Medio ambiente

La hija del río colombiano convierte la lucha contra el fracking en una advertencia regional

La victoria de Yuvelis Morales Blanco contra el fracking en Colombia es más que el triunfo de una activista. Refleja una lucha latinoamericana más profunda por los ríos, el petróleo, la supervivencia comunitaria y la vieja costumbre de llamar ‘progreso’ a la extracción, incluso cuando el agua, los peces y las personas empiezan a desaparecer.

Un río que formó a una defensora

De niña, a orillas del río Magdalena, Yuvelis Morales Blanco aprendió a leer el peligro en el agua antes que a leer la política en los discursos. Las manchas oscuras en el río significaban que no habría comida. Así fue como la economía de los combustibles fósiles se presentó por primera vez en su mundo, no como un desarrollo nacional abstracto, sino como contaminación que se acercaba a las redes de pesca.

Uno de esos derrames en 2018 mató a miles de animales y obligó a cientos de personas a reubicarse, incluyendo a los habitantes de su comunidad pesquera afrocolombiana en Puerto Wilches. Morales Blanco tenía 16 años. La crisis hizo lo que la violencia ambiental suele hacer en América Latina: agravó la desigualdad social. Despojó al lenguaje cortés de la industria, dejando solo la verdad vivida. Una comunidad puede convivir con la extracción durante décadas y aun así ser la que paga el precio más alto cuando algo falla. Ahora, con 24 años, ha sido galardonada con el Premio Ambiental Goldman por ayudar a detener el fracking en Colombia, una distinción que a menudo se llama el Nobel Verde.

La dimensión de género profundiza esa verdad. Morales Blanco forma parte de la primera cohorte compuesta solo por mujeres en la historia del Premio Goldman. Por primera vez desde que el premio fue creado en 1989 por los filántropos Richard y Rhoda Goldman, todas las galardonadas son mujeres. Las otras ganadoras fueron Iroro Tanshi, de Nigeria; Borim Kim, de Corea del Sur; Sarah Finch, del Reino Unido; Theonila Roka Matbob, de Papúa Nueva Guinea; y Alannah Acaq Hurley, de Estados Unidos. Pero la verdadera fuerza de la historia de Morales no es el premio en sí. Es lo que su camino dice sobre cómo está naciendo la defensa ambiental en América Latina, desde comunidades que han dejado de esperar a que otros vengan a explicarles cómo se ve el daño.

El lenguaje de Morales Blanco es directo y casi imposible de confundir. Ella dice que es hija del río y ve la naturaleza no como un recurso, sino como la vida misma. La región del Magdalena, dice, es parte de la vida, parte de la familia, parte de uno mismo. Esa visión no es decorativa. Es política. Rechaza uno de los hábitos más antiguos en el desarrollo latinoamericano: la idea de que la tierra, los ríos y las comunidades existen principalmente para alimentar un modelo de exportación. Según ella, el problema no es solo el fracking. Es un hábito civilizatorio de imaginar la naturaleza como materia prima esperando permiso para ser dañada.

Por eso su lucha en Puerto Wilches importa más allá de Colombia. Traduce una pelea local en una continental.

Iroro Tanshi habla con los miembros de su equipo mientras se preparan para colocar trampas para murciélagos en la aldea de Etankpini, en Odukpani, Nigeria. Etinosa Yvonne/Premio Ambiental Goldman

Por qué la vieja promesa extractiva sigue ganando

Morales Blanco ayudó a fundar Aguawil en 2019 como una organización juvenil contra el fracking. Sus miembros organizaron protestas y fueron de puerta en puerta, convirtiendo los argumentos técnicos sobre la fracturación hidráulica en el lenguaje concreto de pescadores y campesinos. Ese estilo de organización es revelador. En América Latina, las industrias extractivas suelen llegar a un territorio hablando el lenguaje de la inversión, la energía y el empleo. Las comunidades responden con el lenguaje del agua, la enfermedad, la tierra, la memoria y el derecho a quedarse donde están. El conflicto no es simplemente entre ciencia y emoción. Es entre dos definiciones distintas de valor.

El fracking, según se describe en las notas, se ha vinculado con la contaminación de aguas subterráneas, el agotamiento de acuíferos, la actividad sísmica y graves impactos en la salud humana, incluyendo cáncer y discapacidades congénitas. Pero el argumento de Morales Blanco en contra es aún más amplio. Advirtió a sus vecinos que las promesas de prosperidad por el aumento de la producción de combustibles fósiles eran vacías, ya que décadas de perforación ya habían contaminado los ecosistemas, mientras que Puerto Wilches, con sus 30,000 habitantes, seguía sin acceso a servicios de salud y educación de calidad. Esa afirmación debería resonar en toda la región. Nombra una de las traiciones más antiguas de América Latina.

