La inundación del Sinú en Colombia convierte hogares en refugios y preguntas en rutina
En los barrios bajos de Montería y las riberas rurales de Tierralta, el Sinú ha subido y se ha quedado. Siete días después, las familias cuentan centímetros, no pronósticos. En un refugio improvisado en un aula, un padre mira su celular y se pregunta qué significa recuperarse cuando el agua se lleva el trabajo.
Tablas sobre agua marrón en los barrios bajos de Montería
Dentro de la casa de Yela Contreras, el piso ya no es un piso. Es una lámina de agua poco profunda y quieta, del color de café espeso dejado enfriar. Ella camina sobre unas tablas colocadas como puente, con cuidado en cada paso, porque la alternativa es el barro que se aferra a sus tobillos y hace que su cuerpo trabaje más de lo que debería. En este rincón de Montería, la capital del departamento de Córdoba en Colombia, la inundación no se siente como un evento repentino. Se siente como algo que se ha instalado.
“Esto toma tiempo”, dicen los residentes con resignación, enfatizando la lucha constante y ayudando a los lectores a conectar emocionalmente con su persistente esperanza y frustración.
“Otras veces el agua ha tardado casi un mes en bajar”, dice Yela, recordando que aquí la emergencia no es novedad sino repetición. Por eso nadie habla en horas ni en días. Hablan en semanas. El problema es que, cuanto más tiempo un barrio mide así el tiempo, más la inundación se vuelve la norma y menos espacio queda para la prevención.
Afuera, las calles parecen canales que han olvidado cómo fluir. El agua permanece. Las casas están a su merced, algunas hechas de bloque sin repellar, otras de láminas de zinc y madera. El silencio solo se rompe con pasos lentos, calculados para evitar hundirse. El ánimo no es de pánico. Es de desgaste. No es un miedo de titulares, sino una lucha diaria.
En inundaciones como esta, las rutinas del hogar se ven interrumpidas, surgen preguntas sobre cómo cocinar, dormir y trabajar, lo que resalta las luchas cotidianas y fomenta la empatía.

Vivir del río hasta que el río se lleva el trabajo
Durante siete días, Yela no ha podido cocinar en su casa. Por las noches, duerme afuera, esperando que el nivel del agua baje lo suficiente para regresar. La vida está suspendida, y la suspensión tiene sus propias reglas. “Mi esposo trabaja en el río y no ha podido trabajar”, cuenta.
Su esposo, Alberto Contreras, es arenero, uno de los muchos trabajadores informales que dependen directamente de los minerales que extraen del lecho del río para la construcción en Montería. El trabajo es manual y rudimentario, realizado con un tanque de metal, una cuerda y el cuerpo sumergido. Es un trabajo que asume que el río es lo suficientemente estable como para ser un lugar de trabajo. Ahora mismo, no lo es.
“Vivimos del río, pero ahora el río nos dejó sin nada”, dice. La inundación no solo entró a su casa. También congeló sus ingresos. Esto acorta la distancia entre los desastres naturales y la economía del hogar. El daño es inmediato porque no es solo pérdida material. Es incertidumbre diaria.
Dice que están desesperados y no saben a dónde ir. Luego describe cómo ahora miden el agua, no por días sino por horas. “Ayer estaba más bajo, anoche subió y esta mañana volvió a subir. Cada tanto, sube unos centímetros”, cuenta. La frase “unos centímetros” suena inofensiva hasta que vives dentro de ella. Unos centímetros es la diferencia entre entrar y quedarse afuera, entre dormir adentro y dormir en otro lugar.
Unos metros más adelante, Enrique Oviedo, un residente mayor, señala hasta dónde llegó el agua dentro de su casa. Dice que se quedó allí hasta el día anterior, pero se volvió imposible por el barro. “Hasta ayer estábamos adentro, pero ya no se puede”, repite, mientras el agua le llega por encima de las rodillas. Ha movido las pocas pertenencias que tenía, levantando algunas hasta el techo, como si la altura fuera una especie de seguro.
Con la inundación llegaron otros miedos. Enrique habla de serpientes negras que entraron a la casa, arrastradas por el agua creciente, de modo que el hogar dejó de ser refugio. Esta vez, a diferencia de otras inundaciones, el agua cruzó límites conocidos. “Antes llegaba hasta allá”, dice, señalando hacia una casa vecina, y luego agrega con resignación: “Ahora se metió con nosotros”. Viene a la mente una frase memorable al ver esta escena: en Montería, el río no se anuncia; ocupa.
La ayuda llega de forma intermitente en una ciudad donde la alcaldía reporta que unas 32.000 personas están siendo atendidas. Fundaciones, comerciantes y vecinos traen comida preparada por las noches. El patrón es irregular porque la demanda es desigual y la capacidad de la ciudad es finita. Incluso la ayuda, en otras palabras, llega en pulsos, como el nivel del río mismo.
