Cuba enfrenta una epidemia de drogas de bajo costo y sus consecuencias sociales
En Cuba, una droga sintética de bajo costo y acción rápida expone la intersección entre la escasez, el estrés familiar, los desafíos de salud pública y el afrontamiento espiritual en una isla que antes consideraba los narcóticos como un problema lejano y extranjero, más que una crisis doméstica.
Una crisis que surge a bajo costo
En un hospital psiquiátrico de La Habana, varias decenas de personas formaron un círculo, tomados de las manos y buscando fuerza para mantenerse libres de “las toxinas que esclavizan” durante las próximas 24 horas. Aunque es un momento pequeño y frágil, según reportó The Associated Press, refleja un problema más amplio en Cuba, donde el consumo de drogas ha pasado de ser casi impensable a altamente visible en pocos años.
La rapidez de este cambio es significativa. Antes, las drogas en Cuba se percibían como amenazas externas, controladas mediante disciplina política y regulación social. Actualmente, el problema es más visible. En La Habana y otras ciudades, es común ver a jóvenes durmiendo, tambaleándose o tirados inconscientes en parques públicos. Este fenómeno representa no solo una preocupación de salud pública, sino también un problema social, ilustrando cómo el sufrimiento privado se ha convertido en una realidad pública.
La sustancia que impulsa este cambio es conocida como “químico”, una potente mezcla de cannabinoides sintéticos y aditivos nocivos, según las autoridades. En la calle se le llama comúnmente “papelitos”; consiste en pequeños papeles cortados en diminutas dosis que se fuman. La crisis va más allá de su toxicidad e incluye su asequibilidad. Con un precio aproximado de 250 pesos cubanos por dosis, o cincuenta centavos de dólar, es más barata que un pan o una soda. En un país acostumbrado a la escasez y al gasto cuidadoso, esta comparación de precios es significativa. Un subidón de bajo costo en una economía difícil representa más que un simple vicio; constituye una vulnerabilidad social crítica.
David Morales, de veinticinco años, afirmó: “Es muy barata… y está en todas partes”, según citó The Associated Press tras su tratamiento en centros de salud estatales y posterior rehabilitación en la iglesia bautista evangélica Alcance Victoria Cuba. Esta declaración transmite más que las características de un mercado de drogas; ilustra el alcance de una sustancia que opera en un contexto de escasez, infiltrándose en las realidades diarias donde las personas ya lidian con carencias, frustración y agotamiento.

Respuesta estatal ante los nuevos desafíos de las drogas
La respuesta de Cuba parte del Estado, como es habitual en la isla. La atención médica es estatal y gratuita, y los consultorios del médico de la familia suelen ser el primer punto para identificar señales de alerta. Los casos más graves son remitidos a internamientos prolongados. The Associated Press visitó recientemente una sala masculina de cuarenta camas en el Hospital Psiquiátrico de La Habana, donde pacientes de entre veinte y treinta años pasan por una desintoxicación de noventa días seguida de rehabilitación. Fotografías familiares se exhiben cerca de las camas, y la instalación cuenta con área de lectura, comedor y espacio de recreación. Los pacientes, con camisetas blancas que llevan el lema “Vencemos a las drogas”, mantienen la limpieza del lugar a diario.
Esta escena es reveladora. Cuba responde no con abandono, sino a través de instituciones, rutinas, consignas y la creencia persistente de que las estructuras colectivas pueden regular el colapso individual. Sin embargo, el reto está en enfrentar una droga diseñada para el consumo rápido, la improvisación y el bajo costo.
El Estado lo ha reconocido abiertamente. En julio, el Ministerio de Salud y otros organismos crearon el Observatorio Nacional de Drogas para investigar, monitorear y mitigar el impacto de las drogas ilegales. Aunque las autoridades no registran la cantidad de usuarios, los datos de las salas de emergencia en La Habana muestran una tendencia clara. En 2024, 467 personas buscaron ayuda o fueron registradas en salas de emergencia; esta cifra aumentó a 886 en 2025.
Cuba sigue presentándose como un país de tolerancia cero, con el narcotráfico penado hasta con cadena perpetua. Las autoridades enfatizan que la isla no produce ni almacena drogas. Sin embargo, los informes oficiales revelan una realidad más porosa: se han documentado paquetes de cocaína abandonados durante persecuciones y arrastrados por el mar; drogas introducidas entre mercancías importadas; y plantaciones domésticas de marihuana, aunque menos frecuentes, también han sido identificadas.
El coronel Juan Carlos Poey Guerra, del Ministerio del Interior, informó a The Associated Press que el principal desafío actualmente proviene de nuevas sustancias psicoactivas y cannabinoides sintéticos, que identificó como originarios principalmente de Estados Unidos. Los laboratorios policiales detectaron cuarenta y seis nuevas formulaciones sintéticas en el último año, incluyendo carbamazepina, formaldehído y fentanilo entre las sustancias mezcladas. Entre 2024 y 2025, las autoridades interceptaron 72 intentos de contrabando provenientes de 11 países. Este desarrollo complica la perspectiva política tradicional que ve la amenaza como puramente externa. Si bien las fuentes y precursores están fuera de la isla, el daño resultante ocurre dentro de los hogares, parques y salas de hospital cubanos. Aunque las fronteras explican la entrada de drogas, no explican la vulnerabilidad interna. Una vulnerabilidad.

Familias enfrentan la crisis con apoyo espiritual
En este punto, la narrativa se vuelve más personal. Durante décadas, el Estado altamente centralizado gestionó el tratamiento, especialmente para usuarios de alcohol. Sin embargo, la expansión de este problema ha abierto oportunidades para que otros actores participen, no como reemplazo, sino como respuesta complementaria. El pastor Abel Pérez, de la iglesia Alcance Victoria Cuba, informó a The Associated Press que algunos barrios están “infestados” y que ha visto a jóvenes consumiendo drogas abiertamente. El año pasado, la iglesia brindó terapia a unos 50 jóvenes y sus familias, con más de una docena asistiendo regularmente.
Esto es significativo porque la adicción se enmarca no solo como un problema médico o policial, sino también como una crisis familiar y un choque moral. Alejandro Morales, ingeniero oceanógrafo de cincuenta y siete años que acompaña a su hijo David, afirmó que en su juventud hablar de drogas era extraordinario. Además, señaló que el problema ha crecido tan rápido que ha sobrepasado la capacidad de respuesta del país.
El término ‘sobrepasado’ transmite la gravedad de la situación. Implica que el sistema no está derrotado ni se ha rendido, sino que lucha por mantenerse al ritmo del cambio acelerado. Esta distinción es crucial, ya que indica esfuerzos continuos a pesar de los grandes desafíos.
En la misma instalación, Vilma Arias, de sesenta y cuatro años, buscaba ayuda para su hija de treinta y seis, mientras que otro hijo, de veintiséis, rechazó el tratamiento. Su declaración, citada por The Associated Press, refleja la perplejidad de muchas familias ante una transformación social que no comprenden del todo: “Tenemos que orar mucho”, dijo. “Mi hija es una maestra maravillosa y mi hijo es graduado en mecánica automotriz. Ni siquiera sé cómo cayeron en esto.”
Esta declaración es especialmente conmovedora, no porque ofrezca soluciones, sino porque desafía las explicaciones simplistas. En Cuba, el problema ya no es una amenaza lejana ni una cuestión de política abstracta; es una madre que observa las calificaciones, el potencial y la dignidad de sus hijos, pero no logra comprender cómo sus circunstancias se deterioraron.
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