Cuba ofrece diálogo mientras la presión petrolera de EE. UU. lleva las relaciones al límite
En una sala donde cada adjetivo puede convertirse en un incidente diplomático, Cuba dice estar abierta a un diálogo ‘significativo’ con Estados Unidos, mostrando una verdadera disposición a entablar conversaciones, pero rechazando cualquier discusión sobre cambiar su sistema. La renovada presión de Washington, ligada al petróleo, convierte un viejo enfrentamiento en una prueba inmediata.
Una conversación que comienza con un límite
La microescena no es una mesa de cumbre ni un corte de cinta. Es algo más pequeño, casi administrativo, el tipo de momento que revela cómo realmente se hace la política exterior. Un alto diplomático cubano elige sus verbos, hace una pausa, y luego los vuelve a elegir, porque el problema es que la primera frase marca los límites de todo lo que sigue. El aire se siente acondicionado y quieto. El papel está ordenado en pilas prolijas. En algún lugar cercano, un teléfono espera el siguiente mensaje.
Ese es el ambiente en el que el viceministro de Relaciones Exteriores de Cuba, Carlos Fernández de Cossío, esbozó lo que La Habana dice que quiere y lo que dice que no aceptará. Cuba está lista para un diálogo “significativo” con Estados Unidos, pero no para negociaciones sobre su modelo político, lo que subraya su resiliencia y claridad en la defensa de sus principios fundamentales.
“No estamos listos para discutir nuestro sistema constitucional, así como suponemos que Estados Unidos no está listo para discutir su sistema constitucional, su sistema político, su realidad económica”, dijo a EFE.
En una sola línea, intentó hacer la relación simétrica: cada país, en su propio marco, considera su sistema como no negociable. La apuesta aquí es que la simetría, incluso la simetría retórica, puede mantener vivo el diálogo cuando el poder es desigual. Pero también señala lo estrecho de la pista de aterrizaje. Si la demanda inicial de Washington es la transformación política, y la respuesta inicial de La Habana es que el sistema no está en discusión, entonces los siguientes pasos se reducen a mecánica, mensajes y presión.
Fernández de Cossío dijo que los países aún no han establecido “un diálogo bilateral”. Sin embargo, han tenido “algunos intercambios de mensajes”, como contactos no oficiales o comunicaciones por canales alternos, vinculados a los niveles más altos del gobierno cubano. Ese detalle importa porque insinúa un canal que existe sin ser nombrado, el tipo de contacto que puede ampliarse rápidamente o cortarse de inmediato, según la temperatura de la semana.
El presidente cubano Miguel Díaz-Canel reiteró la idea central el jueves, diciendo que el diálogo bajo presión es imposible. Fue una declaración directa, no una jugada de negociación. El punto no era tanto cerrar una puerta como describir el estado de la sala: si la conversación se da con una mano en la manija, no se siente como una conversación.

La presión petrolera convierte la diplomacia en aritmética diaria
El telón de fondo de todo esto no es abstracto. Es combustible, y por lo tanto electricidad, transporte y la aritmética básica de un país que, en estas notas, se describe como encaminándose a una situación extrema tras perder el petróleo venezolano.
Días antes de que hablara Fernández de Cossío, el secretario de Estado de EE. UU., Marco Rubio, dijo que a Estados Unidos le “encantaría ver” un cambio de régimen en Cuba, aunque no necesariamente actuaría para lograrlo. Fue una de esas frases que pesan incluso cuando llegan como preferencia y no como plan, porque la preferencia puede convertirse en política con una sola firma.
Al mismo tiempo, la administración Trump ha intensificado la presión tratando de cortar los envíos de petróleo a la isla. Estados Unidos ya interrumpió el suministro de petróleo venezolano a Cuba tras la destitución del presidente de ese país, y las notas sitúan la nueva escalada inmediatamente después. En enero de 2026, tras la captura del presidente venezolano Nicolás Maduro, el flujo de petróleo venezolano a Cuba cesó de inmediato. Trump advirtió a La Habana que estaba “a punto de caer”, y semanas después, la Casa Blanca firmó una orden ejecutiva amenazando con aranceles a los países que vendan o suministren crudo directa o indirectamente a La Habana.
La justificación declarada de la administración es amplia, calificando a La Habana de “amenaza extraordinaria” porque se alinea con “países hostiles y actores malignos”, y alberga sus capacidades militares y de inteligencia. Lo que esto hace es alejar la disputa de la cuestión puntual de la energía y llevarla al lenguaje más amplio de la seguridad nacional, donde el compromiso se vuelve más difícil de vender y más complicado de escenificar.
Las notas, en español, describen el momento actual como el más tenso en décadas, resaltando la gravedad de la situación. Las relaciones entre La Habana y Washington, enemigas desde el triunfo de la revolución cubana en 1959, viven su periodo más tenso en una generación. El clima de agudeza se intensificó tras la captura de Maduro, y la vulnerabilidad de la isla se profundizó cuando se detuvo el petróleo.
