La esperanza venezolana se enfrenta a tuberías vacías y una economía más dura tras Maduro
En Sucre, los residentes hacen fila por gas, agua y combustible en medio de promesas de nuevos ingresos petroleros tras la caída de Maduro. El reportaje de la BBC revela una realidad latinoamericana más amplia: las transiciones políticas elevan rápidamente las expectativas, pero las regiones olvidadas experimentan una recuperación lenta.
El auge percibido pero aún no realizado
En el pueblo pesquero venezolano de Guaca, una mujer comentó: “Esta es la primera entrega de gas desde diciembre”, resaltando los desafíos que plantea una economía quebrada. La BBC documentó a personas reuniéndose alrededor de bombonas oxidadas, llevándolas a casa bajo un calor intenso. Cerca de allí, en Cumaná, los residentes soportaron dos semanas sin agua corriente, recurriendo a recolectarla de arroyos contaminados. La escasez de gasolina obligó a los vehículos a hacer filas de kilómetros en un país aún dominado por la riqueza petrolera. Estas condiciones son centrales, no periféricas, en la narrativa de la Venezuela post-Maduro.
Existe una tendencia, especialmente entre las capitales y cancillerías, a ver el cambio de régimen como un giro rápido del colapso a la recuperación. Desde la destitución de Nicolás Maduro el 3 de enero y la restauración de los lazos con el gobierno interino liderado por Delcy Rodríguez, han circulado con energía discusiones sobre nuevas inversiones extranjeras y acuerdos petroleros. Si bien esta retórica significa transición en Caracas, en Sucre sigue siendo distante e intangible.
Esta distancia espacial y experiencial es significativa más allá de Venezuela. El reportaje original de la BBC y las citas ilustran vívidamente esta dinámica. El informe ofrece un mensaje de advertencia para América Latina: en países afectados por corrupción prolongada, represión, falta de inversión, devaluación monetaria y deterioro institucional, la salida de un líder no produce una recuperación inmediata. En cambio, genera una tensión entre las expectativas públicas y la capacidad de la infraestructura, que suele quedarse atrás.
Sucre, ubicado a cientos de kilómetros al este de Caracas, es uno de los estados más pobres de Venezuela y permanece desconectado del discurso capitalino sobre acuerdos y licencias. Sin embargo, encarna la pregunta política central: ¿llegarán los recursos financieros tras la transición política a los ciudadanos comunes en pueblos como Guaca, Cumaná y Güiria, o los pasarán por alto, perpetuando la escasez, la migración y la expansión de economías ilícitas?
Esta situación refleja un patrón regional más amplio. América Latina ha experimentado repetidamente ciclos similares: tras la agitación política, el capital extranjero reaparece, las industrias extractivas reabren y se reactivan contratos dormidos. Antiguas fronteras de recursos parecen listas para crecer. Sin embargo, sin compromiso estatal y capacidad de reinversión, tales auges se convierten en enclaves aislados, beneficiando a sectores selectos mientras las comunidades dependientes del trabajo y los recursos naturales permanecen sumidas en el abandono prolongado.

Los ingresos petroleros no se traducen automáticamente en desarrollo local
Existen importantes recursos naturales frente a la costa de Sucre. Shell ha tenido durante mucho tiempo la intención de desarrollar el campo de gas Dragón, ubicado entre Venezuela y Trinidad y Tobago. Las sanciones estadounidenses retrasaron previamente este proyecto; sin embargo, la salida de Maduro cambió la situación. Shell obtuvo nuevas licencias y, tras una visita del secretario del Interior de EE.UU., Doug Burgum, a principios de este mes, firmó un acuerdo con el gobierno venezolano para iniciar el desarrollo. Shell afirma que el proyecto también beneficiará a los venezolanos, una afirmación que puede ser parcialmente cierta. Sin embargo, la cautela es evidente incluso en los comunicados oficiales.
Christopher Sabatini, de Chatham House, señala que si bien estos proyectos pueden generar empleo y aportar ingresos financieros a corto plazo a las comunidades locales, rara vez fomentan un desarrollo integral por sí solos. Su advertencia resuena en toda América Latina: las empresas extraen recursos utilizando equipos y personal extranjeros antes de exportarlos. Esta caracterización resume décadas de experiencia regional. El problema central no es la extracción en sí, sino la extracción sin una transformación económica posterior.
