Los presidentes latinoamericanos que enfrentaron tribunales de EE. UU.: cuando la soberanía se encuentra con las esposas
Estados Unidos afirma que juzgará a Nicolás Maduro tras su captura el sábado en Caracas, continuando una tendencia de líderes que antes estaban fuera del alcance de la justicia y ahora comparecen ante los tribunales. De Panamá a Honduras, estos casos cruzan justicia, geopolítica y memoria regional.
La acusación contra Maduro se suma a una larga y tensa genealogía
Cuando Washington anuncia que procesará a un líder latinoamericano en funciones, la información circula rápidamente y genera preguntas: ¿es esto rendición de cuentas, una extensión de influencia, o ambas cosas?
Esta vez, el nombre es Nicolás Maduro, el presidente venezolano capturado en Caracas el sábado, según el texto. Estados Unidos dice que lo llevará a juicio. La fiscal general de EE. UU., Pam Bondi, señaló una acusación formal que data de 2020. Imputó a Maduro cuatro cargos, entre ellos conspiración para cometer narcoterrorismo. El expediente también incluye a Cilia Flores, primera dama de Venezuela, quien fue capturada junto a él en la operación especial.
En la memoria regional, la combinación de captura, acusación y extradición se asocia con casos previos en los que tribunales y autoridades estadounidenses extendieron su alcance a jurisdicciones latinoamericanas. Entre los mencionados están Manuel Antonio Noriega de Panamá, Alfonso Portillo de Guatemala y Juan Orlando Hernández de Honduras. Cada caso presenta cargos y contextos distintos, pero una imagen similar: un exjefe o jefe de Estado compareciendo ante un tribunal extranjero.
Noriega y la invasión que sentó el precedente
El caso que aún se siente como el prototipo es el de Manuel Antonio Noriega, el hombre fuerte de Panamá y líder de facto de 1983 a 1989. Llegó al poder como jefe de las Fuerzas de Defensa de Panamá. El texto describe lo que muchos panameños recuerdan como un periodo marcado por la censura, la represión política y denuncias de corrupción. Noriega mantuvo una relación ambigua con Estados Unidos. Colaboró con agencias de inteligencia incluso mientras consolidaba un control autoritario.
A fines de los años 80, los tribunales estadounidenses acusaron a Noriega de narcotráfico y lavado de dinero. La relación colapsó. En 1989, Estados Unidos lanzó la invasión de Panamá conocida como Operación Causa Justa. Culminó con la captura de Noriega en 1990. Fue juzgado y condenado en Estados Unidos. Más tarde, enfrentó procesos legales en Francia y Panamá.
Para América Latina, el caso Noriega no solo trata de cargos criminales, sino también de la transformación de una relación geopolítica en un asunto legal. Un antiguo colaborador se convierte en acusado. Se establece el expediente judicial, junto a perspectivas que cuestionan la intersección entre derecho y estrategia.

Portillo, Hernández y la sala de audiencias como vida después del poder
El texto luego salta a una caída diferente: la corrupción en vez de la invasión. Alfonso Portillo, presidente de Guatemala de 2000 a 2004, dejó el cargo bajo una nube de escándalos. Después, fue acusado de malversar millones de fondos públicos, incluyendo desviar recursos del Ministerio de Defensa. En 2008, fue extraditado a México por varios cargos y luego a Estados Unidos, donde enfrentó juicio por lavado de dinero vinculado a fondos robados al Estado guatemalteco. Seis años después, en un tribunal federal de Nueva York, se declaró culpable y fue a prisión, regresando a Guatemala tras cumplir su condena.
Si el caso Noriega trató del uso de la fuerza militar, el de Portillo ilustra la vida burocrática posterior al gobierno: transferencias bancarias, rutas de lavado, extradiciones silenciosas. Sigue siendo una soberanía perforada, pero a través de papeles y no de tanques.
Luego viene Juan Orlando Hernández, presidente de Honduras de 2014 a 2022, cuyo caso, según el texto, se construyó en torno a acusaciones de conspirar para traficar drogas, posesión de armas y vínculos con organizaciones criminales. Los investigadores alegaron que recibió sobornos millonarios y usó fuerzas de seguridad estatales para facilitar envíos de cocaína a Estados Unidos. En 2022, fue arrestado en Honduras y extraditado. En 2024, un tribunal federal en Nueva York lo declaró culpable de cargos relacionados con narcóticos y armas, y lo condenó a 45 años de prisión. El texto añade un giro digno de cualquier drama judicial: en diciembre del año anterior, fue indultado por el presidente Donald Trump.

La impunidad como excusa o explicación
En América Latina, donde la impunidad suele sentirse como un estado permanente, la idea de que una condena en EE. UU. pueda ser anulada por una decisión política estadounidense no es solo ironía; es la confirmación del cinismo más profundo de la región. La sala de audiencias puede parecer un espacio de claridad moral, hasta que vuelve a ser una herramienta de presión.
Extendiendo el hilo de la influencia legal estadounidense en Honduras, el texto suma otro nombre: Rafael Leonardo Callejas, quien fue presidente de 1990 a 1994. El texto dice que fue procesado en Estados Unidos tras entregarse por corrupción en el fútbol vinculada a la FIFA. Por su frágil salud, un tribunal de Nueva York lo sentenció en 2020 a tiempo cumplido, contando su detención preventiva.
Los detalles importan porque muestran hasta dónde puede llegar la red: desde supuestas narco-conspiraciones hasta la economía global de sobornos deportivos, el tribunal estadounidense se convierte en un escenario donde las élites latinoamericanas pueden ser disciplinadas por distintos pecados, a veces reales, a veces entrelazados con el poder.
Finalmente, el texto amplía la mirada más allá de los juicios en EE. UU. hacia las batallas de extradición. Alejandro Toledo, presidente de Perú de 2001 a 2006, luchó en Estados Unidos para evitar ser extraditado a Perú por acusaciones de soborno, especialmente relacionadas con la empresa brasileña Odebrecht. En 2023, EE. UU. aprobó su extradición. Un año después, fue condenado a 20 años y 6 meses por aceptar sobornos de Odebrecht, y en septiembre de 2025 recibió una segunda condena de 13 años y 4 meses por lavado de dinero. El texto señala que las sentencias son concurrentes, por lo que su tiempo efectivo en prisión será poco más de dos décadas.
Estos casos ilustran en conjunto una tendencia reciente en la gobernanza latinoamericana: presidencias que pueden terminar con procesos judiciales, extradición o encarcelamiento, en vez de con el retiro.
Ahora, Maduro es insertado en ese mapa, acusado desde 2020, capturado en 2026 y emparejado legalmente con Cilia Flores. Lo que suceda después se debatirá en tribunales y capitales, pero la reacción emocional en la región ya es visible: el incómodo reconocimiento de que la soberanía no solo se defiende con banderas. También se pone a prueba en los lugares donde suenan las esposas, donde hablan los fiscales y donde la larga historia de América Latina con Washington se reescribe, caso por caso, en el lenguaje de la ley.
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