NEGOCIOS Y FINANZAS

El Pacífico colombiano pide a los turistas del avistamiento de ballenas que den un poco de espacio a sus visitantes más grandes

En Buenaventura, Colombia, el avistamiento de ballenas ayuda a las familias de La Barra a ganarse la vida. Pero el tráfico de embarcaciones pone a prueba una relación anterior al turismo y empuja a los residentes a convertir el respeto heredado por las ballenas jorobadas en reglas prácticas para compartir sus aguas costeras del Pacífico.

Cuando el mar tenía silencio

Antes de las charlas para visitantes, hubo hogueras. Antes de que el avistamiento de ballenas se volviera un negocio, la gente de La Barra recibía a los animales con cantos, rituales y una advertencia bíblica: quien se aventurara a salir podía acabar como Jonás, tragado por un gran pez.

Fred Ortiz, representante legal del consejo comunitario, recordó esa historia en una entrevista con EFE. Cuando las jorobadas llegaban a Bahía Málaga para aparearse, dijo, las lanchas se quedaban en tierra. La gente ni las observaba desde las embarcaciones ni salía a pescar.

Durante unos dos o tres meses, las ballenas traían lo que Ortiz describió como algo parecido a una veda de pesca. Esta contención se basaba en las creencias y las prácticas locales, no en una prohibición gubernamental. El mar recibía una pausa estacional porque la gente entendía su lugar en él a través de las historias.

Ese recuerdo complica el conocido discurso turístico, en el que la conservación llega con un experto de fuera y una nueva oportunidad de negocio. Aquí, la comunidad ya tenía una manera de dejar en paz a los animales. El turismo la ha obligado a reconsiderar cómo funciona esa contención cuando acercarse a las ballenas puede ayudar a pagar las cuentas del hogar.

La Barra se encuentra dentro del Parque Nacional Natural Uramba Bahía Málaga, en el municipio de Buenaventura, en la costa pacífica de Colombia. Las jorobadas llegan desde el Pacífico Sur durante la migración anual, que los lugareños describen como ocurrida de julio a septiembre. Para los residentes, su regreso trae tanto significado cultural como la perspectiva de ingresos.

Ninguno de los dos puede descartarse. Una comunidad que depende en parte de los visitantes no puede resolver la cuestión cerrando la puerta a todos. Pero dar la bienvenida a cada embarcación adicional sin límites presionaría la atracción misma.

Una ballena jorobada en el Pacífico colombiano, en La Barra, Colombia. EFE/Ernesto Guzmán

El precio de acercarse

Ortiz cree que esa presión ya es visible. Dijo a EFE que las ballenas ya no completan sus rutas hacia La Barra porque demasiadas embarcaciones las perturban.

Su relato merece atención como testimonio de alguien cuya comunidad vive junto a la migración. No establece, por sí solo, una disminución de la población ni mide cuánto ha cambiado el comportamiento. El reportaje de EFE no incluye series de seguimiento ni conteos anuales comparables. Esas distinciones importan: gestionar la perturbación requiere saber adónde van los animales, no solo contar boletos vendidos.

Un registro útil combinaría el número de embarcaciones con las horas de observación y los avistamientos, para mostrar si el hacinamiento coincide con cambios en las rutas.

La respuesta de la comunidad comienza antes de la salida. Cada visitante recibe ahora una charla de sensibilización. Los operadores de las embarcaciones también se capacitan en avistamiento responsable de ballenas, entre otros medios, a través del Festival Mundial de Ballenas y Mujeres Cantoras de La Barra, que se celebra a principios de octubre.

Los límites prácticos revelan por qué la educación por sí sola no puede cargar con todo el peso. La autoridad ambiental regional CVC recomienda no más de 30 minutos de observación cuando hay una sola embarcación, y que baje a 15 minutos cuando se reúnen varias. También advierte contra la persecución, el cerco o el bloqueo del camino de los animales.

Reducir a la mitad el encuentro permitido cuando se congregan las embarcaciones reconoce que los visitantes comparten un espacio limitado. Más clientes no crean más aguas sin perturbar. Sin embargo, los encuentros más cortos ofrecerían poco alivio si un grupo de embarcaciones fuera reemplazado de inmediato por otro. La coordinación entre operadores importa tanto como la conducta de cada capitán.

Eso crea una prueba económica para el turismo responsable. Un guía que mantiene una distancia adecuada debe ofrecer una experiencia que los pasajeros valoren sin prometer un acercamiento mayor que el de sus competidores. Las charlas informativas pueden ayudar a cambiar esas expectativas antes de que un cliente decepcionado empiece a exigir más.

El trabajo difícil es hacer de la contención una condición compartida de hacer negocios. De lo contrario, los operadores cuidadosos corren el riesgo de perder clientes ante quienes están dispuestos a acosar a las ballenas, mientras toda la comunidad carga con las consecuencias.

Una ballena jorobada en el Pacífico colombiano, en La Barra, Colombia. EFE/Ernesto Guzmán

Más que un boleto de lancha

Yamile Perdomo Quintero, funcionaria ambiental que trabaja en la zona de Buenaventura y Bahía Málaga, describió a EFE el esfuerzo de La Barra como un proceso organizativo que protege tanto a los animales como a las personas.

“Tiene que haber un desarrollo armónico”, dijo a EFE, al explicar que las comunidades, el bienestar social y los recursos naturales deben beneficiarse. Su énfasis en la equidad lleva la discusión más allá de si el turismo trae dinero. Pregunta quién recibe ese dinero y quién ayuda a decidir las condiciones en que se gana.

El consejo comunitario da a esa pregunta un hogar institucional. Los residentes están ayudando a fijar las expectativas para los visitantes en lugar de limitarse a aportar mano de obra a una actividad organizada a su alrededor. Su conocimiento de la costa pasa a formar parte de cómo opera el turismo.

El festival ofrece otra apertura. Junto con la conservación, su programa reúne comida local, tradiciones y mujeres cantoras. El relato de la CVC identifica a Ortiz como el representante del consejo comunitario afrocolombiano de La Barra y describe beneficios que llegan a mujeres cabeza de hogar.

Esa economía más amplia es importante. El gasto en una comida o en un evento cultural puede llegar a personas que no son dueñas de embarcaciones. También da a los visitantes razones para valorar La Barra más allá de la duración o la cercanía de un encuentro con una ballena. Son posibilidades de distribuir ingresos, no prueba de que todas las familias ya se beneficien por igual.

El reportaje de EFE no ofrece cifras de ingresos de los hogares que establezcan ese resultado. La medida del éxito debe incluir, con el tiempo, lo que queda en manos de los residentes, además de si las ballenas pueden moverse sin ser perseguidas.

Para Ortiz, la elección es conservar mientras se sostiene el sustento turístico. La antigua bienvenida dejaba las lanchas en tierra. La bienvenida de hoy necesita espacio para que la gente se gane la vida y espacio suficiente para que pasen las ballenas.

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