Por eso la oferta cubana de diálogo va acompañada, casi de inmediato, de la negativa a debatir el diseño del régimen. La Habana señala que está dispuesta a hablar, pero solo en un terreno donde cree que puede sobrevivir a la conversación. Washington señala que está dispuesto a endurecer las restricciones materiales para forzar resultados políticos. Las dos señales no coinciden. Se cruzan.
Una frase memorable se repite al leer estas notas: “La historia no es un telón de fondo aquí; es una palanca.”

Una larga historia que sigue apareciendo en presente
La cronología incrustada en las notas se lee como una biografía condensada de una enemistad, con momentos de ruptura que nunca terminan del todo y momentos de deshielo que nunca se asientan por completo.
En enero de 1959, la rebelión armada de Fidel Castro derrocó a Fulgencio Batista, quien huyó de Cuba. Washington reconoció al nuevo gobierno revolucionario, pero los choques siguieron a las reformas y la expropiación de empresas estadounidenses. En marzo de 1960, el barco de carga francés La Coubre explotó en el puerto de La Habana, matando a unas 100 personas, y Castro culpó a Estados Unidos, usando por primera vez el lema “Patria o muerte”. Para octubre de 1960, el presidente Dwight Eisenhower prohibió las exportaciones a Cuba, la semilla del embargo. En enero de 1961, Estados Unidos rompió relaciones diplomáticas y cerró su embajada en La Habana. En abril de 1961, una brigada de exiliados cubanos entrenada por la CIA desembarcó en Playa Girón para derrocar a Castro y fracasó. En febrero de 1962, el presidente John F. Kennedy firmó la orden ejecutiva que estableció el embargo. En octubre de 1962, el mundo estuvo al borde de la guerra nuclear cuando Estados Unidos descubrió misiles soviéticos en Cuba, crisis que terminó tras 13 días cuando Nikita Jrushchov retiró los misiles a cambio de movimientos estadounidenses en Turquía.
Luego vienen los capítulos posteriores, donde violencia, migración y leyes se entrelazan. En octubre de 1976, el vuelo 455 de Cubana de Aviación explotó cerca de Barbados, matando a 73 personas. Bajo Jimmy Carter, en septiembre de 1977, hubo un breve deshielo y se abrieron secciones de intereses en Washington y La Habana. En abril de 1980, tras la toma de la embajada de Perú en La Habana por un grupo de cubanos que buscaban asilo, Castro abrió el Mariel y casi 125,000 personas partieron hacia Florida. En 1992 y 1996, Estados Unidos endureció las sanciones con la Ley Torricelli y la Ley Helms-Burton, reforzando la arquitectura legal del embargo. En agosto de 1994, tras una protesta en el malecón habanero, Cuba permitió otra salida masiva, lo que llevó a acuerdos bilaterales en los que Washington se comprometió a 20,000 visas anuales y estableció la política de “pies secos, pies mojados”. En 1996, Cuba derribó dos avionetas de Hermanos al Rescate en aguas internacionales, matando a cuatro personas. En septiembre de 1997, explosiones en hoteles sacudieron Cuba, luego vinculadas a grupos de exiliados en Florida a través de investigaciones y una entrevista en The New York Times con Luis Posada Carriles. En 1998, Cuba infiltró espías en Florida y el FBI arrestó a 10 personas, de las cuales cinco recibieron largas condenas, mientras Cuba decía que la red avispa buscaba prevenir el terrorismo. En 1999, la disputa por la custodia de Elián González se convirtió en símbolo político y otro choque.
Hubo otro deshielo formal en diciembre de 2014, cuando Barack Obama y Raúl Castro anunciaron la normalización, intercambiaron prisioneros, incluidos Alan Gross y miembros de la red Avispa, y restablecieron la comunicación directa, seguida de la reapertura de embajadas en julio de 2015. Para agosto de 2017, Donald Trump endureció las restricciones tras informes de supuestos ataques sónicos contra personal diplomático estadounidense. En enero de 2021, Trump volvió a incluir a Cuba en la lista de países patrocinadores del terrorismo al final de su primer mandato. Las notas dicen que Joe Biden retiró brevemente a Cuba de la lista, pero Trump, ya en su segundo mandato, la reincorporó.
Esa es la herencia detrás de la frase cuidadosa de Fernández de Cossío y la negativa tajante de Díaz-Canel a negociar bajo presión. También es la razón por la que las últimas medidas centradas en el petróleo llegan con tanta fuerza. Tocan la línea de suministro de un país y también su memoria, entrenada durante décadas para leer la presión como preludio.
Así que la pregunta no es si Cuba y Estados Unidos pueden hablar entre sí. Ya están intercambiando mensajes. La pregunta es si alguna de las partes tratará el diálogo como una herramienta de convivencia o como un corredor hacia la rendición. En estas notas, ambos gobiernos te dicen, de diferentes maneras, que creen que ya conocen la respuesta.
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