El problema persiste aquí porque la extracción suele llegar con el mismo trato, y el trato casi siempre es desigual. Se les pide a las comunidades que absorban la contaminación y el riesgo a cambio de una prosperidad que nunca llega o llega a otro lugar. El petróleo fluye, los oleoductos se expanden, las luces de la refinería siguen encendidas, pero el pueblo más cercano sigue sin servicios básicos. Este patrón ha marcado zonas mineras, regiones petroleras, proyectos hidroeléctricos y, ahora, debates sobre fracking en varios países. El territorio es considerado esencial cuando es productivo y prescindible cuando está dañado.

Por eso también el movimiento por los derechos de la naturaleza ha cobrado fuerza. Morales Blanco lo plantea no como una teoría legal de moda, sino como una corrección a una violencia mucho más antigua. Cuando una comunidad pierde un río, dice, la pérdida no es solo de agua. Es de espíritu, identidad y de la forma en que la gente entiende la vida misma. Las empresas pueden prometer energía o una refinería, pero ella plantea la pregunta que el discurso del desarrollo prefiere evitar: ¿a qué costo? Nadie ha vivido jamás sin agua, dice, pero la humanidad ha vivido sin combustibles fósiles.

Hay historia en esa frase. América Latina estuvo mucho tiempo organizada en torno a la extracción de recursos para otros: plata, azúcar, caucho, petróleo, cobre y carbón. Los nombres cambiaron. La lógica no siempre cambió con ellos. Por eso la región sigue produciendo conflictos ambientales que parecen modernos en tecnología pero coloniales en estructura. Un sector poderoso identifica un territorio, promete progreso nacional y espera que el sacrificio local sea racional, patriótico y silencioso.

Yuvelis Morales Blanco. Christian EscobarMora/Premio Ambiental Goldman

Por qué la violencia acecha la frontera verde

El caso colombiano también expone otra verdad regional. Defender el medio ambiente en América Latina suele ser mortal porque amenaza no solo las ganancias, sino también la jerarquía que decide de quién vale menos la vida.

Morales Blanco dice que la reacción llegó rápido. Una vecina le advirtió que se iba a buscar la muerte. Dos años después, recibió su primera amenaza de muerte. En 2022, tras una protesta pacífica que ayudó a organizar, hombres armados llegaron a su casa. Colombia es descrita en las notas como uno de los países más peligrosos del mundo para los defensores ambientales. Ese año, más de un tercio de todos los asesinatos registrados ocurrieron allí. Ella huyó y se trasladó temporalmente a Francia. Incluso en el exilio, la lógica de la lucha seguía clara. La visibilidad, dice, protege. Las redes protegen. La educación protege. Y, sobre todo, negarse a rendirse protege la posibilidad de un futuro.

Esto es importante para América Latina porque la región suele celebrar la biodiversidad mientras abandona a quienes la defienden. La propia Morales Blanco señala la ironía: Colombia es una de las zonas más biodiversas del planeta y también una de las más peligrosas para quienes trabajan por la justicia social y el medio ambiente. Esa contradicción no es únicamente colombiana. Pertenece a una realidad latinoamericana más amplia, donde los defensores ambientales son elogiados en discursos internacionales y amenazados en sus propios barrios.

Morales dice que la injusticia se profundiza cuando eres mujer, especialmente mujer racializada. Su énfasis en la solidaridad y la ternura entre mujeres no suaviza la historia. La agudiza. Sugiere que en el sur global, las mujeres suelen ser empujadas a la primera línea de la lucha ambiental porque ya llevan sobre sus hombros el trabajo diario de mantener unidas a las familias, la alimentación y la vida comunitaria cuando la tierra empieza a fallar.

Semanas después de que fue obligada a salir, un tribunal colombiano suspendió los proyectos de fracking en espera de consultas comunitarias. Poco después, el presidente Gustavo Petro impuso una moratoria nacional. Pero las notas dejan claro que esta victoria no está asegurada. Los colombianos elegirán un nuevo presidente el 31 de mayo, y la prohibición podría revertirse. Morales Blanco dice que la elección presenta dos polos opuestos: uno que aboga por la destrucción de la naturaleza y la violación de los derechos humanos, y otro que defiende la vida y la humanidad. Sin embargo, también insiste en que el movimiento continuará sin importar quién gane, porque es independiente.

Quizás esa sea la lección más importante que su historia ofrece a América Latina. El futuro ambiental de la región puede que no se asegure primero por los presidentes, aunque los presidentes importan. Puede asegurarse por comunidades que aprenden a pensar en los ríos como parientes, no como activos, y en la participación política como una forma de supervivencia. La lucha de Morales Blanco a orillas del Magdalena, por tanto, no es solo contra el fracking. Es sobre si América Latina seguirá repitiendo el viejo guion extractivo o finalmente escuchará a quienes pueden leer el agua antes de que el país admita que está envenenada.

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