Reaparecen voces de la oposición venezolana mientras el miedo se afloja bajo la sombra de Washington
En Caracas, un exgobernador barbudo se graba frente a una prisión notoria y dice en voz alta lo que antes se callaba. Tras la destitución de Maduro por parte de EE.UU., los críticos vuelven a probar los límites de la palabra, mientras una promesa de amnistía plantea una pregunta más compleja: ¿quién controla lo que viene después?
Afuera del Helicoide, un hombre arriesga su nombre otra vez
La espiral del Helicoide se asienta en la capital como un edificio que nunca dejó de escuchar. En la calle, Andrés Velásquez sostiene un teléfono y se graba con la cautela que se nota en los hombros de una persona. Su barba es nueva, lo suficientemente tupida como para cambiar la forma en que su rostro se ve en cámara, y ese detalle importa porque el tono de este momento es reconocimiento y riesgo. Está afuera del lugar que ha perseguido a los opositores durante años, y pide algo que antes podía considerarse una provocación: la liberación de los presos políticos, de todos ellos.
“Debemos desmantelar todo el aparato represivo en manos del Estado”, dijo Velásquez en el video. “¡Venezuela será libre!”
El problema no es que los venezolanos de repente hayan olvidado el miedo. El problema es que el miedo se ha vuelto un hecho administrativo cotidiano, de esos que uno planea como el tráfico o los cortes de luz, y ahora la gente intenta vivir sin él mientras el Estado sigue en las mismas manos, resaltando las barreras persistentes y la resiliencia necesaria para enfrentarlas.
Velásquez no se quedó para convertirse en otro crítico del gobierno encarcelado tras las elecciones presidenciales de 2024. Las notas dicen que recorrió el país haciendo campaña por el oponente de Nicolás Maduro en esa contienda disputada, luego se dejó crecer una barba espesa, envió a sus hijos al exilio y evitó eventos públicos que pudieran exponerlo a un arresto. Así se ve la supervivencia privada en términos políticos. Reduces tu vida pública en pedazos cada vez más pequeños hasta que puedes pasar por una persona común.
Después del derrocamiento de Maduro por parte de EE.UU., comenzó a hablar de nuevo. Primero en un video el 19 de enero apoyando la salida de Maduro mientras pedía nuevas elecciones, y luego días después afuera del Helicoide. Es el mismo acto dos veces, en tonos ligeramente diferentes. Decir que el país necesita elecciones. Decir que las cárceles deben abrirse y decirlo donde la gente pueda verlo.
Las notas describen a críticos prominentes saliendo de la clandestinidad para probar los límites de la palabra tras años de silencio, inspirando esperanza y resiliencia en la audiencia. Familias de activistas encarcelados protestan afuera de las prisiones. Personas liberadas bajo el nuevo clima desafían órdenes de silencio que usualmente se imponen como condición para su liberación. Medios de comunicación reabren sus espacios a voces desterradas en los últimos años. No es un desfile. Es más bien una reocupación cautelosa del espacio público, un pequeño acto a la vez.

Una pequeña apertura, con una gran mano en la puerta
Velásquez comparó lo que está ocurriendo con la glasnost, la política de apertura de la era soviética que precedió al colapso, pero esta apertura está fuertemente influenciada por actores externos como la administración Trump, que según las notas ha utilizado incentivos financieros y amenazas de ataques militares adicionales para cumplir la promesa del presidente de ‘dirigir’ Venezuela desde Washington.
La apuesta aquí es que el relajamiento de la represión podría conducir a una verdadera apertura cívica. El temor es que el relajamiento de la represión sea simplemente táctico. El objetivo final de las maniobras de la administración Trump aún se desconoce, dicen las notas, incluso cuando la Casa Blanca ha elogiado la disposición de la presidenta interina Delcy Rodríguez de asociarse con EE.UU. para abrir las reservas petroleras de Venezuela, combatir redes criminales y frenar la influencia de Irán y Rusia. Los opositores temen que las elecciones y la restauración de la democracia puedan retrasarse indefinidamente.
La semana pasada, Rodríguez, una aliada de Maduro desde hace mucho tiempo, anunció planes para una amnistía general que podría llevar a la liberación de cientos de líderes opositores, periodistas y activistas de derechos humanos detenidos por razones políticas. También anunció el cierre del Helicoide, prometiendo transformar el edificio en un complejo deportivo y cultural para policías y residentes de los barrios de los cerros circundantes.
“Que esta ley sirva para sanar las heridas que dejó la confrontación política alimentada por la violencia y el extremismo”, dijo Rodríguez en el evento, según contó a AP.
Esas son las palabras. En la práctica, las preguntas son procedimentales y directas. ¿Quién decide quién cuenta como político? ¿Quién decide quién es perdonado? ¿Quién decide qué se olvida? Cuando el Estado ofrece amnistía sin un cambio creíble en las instituciones que llevaron a cabo la represión, puede interpretarse como misericordia y como palanca al mismo tiempo, subrayando la necesidad de una reforma genuina para construir confianza y esperanza.