La principal preocupación de Sucre no es la llegada de fondos, sino su distribución según patrones históricos. El gas será procesado en Trinidad y Tobago para su exportación, con los ingresos gestionados en los niveles más altos del gobierno. Los actores internacionales hablarán de estabilización y oportunidades, pero en comunidades como Guaca, los pescadores siguen luchando con los costos del combustible y una moneda devaluada. Pablo Marín expresa esta disparidad en el reportaje de la BBC: en Ecuador, una familia que pesca 100 kilos puede ganar 500 dólares, cubrir gastos de combustible y conservar ingresos; en Guaca, las familias deben pescar repetidamente solo para salir tablas.
Esta comparación va más allá de lo económico y abarca dimensiones psicológicas. Los venezolanos, antes entre los más prósperos de la región, ahora se perciben más pobres que sus pares que realizan trabajos similares en otros países de América Latina. Esta reversión cambia la naturaleza de la migración, que pasa de ser una búsqueda de oportunidades a una huida de la humillación y la pérdida de valor del trabajo. También influye en la dinámica política: cuando la educación deja de representar movilidad social y los estudiantes abandonan la universidad por falta de perspectivas, la sociedad pierde tanto ingresos como confianza colectiva.
Omar Zambrano, economista jefe de Anova, cita evidencia de los años noventa que indica reducciones de la pobreza y mejoras educativas en regiones que recibieron inversiones petroleras tras la liberalización del sector. Sin embargo, enfatiza que Venezuela actualmente enfrenta las consecuencias de 25 años de degradación institucional, productiva y social. Este contexto es fundamental. Aunque en América Latina se debaten frecuentemente los mercados frente al control estatal y la soberanía nacional frente a la participación extranjera, estos debates pasan a segundo plano cuando las estructuras básicas del Estado están debilitadas. Bajo tales condiciones, incluso los ingresos extraordinarios por recursos no generan beneficios sostenibles.

La pobreza persiste pese a reformas demoradas
Ubicada a tres horas al este de Guaca, accesible por carreteras llenas de baches y sin cobertura móvil ni servicios básicos, Güiria ejemplifica cómo el abandono se incrusta en las estructuras sociales. Según la BBC, casi todos los residentes conocen a alguien que ha muerto en ataques estadounidenses contra embarcaciones sospechosas de tráfico de drogas en el Caribe y el Pacífico. Mientras los funcionarios estadounidenses califican a los tripulantes como “narcoterroristas”, los lugareños atribuyen la participación en el narcotráfico a la necesidad derivada de la pobreza. Una madre llamada Diannys reconoce que las personas eligen caminos ilícitos por necesidad, sin justificar sus acciones.
Esta reflexión es relevante en toda América Latina, pues revela la conexión entre el abandono económico y la expansión de redes ilícitas. Los gobiernos suelen abordar el tráfico como un asunto puramente criminal. Sin embargo, en lugares como Güiria, la evidencia sugiere una realidad más compleja: personas con habilidades en pesca y agricultura, pero incapaces de obtener ingresos suficientes, se vuelven vulnerables al reclutamiento. Como dijo el hermano de un fallecido, el trabajo “no paga”. En este punto, la pobreza deja de ser solo un problema social y se convierte en un canal para amenazas a la seguridad.
El caso de Sucre ilustra que el optimismo post-autoritarismo, la inversión post-crisis y las políticas contra el tráfico están interrelacionados. Si el capital extranjero solo beneficia a los sectores de exportación y no llega a las comunidades locales, la migración persistirá. De igual modo, si las regiones olvidadas carecen de acceso confiable a agua, combustible, infraestructura y oportunidades económicas, el tráfico continuará. Celebrar acuerdos sin abordar las condiciones de vida cotidianas corre el riesgo de acelerar la desilusión pública en vez de fomentar la recuperación.
Yurmari Martínez recuerda el Sucre de hace dos décadas como una región con potencial, caracterizada por numerosas empresas que procesaban y exportaban pescado e industrias que fomentaban una competencia genuina. Este recuerdo es importante porque desafía la idea de que la pobreza actual es natural o permanente. En cambio, es producto de decisiones políticas: la escasez de combustible, la falta de materia prima, la crónica falta de inversión y las nacionalizaciones han erosionado la economía local. Por lo tanto, la política y la reinversión deben revertir estos efectos; no hay alternativa.
Esto constituye una lección aleccionadora para Venezuela y América Latina. Cualquier auge económico tras Maduro será evaluado no por contratos petroleros o normalización diplomática, sino por mejoras tangibles: disponibilidad de gas doméstico, acceso al agua en Cumaná, el valor económico de las capturas de los pescadores y si los estudiantes en Sucre recuperan la confianza en que la educación conduce a oportunidades. Hasta que ocurran estos cambios, la transición seguirá siendo más retórica que vivencial.
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