AMÉRICAS

Mujeres cubanas convierten las sanciones en el espejo público más duro de América Latina

Cientos de mujeres en La Habana se manifestaron contra el embargo energético de EE.UU., pero la escena dice mucho más que eso. Muestra cómo a las mujeres cubanas, y por extensión a muchas mujeres latinoamericanas, aún se les pide absorber la escasez, defender la dignidad y encarnar la resistencia nacional en público.

Cuando las mujeres cargan con la ira de la nación

Cientos de mujeres cubanas se reunieron el martes en La Habana para denunciar el embargo energético de EE.UU. y otras medidas impuestas por el presidente Donald Trump que, en el lenguaje de la protesta, están estrangulando a la isla. Las imágenes eran inconfundibles. Banderas cubanas en el aire. Carteles que decían “Abajo el bloqueo”. Fotografías de Fidel Castro y Vilma Espín sostenidas como memoria política portátil. La manifestación, organizada por la Federación de Mujeres Cubanas, tenía como objetivo honrar a Espín, fundadora del grupo, guerrillera y esposa de Raúl Castro. Pero el evento también reveló algo más grande y duradero sobre las mujeres en América Latina. Cuando la presión se intensifica sobre un país, a menudo son las mujeres quienes son empujadas al centro de atención para encarnar tanto el sufrimiento como la resistencia.

Eso es lo que le da fuerza a esta reunión. No fue solo una manifestación contra Washington. También fue una manifestación sobre quién sostiene el argumento moral de una nación cuando la vida cotidiana comienza a desmoronarse. La vice primera ministra Inés María Chapman y la viceministra de Relaciones Exteriores Josefina Vidal encabezaron la marcha junto con Mariela Castro, hija de Espín y del expresidente Raúl Castro. Las mujeres al frente no eran circunstanciales. Ellas eran el mensaje. El Estado, la línea revolucionaria y el rostro público de la resistencia se fusionaron en una sola escena.

Vidal dijo a The Associated Press que “esta política de abuso tiene que terminar”, y agregó que el pueblo cubano no merece lo que describió como el sistema de medidas coercitivas más completo, abarcador y prolongado jamás impuesto contra un país entero. Añadió que esto equivale a un castigo colectivo reconocido como tal por el derecho internacional. Dijo que no podían dejar de estar allí. La elección de palabras importa. Castigo colectivo no es solo una acusación diplomática. Es una descripción social. Significa que el castigo no se limita a líderes, ministerios o estructuras militares. Se derrama en cocinas, clínicas, autobuses y hogares.

Para las mujeres latinoamericanas, esa distinción es profundamente importante. La crisis descrita en el texto es nacional, pero sus efectos son íntimos. Cuba produce solo el cuarenta por ciento del combustible que consume. La escasez ha paralizado la isla, afectando su sistema de salud, el transporte público y la producción de bienes y servicios, mientras profundiza una crisis económica que ya lleva cinco años. Ahí es donde la política deja de ser abstracta. La escasez de energía se convierte en tiempo perdido, movilidad reducida, trabajo de cuidados más difícil, acceso más complicado a medicamentos, distribución de alimentos más frágil y rutinas cotidianas más agotadoras. Incluso sin romantizar el papel de las mujeres, el significado político es difícil de ignorar. Cuando los sistemas empiezan a fallar, a menudo se espera que sean las mujeres quienes mantengan la vida unida de todas formas.

Cientos de cubanos expresaron su rechazo a las sanciones impuestas por Estados Unidos. EFE/ Ernesto Mastrascusa

Una carga latinoamericana familiar

Lo que ocurrió en La Habana es cubano, pero no solo cubano. En toda América Latina, durante mucho tiempo se ha llamado a las mujeres a ocupar un espacio cívico difícil. Se les pide aparecer como conciencia, como sacrificio, como continuidad y como prueba de que la nación sigue siendo moralmente íntegra. A veces esa aparición es espontánea. A veces es organizada desde arriba. A menudo es ambas cosas. Aquí, la Federación de Mujeres Cubanas, una organización masiva con estrechos vínculos con el gobierno y el Partido Comunista, convocó la manifestación en un parque que lleva el nombre de un héroe independentista del siglo XIX. Esa elección de escenario no fue neutral. Colocó a las mujeres dentro de una historia nacional de liberación, soberanía y agravios históricos.

