CIENCIA Y TECNOLOGÍA

Argentina enfrenta un misterio por la muerte de ballenas donde los gigantes del océano de la Patagonia comienzan su vida

Cientos de ballenas francas australes han muerto a lo largo de la costa patagónica argentina, generando preocupación en una zona crucial para su reproducción. Mientras los científicos investigan una posible infección bacteriana, una marcada disminución en el número de ballenas plantea preguntas urgentes sobre la supervivencia de las crías, aunque todavía no se ha confirmado un colapso de la población.

Una zona de crianza bajo investigación

Llegan para aparearse, dar a luz y permanecer cerca de sus crías. Frente a Chubut, las ballenas francas australes convierten las aguas alrededor de la Península Valdés y Puerto Madryn en una zona de crianza estacional entre junio y noviembre. Este año, la costa también se ha convertido en un lugar donde los científicos deben contabilizar a las que han muerto.

EFE informa de cientos de muertes en los últimos meses, con las crías especialmente afectadas. Las autoridades provinciales y los equipos de investigación están estudiando las pérdidas. La ubicación las hace especialmente relevantes: no se trata simplemente de un tramo de océano por el que las ballenas pasan, sino de un lugar donde comienza la siguiente generación.

Una cría normalmente permanece con su madre durante su primer año. Por ello, la relación que hay detrás de cada registro del censo es prolongada y exigente. Una muerte en estas aguas no representa simplemente un animal menos en un conteo; es una vida que termina prematuramente dentro del hábitat donde esa dependencia debería mantenerse.

“Esta zona forma parte del corazón de su hábitat crítico”, declaró a EFE Matías Arrigazzi, especialista en biodiversidad de Greenpeace Argentina. Describió unas aguas esenciales para el apareamiento, la crianza de las crías y las interacciones entre las madres y sus crías.

Los investigadores están examinando una posible infección bacteriana. En un comunicado reportado por EFE, las autoridades señalaron que una bacteria comúnmente presente en el agua de mar podría provocar enfermedades sistémicas en las crías. También indicaron que no habían identificado pruebas que relacionaran las muertes registradas con la actividad humana.

Esos son hallazgos preliminares, no una explicación definitiva. Un posible patógeno todavía no constituye una causa demostrada del evento de mortalidad más amplio. Del mismo modo, la ausencia de pruebas identificadas de participación humana no debe convertirse en la afirmación de que toda influencia ambiental ha quedado descartada.

Ballena franca austral (Eubalaena australis). EFE/Nic Bothma.

Las cifras necesitan un denominador

El primer censo de septiembre de la temporada 2026 contabilizó 1.375 ballenas, incluidas 409 crías, según Cesimar-Conicet, el Centro para el Estudio de Sistemas Marinos. En 2025, el conteo alcanzó un récord de 2.110 ballenas, con aproximadamente 800 crías.

Sobre el papel, eso representa 735 ballenas menos, una disminución del 34,8 %. El número de crías se redujo en aproximadamente 391, o un 48,9 %. Las crías representaban cerca del 37,9 % del conteo anterior, frente al 29,7 % de este año, una diferencia de aproximadamente ocho puntos porcentuales.

Por lo tanto, las crías representan poco más de la mitad de la diferencia numérica entre ambos conteos, a pesar de constituir considerablemente menos de la mitad de cualquiera de los dos totales. Esto hace que las cifras de las crías sean especialmente importantes de examinar. No explica por qué cambiaron.

Lo más importante es que 735 ballenas menos contabilizadas no significa que hayan muerto 735 ballenas. Tampoco la diferencia de aproximadamente 391 crías establece una cifra de mortalidad de crías. Un censo registra los animales presentes y detectados durante un estudio. La mortalidad mide las muertes dentro de una población y un periodo definidos.

La comparación también enfrenta un primer censo de la temporada con un año récord. Sin fechas de estudio, cobertura y métodos de conteo comparables, los porcentajes describen las observaciones reportadas, no una tendencia poblacional demostrada. Los patrones de llegada y partida podrían afectar una fotografía momentánea de la población; estas cifras por sí solas no pueden establecer si lo hicieron.

Tampoco los investigadores pueden calcular una tasa confiable de mortalidad de crías tratando las 409 observadas como si fueran todas las que nacieron durante la temporada. El denominador pertinente requeriría una estimación de los nacimientos o de las crías en riesgo durante el mismo periodo en que ocurrieron las muertes. Esa cifra no se proporciona.

Esto no es una cuestión de precisión estadística excesiva. Confundir un conteo incompleto con una tasa de mortalidad podría exagerar el daño o, por el contrario, ocultarlo.

Ballena franca austral (Eubalaena australis). EFE/Nic Bothma.

La memoria de estas aguas

La preocupación no comenzó este año. Los datos presentados ante el Comité Científico de la Comisión Ballenera Internacional registraron 482 ballenas francas australes muertas en la Península Valdés entre 2003 y 2011, y las crías representaron la gran mayoría. Ese antecedente demuestra una vulnerabilidad recurrente, no un diagnóstico para 2026.

Investigaciones anteriores consideraron la disponibilidad de alimento, las algas tóxicas y los ataques de gaviotas cocineras. Esas posibilidades pertenecen a investigaciones anteriores, no a una explicación confirmada de las muertes actuales. Pérdidas similares en el mismo lugar no necesariamente tienen la misma causa.

Las ballenas también cargan con una historia más extensa. La caza comercial llevó a la especie cerca de la extinción. Argentina declaró a la ballena franca austral Monumento Natural Nacional en 1984. Su presencia sustenta la observación de ballenas alrededor de Puerto Madryn y la Península Valdés.

Aquí, una ballena viva representa más que una cifra en un registro de conservación. Forma parte de la economía turística y de la identidad pública de la región. Esa conexión convierte la supervivencia de las crías en una preocupación local sin reducir el futuro de un animal al precio de observarlo.

Las hembras suelen regresar a las zonas de crianza con intervalos de alrededor de tres años, y su vínculo maternal con esos lugares es fuerte. Esa fidelidad significa que estas bahías no son espacios intercambiables. Son el punto de continuidad entre la migración de una generación y la siguiente.

Arrigazzi declaró a EFE que proteger la calidad del medio marino era la mejor garantía para el futuro de la especie. Su argumento no resuelve la hipótesis bacteriana. Explica por qué un evento de mortalidad aquí importa más allá de los cuerpos que ya han sido recuperados.

El censo puede decirle a Argentina cuántas ballenas fueron observadas. La investigación debe establecer por qué murieron tantas. Entre ambas tareas se encuentra el futuro de una zona de crianza donde la llegada ha llevado durante mucho tiempo la promesa de un nuevo comienzo.

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