ANÁLISIS

Colombia y Ecuador: aranceles convierten los puertos fronterizos en el verdadero campo de batalla

Un arancel de seguridad del 30 por ciento ha sacudido el comercio, la electricidad y la confianza en la frontera entre Colombia y Ecuador. En Rumichaca, un paso tranquilo insinúa lo que está en juego: control conjunto de puertos, rutas cambiantes de la cocaína y presidentes que convierten la seguridad en un castigo económico para todos.

En Rumichaca, el silencio se siente como política

En el Puente Internacional de Rumichaca, la principal arteria entre Ecuador y Colombia, los medios locales describieron un silencio inusual, casi inquietante. Es el silencio que te hace notar lo que normalmente se pierde en el movimiento. El espacio donde los motores esperan. La pausa donde los papeles cambian de manos. Los pequeños rituales de una frontera que suele vivir de la rutina.

Un detalle sensorial destaca en esa descripción, porque es tan básico: quietud. Y con ello, una observación cotidiana que resulta casi inevitable una vez que llamas arteria a Rumichaca. Las arterias no deberían sentirse silenciosas.

El problema es que este silencio no es solo un estado de ánimo. Es el sonido de una ruptura diplomática que se endurece en algo más práctico y más castigador: una guerra comercial y energética entre vecinos cuya geografía compartida los arrastra una y otra vez al mismo argumento, incluso cuando cambian los presidentes y los eslóganes.

Esta vez, la chispa fue económica, y llegó con la contundencia de un porcentaje. El presidente ecuatoriano Daniel Noboa anunció que a partir del 1 de febrero se aplicaría un arancel del 30 por ciento a las importaciones provenientes de Colombia, presentado como un “arancel de seguridad” y justificado como respuesta a lo que llamó falta de reciprocidad y de acción firme en la lucha contra el narcotráfico en la frontera. Según él, la evidencia apunta a una maquinaria regional de narcotráfico operando desde territorios vecinos.

Colombia respondió rápidamente. Bogotá anunció un gravamen equivalente del 30 por ciento a los productos ecuatorianos y suspendió la venta de electricidad a su vecino del sur. En la misma semana, Ecuador también aumentó la tarifa de transporte para el crudo colombiano que circula por el sistema de oleoductos Sote, de $3 a $30, presentado como una forma de reciprocidad por la suspensión de ventas de energía.

Aranceles. Kilovatios. Tarifas de oleoducto. No son armas abstractas, aunque los líderes las describan en el lenguaje pulcro de la política. Afectan la vida cotidiana de inmediato: un cambio de precio. Un envío que espera. Una red eléctrica que se vuelve más frágil.

Y luego, inevitablemente, la disputa regresa al lugar donde ambos gobiernos insisten en que debe estar la verdadera lucha: la frontera, los puertos, las rutas.

El presidente colombiano Gustavo Petro (i) y su homólogo ecuatoriano Daniel Noboa durante su encuentro este sábado en las Islas Galápagos, Ecuador. Presidencia de Colombia

Puertos, rutas y la apuesta por el control

El presidente Gustavo Petro, hablando el sábado, dijo estar dispuesto a reunirse con Noboa para discutir una lucha conjunta contra el narcotráfico, e intentó acotar el argumento a un punto específico de la agenda. Cuando Ecuador quiera, escribió, pueden reunirse, pero el primer punto que quiere examinar es el desarrollo de una política compartida para el control de los puertos marítimos. Lo presentó como un límite básico de soberanía y decencia: los puertos navales de Ecuador y Colombia no son para exportar cocaína, ni para el contrabando de insumos para fentanilo.

Esto desplaza la conversación lejos de la ofensa implícita en un arancel y la acerca a la maquinaria que hace funcionar la economía de la droga. Los puertos son logística. Los puertos son papeleo. Los puertos son contenedores y protocolos de inspección, y las vulnerabilidades silenciosas que los grupos criminales estudian con más paciencia que cualquier político.

Petro también argumentó que las rutas de la cocaína se han desplazado. Según su relato, las rutas que antes usaban los puertos del Pacífico colombiano se han movido hacia Ecuador. Ese cambio trae un peligroso contrapunto: la entrada y el transporte hacia el norte de contrabando que describió como más peligroso que la cocaína, vinculado a insumos para el fentanilo. Llamó a un control estricto sobre esos insumos que ingresan por los puertos del Pacífico.

Insistió en que no ha relajado la presión en la lucha antinarcóticos, y señaló incautaciones coordinadas con Ecuador como prueba. Según datos del gobierno colombiano, las incautaciones conjuntas de cocaína con Ecuador pasaron de 86.786 kilos en 2023 a 132.354 en 2024, y luego a 195.862 en 2025. También recordó haber asistido a la inauguración de un nuevo centro de coordinación de inteligencia en Manaos, y dijo que Ecuador aceptó una política de mayor acción antimafia allí. La reunión a la que hizo referencia tuvo lugar el 9 de septiembre en la ciudad brasileña, en relación con la apertura del Centro de Cooperación Policial Internacional Amazónico.

Cifras como esas buscan zanjar el argumento. Rara vez lo logran.

