Migracion y Fronteras

Chile cava su línea en el desierto mientras América Latina gira a la derecha

La nueva barrera fronteriza de Chile es más que una zanja en el Atacama. Señala un ánimo más duro en la región, donde la migración, el crimen, la soberanía y la política al estilo Trump están cambiando el poder, el lenguaje y las alianzas en toda América Latina.

Una zanja se convierte en mensaje

A solo cinco días de asumir el cargo, José Antonio Kast viajó al norte, a un polvoriento sitio de construcción en la frontera de Chile con Perú. Inspeccionó el primer tramo de una nueva barrera en el desierto de Atacama, conversó con los trabajadores y describió la zanja como el primer paso de un plan mayor para detener la inmigración ilegal. Físicamente, por ahora es solo una pequeña zanja, pero políticamente, significa mucho más.

Este proyecto es más que infraestructura. Es una puesta en escena, una advertencia y una declaración al mismo tiempo. Kast no lo presentó como una simple solución fronteriza ni como una reacción burocrática ante la migración. En cambio, lo llamó un hito para Chile: una defensa contra la inmigración ilegal, el narcotráfico y el crimen organizado, y parte de la construcción de lo que él llama un Chile soberano. En sus palabras, la zanja es simbólica antes que práctica.

Esto importa para la región porque la política latinoamericana ha usado durante mucho tiempo las obras públicas como declaraciones políticas. Un muro, una carretera, un puerto, un puesto militar o una zanja en el desierto pueden mostrar cómo un Estado percibe las amenazas y a quién considera que la nación debe temer. La barrera de Kast encaja en esta tradición. Marca territorio, sí, pero más importante aún, señala un cambio en el ánimo político.

Chile ha sido visto durante mucho tiempo en Sudamérica como una república ordenada y un Estado estable, un país que se mantuvo firme mientras sus vecinos enfrentaban turbulencias. Los informes dicen que Chile sigue siendo uno de los países más seguros y estables de la región. Pero también explican por qué esta política fronteriza ganó apoyo. Las preocupaciones han crecido entre los chilenos a medida que la inmigración y el crimen organizado se han convertido en temas candentes. La población extranjera saltó de menos de 600,000 en 2015 a más de 1.5 millones en 2024, según datos del Banco Mundial. El gobierno estima que unos 336,000 de estos migrantes son indocumentados, muchos provenientes de Venezuela.

Estas cifras no son solo estadísticas. En política, se convierten en relatos. Y el político que moldea el relato suele moldear cómo se siente el público.

El presidente ultraderechista de Chile, José Antonio Kast. EFE/ Adriana Thomasa

El eco de Trump en el Atacama

La referencia internacional es clara. La zanja de Kast se asemeja mucho al lenguaje y estilo político de Donald Trump. Varias de las políticas de Kast recuerdan las promesas de Trump, especialmente en materia migratoria. No es una comparación superficial. Trump convirtió el muro en la frontera con México en un eslogan repetido y en símbolo de restauración nacional. Kast intenta algo similar en Chile, trayendo esa misma política territorial dura a Sudamérica.

Incluso los símbolos de lealtad han cruzado fronteras. Algunos seguidores de Kast usan gorras rojas con la frase “Make Chile Great Again”, una clara referencia al movimiento de Trump. Esta frase importa porque hace más que copiar una marca: trae consigo toda una visión del mundo. Sugiere que Chile, como Estados Unidos en la retórica de Trump, ha sido debilitado, sobrepasado o sumido en el desorden y ahora necesita ser salvado mediante la fuerza, el cierre y la confrontación simbólica.

Por eso la elección de Kast es importante geopolíticamente. Se la describe como el giro más brusco de Chile hacia la derecha desde el fin de la dictadura militar en 1990. Es algo significativo, especialmente porque Kast ha elogiado abiertamente a Augusto Pinochet. Chile ya no solo alterna entre gobiernos de centroizquierda y centroderecha. Está entrando en un espacio ideológico más extremo, donde el orden público, la identidad nacional y el control fronterizo se unen en un solo relato de gobierno.

Este giro también acerca a Chile a una tendencia derechista más amplia en el hemisferio. Esta visión ve la migración no principalmente como un asunto humanitario o laboral, sino como una cuestión de soberanía, crimen y civilización. Así, las fronteras dejan de ser simples líneas administrativas. Se convierten en campos de batalla políticos donde los gobiernos muestran su fuerza.

Como resultado, Chile podría convertirse en un ejemplo sureño de cómo la política al estilo Trump puede adaptarse en América Latina sin limitarse a copiarla. La zanja en el desierto no es el muro fronterizo de EE. UU., y Chile tiene su propia historia, temores y condiciones. Pero el mensaje emocional es muy similar. Se denuncia el caos. La inseguridad se vuelve personal. Las barreras físicas se transforman en líneas morales. El Estado se percibe como un defensor bajo ataque.

El presidente de Chile, José Antonio Kast, saluda al personal militar en el puesto de observación fronterizo de Chacalluta en Arica, Chile. EFE/Presidencia de Chile.

Lo que Chile le dice ahora a América Latina

Por eso las palabras de Kast importan tanto como la propia zanja. Cuando dice que Chile ha sido vulnerado por la inmigración ilegal, el narcotráfico y el crimen organizado, está combinando distintos temores en un solo problema nacional. La migración se asocia al crimen. El crimen se asocia a la soberanía. La soberanía se asocia a la acción gubernamental fuerte. Es un mensaje político poderoso que puede propagarse fácilmente más allá de las fronteras.

Por eso la retórica de Kast importa tanto como la propia zanja. Cuando dice que Chile ha sido vulnerado por la inmigración ilegal, el narcotráfico y el crimen organizado, está fusionando distintas ansiedades en una sola herida nacional. La migración se vuelve inseparable de la criminalidad. El crimen se vuelve inseparable de la soberanía. La soberanía se vuelve inseparable de la fuerza ejecutiva. Es una fórmula política eficaz que puede viajar fácilmente a través de las fronteras.

Aquí también hay una ironía más profunda. América Latina ha sido durante mucho tiempo una región de emigración, exilio y desplazamiento. Su historia está llena de partidas, cruces y movimientos forzados. Sin embargo, en tiempos difíciles, los países pueden empezar a hablar como fortalezas en vez de sociedades moldeadas por la migración. La nueva barrera de Chile muestra este cambio. No es solo una decisión de política pública, sino una nueva autoimagen para la sociedad: la nación como frontera, el Estado como escudo.

Y el escudo está pensado para ser visible. El gobierno dice que la barrera incluirá zanjas y cercas, patrulladas por militares, junto con vigilancia y otros obstáculos. No cubrirá toda la extensa frontera norte de Chile, solo cerca de la mitad, según el Ministerio del Interior. Pero en política, la cobertura total no siempre es el objetivo. A veces, basta con ser visto. Un gobierno no necesita bloquear todos los cruces para mostrar que la era de la permisividad ha terminado.

Ese mensaje llegará más allá de Arica y el Atacama. Le dice a los países vecinos que el nuevo gobierno chileno planea gobernar con mano dura. Muestra a la derecha latinoamericana que los despliegues fronterizos aún pueden movilizar emociones públicas. Y advierte a la izquierda regional que enfrenta una nueva confianza conservadora: una que admira abiertamente a Trump, menciona la dictadura sin pudor y ve la migración como una prueba de la voluntad nacional.

En ese sentido, la primera zanja en el desierto chileno es también una zanja en la política del continente. Marca el fin de una era del discurso latinoamericano y el inicio de otra más dura.

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