Ese simbolismo es poderoso, pero también plantea una pregunta más difícil. ¿Qué significa cuando las mujeres se convierten en el rostro más visible de una crisis cuyos costos diarios ya recaen en los hogares, hospitales, rutas de transporte y la economía en general? Significa que la carga se duplica. Las mujeres no solo viven la escasez. También se les pide narrarla públicamente y contenerla políticamente.

El texto fuente ofrece varias pistas sobre por qué este momento se siente tan agudo. A principios de enero, Estados Unidos atacó a Venezuela y arrestó a su entonces líder, interrumpiendo envíos críticos de petróleo a Cuba. Más tarde ese mes, Trump amenazó con imponer aranceles a cualquier país que venda o suministre petróleo a la isla. Luego vino la excepción parcial: un petrolero ruso con setecientos treinta mil barriles de crudo llegó a Cuba la semana pasada, el primer envío de petróleo a la isla en tres meses, y Rusia dijo que enviaría un segundo barco. El resultado es una sociedad obligada a funcionar dentro de un corredor inestable de escasez, diplomacia, amenazas y alivio temporal.

Ese es el tipo de inestabilidad que las mujeres en América Latina conocen demasiado bien, incluso cuando las circunstancias nacionales son diferentes. Es la inestabilidad de nunca estar seguras de si el próximo envío, el próximo cambio de política o la próxima negociación política restaurará la vida normal o simplemente prolongará la incertidumbre. En ese ambiente, a menudo se trata a las mujeres como el colchón humano entre el Estado y el colapso social.

El caso cubano lo hace visible porque las mujeres no están ocultas. Están marchando. Están hablando. Se las coloca en la línea de una fundadora como Espín, cuya imagen ayuda a conectar las dificultades actuales con un antiguo vocabulario revolucionario. Eso puede leerse como coreografía política, y sin duda lo es. Pero también puede leerse como una admisión. El Estado sabe que las mujeres aún cargan con una autoridad simbólica inigualable cuando el tema es la supervivencia nacional.

Cientos de cubanos expresaron su rechazo a las sanciones impuestas por Estados Unidos. EFE/ Ernesto Mastrascusa

Entre la resistencia y el instrumento

Por eso esta manifestación tiene un significado complicado para las mujeres latinoamericanas. No es una historia simple de empoderamiento ni de manipulación. Es algo más humano y más incómodo que eso.

Por un lado, las mujeres en La Habana están afirmando presencia política. No son un decorado pasivo en una crisis moldeada por hombres en palacios presidenciales y cancillerías. Están nombrando las sanciones, denunciando el embargo e insistiendo en que el castigo impuesto a Cuba ha cruzado un límite intolerable. Por otro lado, la escena también muestra cuán fácilmente los cuerpos, voces y legitimidad histórica de las mujeres son incorporados a los relatos estatales cuando la legitimidad misma está bajo presión.

Esa tensión no es un defecto en la historia. Es la historia. Las mujeres latinoamericanas a menudo han tenido que actuar políticamente dentro de estructuras que no les pertenecen del todo, mientras soportan consecuencias impuestas desde mucho más arriba de su posición. En La Habana, eso toma la forma de mujeres marchando bajo símbolos revolucionarios mientras una escasez de energía afecta el sistema de salud, el transporte y la producción de bienes y servicios. Son visibles en el nivel del discurso e indispensables en el nivel de la supervivencia.

La incertidumbre final en el texto profundiza esa sensación. Trump ha presionado por un cambio de régimen en Cuba y ha amenazado con tomar la isla. Al mismo tiempo, el secretario de Estado Marco Rubio ha exigido la liberación de presos políticos y reformas económicas liberales. Al mismo tiempo, los gobiernos de EE.UU. y Cuba han confirmado que mantienen conversaciones, aunque el alcance de esas conversaciones sigue siendo incierto. Así que las mujeres en La Habana están manifestándose en un panorama político que no está resuelto ni es estable, y que ni siquiera es completamente legible para quienes lo viven.

Eso es lo que esto significa para las mujeres latinoamericanas en el sentido más claro. Significa que siguen siendo las primeras testigos de la crisis y el lenguaje público más confiable a través del cual las naciones se explican su dolor. En Cuba, como en gran parte de la región, aún se les pide a las mujeres convertir la resistencia en ceremonia. La tragedia es que saben cómo hacerlo. La advertencia es que se les pide hacerlo con demasiada frecuencia.

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