ECONOMÍA

La cosecha de café en Panamá depende de manos indígenas y de una mano de obra que desaparece

En las tierras altas del oeste de Panamá, el café más preciado comienza con una rutina de recolección manual. Familias Ngäbe Buglé llegan para la cosecha, persiguiendo salarios y tradición. Pero productores y autoridades advierten que la mano de obra se está reduciendo, amenazando la recolección de septiembre que mantiene vivas las fincas.

El paladar de un juez, el pasado de un recolector

Las montañas del oeste de Panamá producen uno de los cafés más codiciados del mundo, pero el primer hecho que se encuentra allí no es el glamour. Es el trabajo. Es la repetición de manos moviéndose entre las ramas, seleccionando y recolectando grano a grano, día tras día, temporada tras temporada.

Un rostro que encierra toda la historia, si se le permite, es el de Moisés Montezuma. Es descrito como uno de los mejores tostadores de Panamá y el único juez nacional de café de origen Ngäbe Buglé. Ahora está en el mundo de la selección y la puntuación, involucrado en la elección de los mejores lotes que ingresan al Best of Panama, la competencia internacional anual organizada por la Asociación de Cafés Especiales de Panamá. Pero su inicio no fue detrás de una mesa de catación. Fue en el campo.

“Empecé a recolectar café en 1975. Tenía pasión por las cosas que hacía, y una de ellas era aprender a procesar el café, luego a catarlo. Poco a poco, me convertí en catador sin darme cuenta”, contó Montezuma a EFE.

Esa frase hace algo importante. Hace que el café se sienta como un viaje compartido, fomentando el orgullo y un sentido de conexión cultural para el público. La taza se convierte en una historia de esfuerzo humano, no solo en un producto. Las fincas son más que un paisaje; son el corazón de una tradición que sostiene comunidades.

La cosecha de café en Panamá emplea a miles, principalmente familias indígenas Ngäbe Buglé. Sus historias de llegada motivadas por la tradición y el ingreso ayudan al público a sentir empatía y reconocer el esfuerzo humano detrás de cada cosecha.

Se puede escuchar en la forma en que Montezuma narra su progreso. Primero, recolector; luego, alguien que aprende el procesamiento; después, catador; finalmente, juez. Recuerda haberse convertido en prejuez antes de ser juez nacional en 2006. Eso importa porque muestra cómo es el conocimiento cuando crece desde el trabajo y no desde la marca: una habilidad ganada poco a poco, casi en silencio.

Una mujer indígena Ngäbe-Buglé seleccionando granos de café en Boquete, Panamá. EFE/ Marcelino Rosario

Presupuestos hechos en el campo

Para Yamileth Pinto, la cosecha no es solo una tradición. Es un plan.

Ella es una estudiante universitaria de 21 años que estudia Educación Física, y cada temporada de café se convierte en una oportunidad para seguir adelante, para seguir pagando lo que la escuela requiere. Aprendió a recolectar café de su padre porque cada año llegaba con la familia a Hacienda La Esmeralda, descrita en las notas como la cuna del café más valorado del mundo. Ese detalle no es solo una jactancia. Es un recordatorio de que el café más celebrado todavía depende de la misma herramienta básica: el tiempo humano.

“Cuando terminan las clases, migro de inmediato para la cosecha. Con esa cosecha, me ayudo con el dinero que saco al final, que me ayuda a estudiar. Hago un presupuesto para cada cosa. Cuando terminé sexto año, mi papá me dio esa idea, y de ahí obtuve el apoyo para ayudarme en mis estudios”, contó Pinto a EFE.

Es difícil pasar por alto la observación cotidiana que se implica aquí: la escuela tiene una fecha de finalización cada ciclo, y la cosecha tiene una temporada, y ambas han aprendido a encajar. La migración se convierte en un calendario. El estudio se vuelve algo que financias con tus propias manos. Hacer presupuestos se vuelve tan esencial como recolectar.

El mundo sensorial es físico y directo. Las notas mencionan la miel del grano, la dulzura que se puede saborear y que ayuda a los trabajadores experimentados a distinguir las variedades. Mencionan fragancia y sabor en el contexto del Geisha. El café no es abstracto en estas montañas. Tiene olor, textura y ritmo.

Ahí es donde entra Leopoldo Pinto Rodríguez. Con treinta y cinco años de experiencia, es otro ejemplo de lo que el café puede hacer cuando se convierte en un trabajo constante a lo largo del tiempo. Comenzó como recolector y aprendió un oficio en las fincas que le dieron estabilidad. Fue uno de los trabajadores ligados al primer lote que cambió el café mundial cuando el Geisha fue llevado por primera vez a una mesa internacional de catación.

Las notas destacan su habilidad actual de una manera íntima: hoy, reconoce la diferencia entre variedades probando la miel del grano, incluido el Geisha, el café que puso a Panamá en la élite global por su sabor y fragancia innovadores.

Pero Leopoldo no señala el reconocimiento global como su mayor logro.

El orgullo de Leopoldo por el éxito universitario de sus hijos resalta cómo el trabajo constante beneficia a las familias. Esto puede inspirar respeto y admiración por el trabajo que hace posible ese progreso.

En América Latina, este es uno de los argumentos más antiguos que el trabajo hace en su propio favor. No el romance. No la herencia como eslogan. Un hijo en la universidad. Una familia que se vuelve un poco menos vulnerable.

Un hombre indígena Ngäbe-Buglé seleccionando granos de café en Boquete, Panamá. EFE/ Marcelino Rosario

Cuando la mano de obra se va, la cosecha está en riesgo

La historia también es de movimiento. Lucas Hernández comenzó a recolectar café a los 18 años con su madre. Se movieron por fincas panameñas y luego cruzaron a Costa Rica tras las cosechas.

“No es una tarea fácil, pero es gratificante”, dijo Hernández a EFE.

Para él, el trabajo es parte de la cultura de su pueblo, arraigado en el corazón de Panamá. Esa frase importa porque rechaza la idea de que el trabajo de la cosecha es solo una molestia temporal. Lo sitúa dentro de la identidad y la continuidad.

La creciente escasez de mano de obra amenaza la industria cafetera de Panamá, poniendo en riesgo la estabilidad económica y las tradiciones culturales ligadas a la temporada de cosecha.

Pitti describe una afluencia anual de unas 10,000 personas que migran a Renacimiento para cosechar café, y añade un detalle que agudiza la preocupación: muchos cruzan la frontera hacia Costa Rica. Esto pone en riesgo la recolección, especialmente la cosecha que comienza en septiembre en las zonas de menor altitud.

Aquí está el punto incómodo de toda la disputa. El mundo del café celebra los mejores lotes de Panamá, sus competencias y su estatus de élite. Sin embargo, la cosecha depende de personas cuyas vidas están definidas por la movilidad, por seguir las temporadas, por estirar los salarios durante meses. Si esos trabajadores se van, o si llegan menos, el sistema se resiente de la manera más directa posible. El café no se recoge.

Los productores buscan soluciones, dicen las notas. Pero en el campo, el trabajo sigue de todos modos, porque la cosecha no se detiene por debates de políticas. Avanza con la gente que llega.

Yamileth migra cuando terminan las clases. Lucas sigue la cosecha. Leopoldo mide el éxito por los títulos que obtienen sus hijos. Montezuma lleva 50 años de experiencia en el campo a la mesa de jueces. Grano a grano, como dicen las notas, una tradición sigue viva.

La apuesta aquí es si Panamá puede mantener viva esa tradición sin perder la mano de obra de la que depende. Y si el mundo que valora la taza notará lo que ocurre en la rama, donde siempre comienza la historia.

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