La apuesta aquí no es que la gente pueda resistir para siempre. Es que algo empiece a bajar primero, el agua o la paciencia obligada a subir con ella.

Un refugio en un aula en Tierralta y el costo de no tener alerta
En un aula convertida en refugio temporal, los pupitres están apilados contra las paredes. Los colchones se apoyan en las esquinas. La ropa cuelga en las ventanas, convirtiendo un salón de clases en un lugar de secado y espera. José Julián Castaño se sienta, mirando su celular, como si las noticias pudieran llegar con una barra de señal.
Es campesino, padre de cinco hijos y uno de los muchos afectados por la reciente crecida del Sinú en la zona rural de Tierralta, también en Córdoba. “Todo se perdió menos la vida”, dice Castaño, resumiendo lo que le pasó a él y lo que les pasa a muchas familias cuando el agua entra a una casa sin tiempo para negociar. Es de Puertas Negras, un caserío a orillas del río. Hace una semana, el río salió de su cauce e inundó todo a su paso desde la parte alta de la región.
Cuenta que la emergencia llegó sin aviso. El agua empezó a subir y decidió, como otras veces, esperar a ver si la creciente se detenía. Esta vez no fue así. Hace cuatro días, el agua entró a su casa y llegó a casi un metro de altura. Perdió gallinas, cerdos y los cultivos que sostenían a su familia. “Lo único que no se perdió fue la vida”, insiste.
La evacuación llegó después, cuando ya no era posible permanecer en la casa. Castaño y su familia fueron trasladados con un grupo de veintiuna personas a refugios improvisados organizados por la alcaldía, en escuelas e iglesias. La ayuda humanitaria empezó a llegar en los últimos días, pero dice que ha sido insuficiente. Cuando fue a buscar comida para cocinar, cuenta que le dieron cinco libras de arroz y tres bolsitas de espagueti. Es el tipo de razón que te mantiene vivo por un momento y te deja pensando en el siguiente.
Dice que no hubo alerta para evacuar. “No, nada, nada. No hubo alerta de nada”, afirma. Reconoce que las crecientes del río son frecuentes en la zona, pero dice que el miedo ahora es distinto. Antes, cuenta, había tres o cuatro crecientes al año y la gente sabía por dónde pasaría el agua. Ahora vive con “el miedo de que ese muro se caiga”, refiriéndose a la represa hidroeléctrica de Urrá, la única en el norte de Colombia, con cuatro turbinas y una capacidad instalada de 340 megavatios.
El embalse está a doscientos setenta y seis kilómetros de la desembocadura del río. Cubre 7.988 hectáreas y almacena 1.616 millones de metros cúbicos de agua. El vertedero, que según la empresa también regula el caudal, tiene una capacidad máxima de descarga de casi 9.000 metros cúbicos por segundo hacia el cauce del Sinú. Para los campesinos aguas abajo, esas cifras no son abstractas. Son la escala de lo que imaginan que podría pasarles.
Dicen que la operación de la represa intensifica las condiciones aguas abajo en una emergencia que comenzó con lluvias atípicas para esta época del año, vinculadas en los reportes a un frente frío ártico que llegó al sur del Caribe. La historia es compleja. Agua del cielo, agua de la infraestructura y agua de un río que ya conoce los puntos bajos del paisaje.
Mientras los afectados esperan respuestas, las autoridades nacionales y locales intentan responder. El director de la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres de Colombia, Carlos Carrillo, llegó el jueves pasado. A poca distancia de donde Castaño relató sus pérdidas, Carrillo habló sobre un vuelo de la Fuerza Aérea Colombiana que llegó con más de diez toneladas de ayuda traída desde Bogotá. Dijo que la asistencia incluye alimentos, kits de cocina y aseo personal, junto con hamacas y sábanas, y que la distribución depende de que las familias estén registradas en el censo oficial de afectados realizado por las autoridades municipales.
En Tierralta, el alcalde Jesús David Contreras dice que la situación sigue siendo crítica en las zonas rurales a orillas de los ríos. Un balance preliminar muestra que unas 60 veredas siguen inundadas, con más de 5.100 familias afectadas y alrededor de 8.000 hectáreas de cultivos perdidas. El alcalde afirma que en el municipio funcionan 36 refugios temporales, donde las comunidades reciben alimentación diaria mientras las aguas empiezan a bajar.
Para Castaño, sin embargo, la pregunta central está más allá de las entregas inmediatas. “¿Ahora qué hacemos?”, se pregunta. Enumera lo que sostenía a su familia, las parcelas y los cultivos, y dice que todo se perdió. “Vienen, hacen un censo, te dan un poco de comida y ya”, dice, sentado en un pupitre que ya no es de escuela sino de refugio, esperando que baje el río y llegue una respuesta que le permita empezar de nuevo, lejos del agua que esta vez no avisó.
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