Pedro Vaca, el principal experto en libertad de expresión de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, dijo que los gestos no son suficientes sin un poder judicial y fuerzas del orden independientes.
“El espacio cívico en Venezuela sigue siendo un desierto”, dijo Vaca, según contó a AP. “Las pocas voces críticas que emergen son semillas que rompen un suelo endurecido, sobreviviendo no porque exista libertad, sino porque la represión se ha aflojado aunque sigue presente. Seamos claros: esto no marca un punto de inflexión democrático.”
Esa es la versión sobria de la escena afuera del Helicoide. Un hombre habla, una multitud se reúne, una cámara graba. Y en algún lugar detrás de escena, las estructuras que antes castigaban la palabra siguen intactas.

Las ondas se abren mientras regresan viejos reflejos
Las notas rastrean cómo la autocensura se profundizó tras las elecciones de julio de 2024, cuando Maduro lanzó una ola de represión marcada por miles de detenciones arbitrarias al desconocer pruebas que mostraban que había perdido ante el candidato opositor Edmundo González por más de dos a uno. Los disidentes se ocultaron. Los medios independientes suavizaron aún más su cobertura ya cautelosa por temor a ser desconectados.
Ahora, los medios vuelven a moverse.
Venevisión ha reabierto sus espacios a voces antigubernamentales y ha estado cubriendo los movimientos de la líder opositora María Corina Machado en Washington desde la captura de Maduro. Globovisión invitó de nuevo al comentarista Vladimir Villegas por primera vez en años. Villegas era conocido por navegar el espacio restringido manteniendo fuera de su programa a los opositores más duros. El programa fue cancelado abruptamente en 2020 después de que criticó a Maduro por obligar a DirecTV a transmitir la TV estatal en violación de las sanciones estadounidenses, una medida que llevó a DirecTV a abandonar el país junto con su oferta de noticias internacionales. En otras palabras, la política mediática se volvió una molestia doméstica. Una decisión política, sentida como canales que faltan, ventanas que faltan.
Rodríguez no ha promovido un debate público significativo más allá de anunciar una comisión asesora sobre convivencia política que será presidida por el hermano de Villegas, el ministro de Cultura Ernesto Villegas. Y ya algunos aliados parecen decididos a silenciar las críticas. Las autoridades aún no han restablecido el acceso completo a X, que Maduro bloqueó después de que Elon Musk lo acusara de robarse las elecciones de 2024.
Cuando Venevisión cubrió la reunión de Machado con el secretario de Estado Marco Rubio, el ministro del Interior Diosdado Cabello acusó a los medios de ser parte de un complot de la ganadora del Nobel para sembrar el caos. “Sin atención mediática, su notoriedad se desvanece. Sin titulares, desaparece”, advirtió Cabello en la TV estatal, según reportan las notas.
Sin embargo, incluso la TV estatal muestra grietas. Las notas describen a Rodríguez recorriendo un campus universitario en Caracas y siendo confrontada por un pequeño grupo de estudiantes manifestantes. La TV estatal no mencionó las demandas, pero transmitió la escena de Rodríguez alejándose calmadamente de su equipo de seguridad para “intercambiar ideas” con lo que el canal llamó activistas de “partidos extremistas”. Unas semanas antes, dicen las notas, ese tipo de fricción televisada habría sido impensable bajo Maduro.
Velásquez, en una entrevista, dijo que seguirá empujando los límites aunque con cautela porque el aparato represivo sigue bajo el control de Rodríguez y sus aliados. “Debemos seguir recuperando el terreno perdido, desafiando al poder. Se ha abierto una oportunidad y no podemos dejar que se cierre de nuevo”, dijo, según contó a AP. “Pero el mayor obstáculo que debemos superar es el miedo.”
En las próximas semanas, espera organizar un evento público con otros opositores que recientemente salieron de la clandestinidad, incluida Delsa Solórzano, quien reapareció en una rara rueda de prensa y describió vivir en la clandestinidad sin ver la luz del sol. “No me escondí porque cometí algún delito, sino porque aquí luchar por la libertad se volvió un riesgo extremadamente alto para tu vida, tu libertad y tu seguridad”, dijo, según contó a AP.
Y luego está la presión desde abajo, de quienes pagaron el costo directamente. El periodista y activista político Carlos Julio Rojas pasó 638 días en prisión, según contó, describiendo esposas, negación de la luz solar y encierro en una celda diminuta sin cama. Liberado el mes pasado, dijo que le ordenaron no hablar nunca del abuso. “Para mí, no hablar significaba que seguía sintiéndome preso. No hablar era una forma de tortura”, dijo Rojas, según contó a AP. “Así que hoy decidí quitarme la mordaza y hablar.”
Lo que queda es lo rápido que el silencio pasa de ser protección a convertirse en una jaula. Lo que queda es la idea de que un país puede volver a abrir la boca mientras aún saborea el miedo que la cerró.
Adaptado del reporte original de The Associated Press.
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