Porque del lado ecuatoriano, Noboa apuesta por algo diferente. Apuesta a que la indignación pública por la violencia exige acciones visibles, y que, en este momento, la acción visible significa presionar a Colombia. En una entrevista publicada en el diario Metro, dijo que las salvaguardias impuestas a Colombia no son un ataque a un país hermano. Dijo que el abandono de la frontera permitió la expansión del narcotráfico, y que la medida se alinea con la política de seguridad nacional para fortalecer la frontera. La ciudadanía exige acción, dijo, y el gobierno está actuando.

También personalizó la disputa de una manera familiar en la región, donde la línea entre política de seguridad y teatro político puede difuminarse rápidamente. Noboa dijo que para Ecuador, la lucha ha sido implacable, y señaló la captura de personas identificadas como alias Pipo, Fénix y Viche, asegurando que están tras las rejas, todos con identidad colombiana y vínculos en ese país. Dijo que Adolfo Macías Villamar, conocido como alias Fito, ahora extraditado a Estados Unidos, solía entrar y salir del país vecino desde donde controlaba redes criminales que operaban en Ecuador. Cerró con una frase desafiante: quisieron replicar un negocio que ya funcionaba allá, pero con Ecuador se equivocaron.

Es difícil no notar lo que ambos líderes están haciendo. Ambos intentan ubicar el problema al otro lado de la frontera. Ambos insisten en que la maquinaria del narcotráfico es regional, pero cada uno enfatiza la debilidad del vecino. En América Latina, ese es un reflejo político conocido. Cuando el Estado no puede controlar plenamente la violencia, suele recurrir a una historia de origen externo.

Mientras tanto, ambos países comparten una frontera terrestre de 586 kilómetros donde operan narcotraficantes, junto a grupos guerrilleros, y ambos tienen puertos en el Pacífico que las mafias usan para enviar drogas hacia Estados Unidos y Europa. La estructura del problema es más grande que cualquiera de los presidentes. Pero los presidentes marcan el tono, y el tono ahora es punitivo.

El Puente Internacional de Rumichaca, en Tulcán, Ecuador. EFE / Xavier Montalvo.

Una crisis conocida con la política invertida

Para entender por qué esto escaló tan rápido, hay que notar el eco. Las notas remiten al 1 de marzo de 2008, cuando el ejército colombiano, bajo el presidente Álvaro Uribe, bombardeó un campamento de las FARC dentro del territorio ecuatoriano y mató al comandante Raúl Reyes. El presidente ecuatoriano Rafael Correa rompió relaciones, denunciando una violación de la soberanía.

Dieciocho años después, los polos ideológicos se han invertido. Entonces, Colombia era gobernada por la derecha y Ecuador por la izquierda. Hoy, Colombia tiene a su primer presidente de izquierda con Petro, y el conservador Noboa lidera Ecuador. Sin embargo, los factores estructurales descritos en las notas siguen siendo tercamente consistentes: una frontera definida por la cocaína, una relación vulnerable a cálculos políticos personales y una región presionada por las ambiciones geopolíticas de Estados Unidos.

Las notas ponen la sombra de EE. UU. a la vista. En 2008, la confianza de Uribe se reforzaba con el apoyo de Washington a través del Plan Colombia, y EE. UU. respaldó a Bogotá frente a las quejas de soberanía de Quito. Hoy, las notas describen una “Doctrina Trump” que presiona a Petro mientras respalda a Ecuador, y retratan a Washington como generalmente cercano a Noboa y frío con Petro. EE. UU., en ese relato, se convierte en un comodín, y la frontera en una herramienta de presión.

También está el desequilibrio económico que hace desigual la guerra arancelaria. Las notas sostienen que la relación comercial importa más para la economía ecuatoriana que para la colombiana, y subrayan la dolarización de Ecuador como una vulnerabilidad porque la devaluación no es una opción para absorber los choques. También señalan otra asimetría: la dependencia de Ecuador de las exportaciones eléctricas de Colombia durante las sequías, que pueden representar hasta el 10% de su energía durante los meses secos entre septiembre y marzo.

Así que las armas aquí no son simbólicas. Son cotidianas.

La apuesta aquí es que la presión producirá cooperación. Que un arancel forzará seriedad. Que un corte de electricidad disciplinará. Pero el efecto más plausible es el que advierten las notas: ambas economías reciben golpes, la gente común los absorbe y los grupos criminales en el centro del conflicto se benefician de cualquier quiebre en la coordinación.

En Rumichaca, el silencio es una pista. Sugiere que el argumento ya ha ido más allá de los discursos. Ha entrado en la memoria muscular de la frontera.

Y esa es la frase que permanece, porque suena menos a estrategia que a experiencia: en una pelea por el narcotráfico, la primera víctima suele ser el comercio ordinario.

Ahora se habla de reuniones. Petro propuso una agenda bilateral. Se mencionó como posibilidad para la próxima semana un encuentro entre las cancilleres, Rosa Villavicencio por Colombia y Gabriela Sommerfeld por Ecuador, con el objetivo de buscar salidas a la guerra arancelaria. Mientras tanto, cada parte insiste en que actúa responsablemente, que no ataca, sino que simplemente se defiende.

Esa repetición también es parte del lenguaje político de la región. No es un ataque, dice un lado. No es una retirada, dice el otro. No para la cocaína, no para el contrabando, dice Petro, convirtiendo los puertos en terreno moral.

Pero el puente no habla en discursos. Se expresa en movimiento, o en su ausencia.

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