Cuba pone tarea a la empresa privada mientras las escuelas públicas luchan con lo básico
La crisis educativa de Cuba está llevando a los negocios privados a las aulas públicas, con donaciones, transporte y clases particulares recién autorizadas que ayudan a sostener la escolaridad de 1,5 millones de estudiantes, mientras exponen una brecha preocupante entre la promesa de igualdad de oportunidades de la isla y los medios cotidianos de las familias.
Antes de la lección viene el almuerzo
Una escuela puede tener niños matriculados y aun así tener dificultades para cocinarles el almuerzo. Por ahí empezó la ministra de Educación de Cuba, Naima Trujillo, a explicar las dificultades de un curso escolar cada vez más dependiente de personas y negocios ajenos al Estado.
“Ha sido un comienzo difícil”, dijo a EFE en una entrevista exclusiva, y señaló la preparación de alimentos, los suministros y el transporte como los principales problemas. Unos 1,5 millones de estudiantes volvieron a las aulas el 1 de septiembre. Mantenerlos allí exige mucho más que abrir las puertas.
Negocios privados han donado alimentos, zapatos y ropa. Operadores de transporte han incorporado rutas para estudiantes y maestros que no pueden costear el viaje por la distancia o por circunstancias familiares. Trujillo describió redes de apoyo que van más allá de gestos ocasionales de generosidad.
La distinción importa. Una comida donada atiende el hambre de hoy; un arreglo de transporte confiable puede proteger la asistencia durante todo un trimestre. Sin embargo, la escasez de combustible amenaza tanto a los negocios que prestan ese servicio como a las instituciones públicas que lo reciben. Estas alianzas redistribuyen recursos escasos dentro de la misma economía dañada.
Los hogares para niños sin cuidado parental han recibido ayuda privada con suministros de energía alternativa y edificios deteriorados. Con cortes de electricidad de más de 20 horas en las zonas afectadas, la electricidad pasa a formar parte del deber de cuidado. Esos hogares no pueden simplemente devolver a un padre o una madre cada servicio interrumpido.
Trujillo reconoció que el mantenimiento de las escuelas dependía antes de asignaciones del presupuesto estatal. La crisis ha obligado a los funcionarios a incorporar otras fuentes. Para un gobierno que sitúa la educación pública en el centro de su promesa social, esa admisión va más allá de las reparaciones: garantizar un servicio exige cada vez más aceptar ayuda de fuera de su propia maquinaria.

Un mercado más grande, un alivio desigual
Los negocios a los que se pide ayuda ya son centrales para la supervivencia diaria. Estadísticas oficiales preliminares reportadas en 2025 situaron la participación del sector no estatal en las ventas minoristas de bienes y servicios en el 55 % en 2024, frente al 44 % en 2023, sin contar los servicios públicos.
Eso supone un aumento de 11 puntos porcentuales, o una cuarta parte en relación con la participación anterior. Pero mide el valor de las ventas, no la cantidad de bienes vendidos. Los precios privados más altos pueden agrandar la participación monetaria del sector sin producir un aumento comparable en lo que las familias pueden costear.
Esto ayuda a explicar el trato educativo. Las empresas que pueden conseguir suministros pueden cubrir las carencias de las escuelas, mientras que los precios que sostienen esos negocios pueden seguir fuera del alcance de los salarios de los maestros. Las donaciones pueden mover algunos recursos a través de esa brecha. No pueden borrar la diferencia de fondo en el poder adquisitivo.
Tampoco la creciente importancia comercial produce automáticamente una cobertura igual. Una escuela con socios empresariales confiables puede obtener transporte o reparaciones antes que una sin ellos. La entrevista no ofrece un recuento nacional de donaciones ni evidencia de que la ayuda llegue a las instituciones según su necesidad.
Eso deja una pregunta práctica para las autoridades educativas: cómo distribuir la ayuda sin permitir que el acceso a empresas generosas determine la oportunidad educativa. Las alianzas estables ofrecen continuidad, pero un derecho nacional requiere supervisión y financiación que sobrevivan a los cambios de fortuna de un donante individual.
La participación privada puede apoyar la educación pública. Su éxito debería juzgarse, por tanto, según si los niños reciben servicios confiables, incluso en lugares donde las contribuciones benéficas son escasas. Contar solo las empresas participantes revelaría poco sobre quién queda varado.

Los maestros necesitan más que agradecimiento
El aula tiene su propia escasez. Trujillo dijo que las carencias de cobertura docente afectan a unas cinco provincias, en particular La Habana, adonde se trajeron cerca de 3.000 maestros del oriente de Cuba para apoyar el curso actual. Trasladar personal cubre vacantes inmediatas, pero obliga a las personas a reorganizar su vida en torno a las necesidades de otra comunidad.
El salario ayuda a explicar la tensión. Estadísticas oficiales citadas por EFE sitúan los ingresos mensuales en educación en 5.824 pesos cubanos, lo que coloca al sector entre los dos peor pagados de la isla. EFE los valoró en aproximadamente 49 dólares con el tipo de cambio formal y solo 7 dólares con el informal.
La diferencia de siete veces advierte contra interpretar los salarios con conversiones oficiales. Los maestros reciben los mismos pesos con cualquiera de los dos cálculos. Ninguna de las dos cifras en dólares mide plenamente el poder adquisitivo de los hogares, pero la disparidad expone cuán engañoso puede ser un salario convertido aparentemente más alto cuando las compras esenciales responden a otro mercado cambiario.
La norma de clases particulares de septiembre atiende parte de ese problema. Los maestros en ejercicio pueden ahora solicitar autorización para dar clases privadas, lo que revierte una prohibición impuesta en 2022. “Al legalizarlo, el diálogo entre la escuela, la familia y el tutor es mucho más abierto”, dijo Trujillo a EFE.
Los ingresos extra podrían ayudar a los maestros a permanecer en la educación. Sin embargo, las clases pagadas introducen otra prueba de igualdad: el acceso de los estudiantes a instrucción adicional depende de lo que sus familias puedan gastar. La norma pide arreglos que incluyan a estudiantes vulnerables que no pueden pagar, lo que hace crucial su implementación.
El ministerio también busca compensar las tareas docentes adicionales e incentivar el regreso de educadores jubilados. Esas medidas suman más trabajo al personal disponible; no eliminan las presiones que hacen difícil sostener la enseñanza.
Al preguntarle qué traerían los próximos meses, Trujillo dijo a EFE que predecirlo era “muy difícil” porque la educación sigue las circunstancias del país. Para las familias, esa incertidumbre llega en forma de preguntas ordinarias: si vendrá el transporte, si el almuerzo estará listo y si el maestro seguirá. La mañana siguiente necesita una respuesta.



