “la única manera” de aplicar suficiente presión para que el sistema colapse.

Ese es el nudo moral en el centro de la historia: la creencia de que el dolor puede ser estratégico, chocando con la realidad de que el dolor lo viven las familias, no los gobiernos. En Miami, ese choque se manifiesta en escenas cotidianas—teléfonos pegados al oído durante llamadas a la isla, envíos de dinero medidos frente a la creciente necesidad, conversaciones políticas que siempre regresan a una pregunta. No si el cambio es deseable, sino qué tipo de cambio es imaginable cuando el exilio ha durado lo suficiente como para convertirse en su propio país. Todas las citas y entrevistas de este artículo son atribuidas a EFE.

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