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La ofensiva contra las pandillas en Haití: ¿pueden más botas y más fuerza restaurar lo que el Estado no puede?

Cuatro soldados salvadoreños desaparecidos han expuesto la distancia entre las promesas de seguridad de Haití y su realidad. Las denuncias de protección política a las pandillas exigen una investigación, pero demostrar un pacto secreto específico requiere pruebas, mientras que derrotar a las redes armadas exige mucho más que refuerzos.

Una acusación no es un hallazgo

Para las familias de cuatro militares salvadoreños desaparecidos tras una emboscada a las afueras de Puerto Príncipe, una declaración de determinación militar no puede responder a la pregunta inmediata: ¿dónde están? La Fuerza de Supresión de Pandillas dice que continuará su misión. Ocho días después del ataque, sigue sin haber certeza sobre el destino de los hombres.

La fuerza reconoció haber recibido restos humanos sin identificar que podrían pertenecerles. El presidente Nayib Bukele rechazó esa posibilidad. Ni la recuperación ni una declaración política sustituyen la identificación forense. Dar a los soldados por muertos, o suponer con seguridad que siguen vivos, se adelantaría a los hechos.

Otra afirmación requiere un manejo igualmente cuidadoso. La red de periodistas anticorrupción haitianos RHAJAC alega que el primer ministro Alix Didier Fils-Aimé mantiene un acuerdo secreto con líderes de pandillas para preservar su poder. Según se ha informado públicamente, la acusación no aporta pruebas verificadas de forma independiente de ese pacto específico.

La preocupación general tiene buen fundamento. Un informe de expertos de las Naciones Unidas publicado este mes describió a figuras políticas, económicas y de seguridad que sostienen a las pandillas, incluidas denuncias de que agentes corruptos suministraron armas e inteligencia. Esos hallazgos hacen de la protección oficial una preocupación investigativa seria. No establecen la culpabilidad del primer ministro por asociación.

La evaluación responsable es, por lo tanto, desigual: la evidencia respalda investigar las redes de protección, mientras que la acusación específica contra Fils-Aimé sigue sin verificarse. Comunicaciones autenticadas, registros financieros o testimonios corroborados de forma independiente podrían cambiar ese juicio. Las afirmaciones repetidas, no. Tampoco una emboscada demuestra, por sí sola, que alguien dentro del gobierno la haya organizado.

Una calle cercana al Palacio Nacional en Puerto Príncipe, Haití. EFE/Johnson Sabin

La aritmética detrás de la armadura

El mensaje de la FSP llegó acompañado de fotografías, entre ellas un convoy de once vehículos blindados. La exhibición transmite determinación. No puede establecer cuánto tiempo puede sostener operaciones la fuerza, con qué fiabilidad puede proteger a los civiles ni si las instituciones permanecerán cuando los soldados se trasladen a otro lugar.

La fuerza cuenta con unos 2.000 efectivos frente a un tope autorizado de 5.500, según el monitor de conflictos ACLED. Eso representa aproximadamente el 36 % de su fuerza prevista. La brecha no mide su probabilidad de éxito, pero limita cuán convincentes pueden ser las promesas de seguridad integral.

El esfuerzo de reclutamiento del ejército haitiano, por separado, ilustra la diferencia entre un anuncio y la capacidad desplegable. Alrededor de 2.000 aspirantes presentaron exámenes para 700 plazas, una tasa de selección del 35 %. Aprobar un examen de ingreso no establece la preparación operativa, la integridad ni la capacidad de trabajar eficazmente con la policía civil.

El gobierno quiere 15.000 reclutas en tres años, lo que exige un promedio de 5.000 al año. Los 700 propuestos representan menos del 5 % de esa meta. Al reclutamiento deben seguir la capacitación, la supervisión, el equipamiento y salarios fiables. La deserción separaría aún más el número de quienes entran a entrenamiento del aumento de personal utilizable.

Estos reclutas pertenecen a las fuerzas armadas de Haití, no automáticamente a la FSP multinacional ni a la policía nacional. Sumar sus cifras exageraría la capacidad inmediata. Construir un ejército no puede reemplazar a los investigadores que arman los casos, a los fiscales que persiguen a los financistas ni a los tribunales capaces de proteger a los testigos.

La confianza forma parte de esa capacidad. Un residente que teme tanto las represalias de las pandillas como la complicidad oficial tiene pocas razones para denunciar amenazas. Reclutar más agentes sin garantías creíbles puede ampliar una institución sin hacer más seguras a las personas ni mejorar su información.

Los reportes de varios pandilleros muertos durante una operación en Bel-Air, atribuidos por la radio local a fuentes policiales, tampoco ofrecen una medida completa. Una redada exitosa no establece que los residentes puedan reabrir sus negocios de forma segura ni que los secuestradores hayan perdido las redes que permiten su regreso.

Una persona camina junto a vehículos blindados utilizados para combatir a las pandillas en Puerto Príncipe, Haití. EFE/Johnson Sabin

Una cuadra más segura no es la paz

La evidencia sugiere que la presión funciona a escala local. ACLED registró una disminución del 75 % en los ataques contra civiles en la comuna central de Puerto Príncipe entre enero y septiembre de 2026 frente a los mismos meses de 2025. Es una mejora significativa en los eventos registrados, no una disminución a nivel nacional ni una prueba de la eficacia de una fuerza.

La misma evaluación reportó que los secuestros registrados en 2026 ya superan en un 21 % el total de todo 2025. Estas cifras miden daños distintos en períodos diferentes. En conjunto, sugieren adaptación: los grupos armados pueden perder terreno en un lugar mientras encuentran otros territorios y fuentes de ingresos.

Esa flexibilidad hace que la crisis de Haití sea más difícil que una contienda entre dos ejércitos. Desarticular a los pistoleros sin cortar su financiamiento ni su acceso a armas importadas permite que la capacidad criminal se regenere. Donde existe protección política, las investigaciones deben alcanzar a quienes se benefician de la violencia sin tratar cada acusación no probada como una condena.

La protección de los civiles también determina si los avances en seguridad perduran. La oficina de derechos humanos de la ONU documentó al menos 5.700 personas muertas o heridas entre el 1 de enero y el 11 de septiembre, incluidas bajas durante operaciones contra las pandillas. Esa cifra combinada no debe presentarse erróneamente como solo muertes ni como daño infligido exclusivamente por las pandillas.

Una estrategia centrada en detenciones masivas enfrentaría otra limitación: la ONU dice que las cárceles haitianas ya operan a más de tres veces su capacidad oficial. La detención sin tribunales que funcionen no puede ofrecer justicia sostenible. Mientras tanto, los niños obligados o reclutados por las pandillas necesitan vías creíbles para volver a la vida civil.

Una victoria rápida y total parece improbable con esta evidencia; el éxito duradero sigue siendo posible, pero condicionado. Ya existen avances locales. Perdurarán solo si las operaciones de seguridad se acompañan de instituciones que rindan cuentas y de presión sobre las finanzas criminales. Para los haitianos, la prueba es si pueden cruzar la ciudad sin negociar con el poder de otro.

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