Cuba viaja en un autobús del túnel en medio de su creciente crisis energética
El Ciclobús de La Habana se ha convertido en un salvavidas mientras el racionamiento de combustible vacía las calles de autos y empuja a los trabajadores a usar bicicletas y scooters eléctricos, transformando un breve trayecto subterráneo en uno de los retratos más claros de la escasez, la adaptación y la obstinada supervivencia urbana en Cuba hoy.
Una ruta corta que transporta una larga crisis
En una sofocante tarde habanera, la fila en la entrada del túnel de la bahía parecía casi modesta a primera vista. Docenas de pasajeros esperaban en formación ordenada con bicicletas, scooters y motos eléctricas, cada persona junto a la máquina que ahora hace posible la vida diaria. Luego llegó el Ciclobús, y la escena se transformó en algo más grande que un simple viaje al trabajo. Como informa Associated Press, este autobús impulsado por diésel, adaptado especialmente para transportar tanto pasajeros como sus vehículos, se ha convertido en uno de los símbolos más reveladores de la crisis energética más profunda que vive Cuba en décadas.
El autobús en sí es práctico, incluso un poco tosco en su honestidad. Puede transportar a unos sesenta viajeros y sus vehículos. Una parte tiene asientos, pero la mitad de la estructura metálica es espacio abierto para carga. Los pasajeros suben por una rampa, permanecen junto a sus bicicletas o motos durante el breve trayecto y se sujetan de las barras instaladas en las paredes para mantenerse estables. El recorrido cubre solo 3 kilómetros y dura unos 15 minutos. Es, según AP, la ruta de transporte público más corta de la isla.
Pero las rutas cortas pueden cargar historias largas. El túnel conecta La Habana Vieja con el lado este de la ciudad. Esa conexión ahora importa más que nunca porque bicicletas, motos y scooters no pueden circular dentro del paso subacuático. Sin el Ciclobús, la gente tendría que rodear la vasta bahía por tierra, haciendo un desvío de dieciséis kilómetros por zonas portuarias industriales mal pavimentadas. En tiempos normales, eso sería una molestia. En una ciudad con escasez de combustible donde el transporte público está prácticamente paralizado, se vuelve algo agotador.
Por eso el autobús se ha vuelto tan popular y esencial. Desde enero, el bloqueo energético impuesto por el presidente estadounidense Donald Trump ha obligado a Cuba a racionar la gasolina a solo veinte litros por vehículo mediante un sistema de citas que puede demorar semanas, incluso meses. El resultado, según reporta AP, es visible en toda La Habana. Las calles están casi vacías de autos pero llenas de bicicletas y pequeñas motos eléctricas, que se han convertido en la única opción viable para miles que intentan llegar al trabajo, la escuela o a casa.
Las personas en la fila no están haciendo una declaración política. Solo intentan que el día siga adelante. Ingrid Quintana, quien vive en La Habana del Este y trabaja en la parte vieja de la ciudad, dijo a AP que viaja como acompañante de su esposo porque él tiene una bicicleta. “Es una opción que tenemos”, dijo, “porque no hay transporte público y no podemos pagar un taxi privado, así que usamos el Ciclobús”. Esa frase lo dice casi todo. En Cuba ahora mismo, la movilidad se ha convertido en un ejercicio de estrategia familiar, improvisación compartida y resignación sin rendición.

El regreso de la lógica del Período Especial
Lo que hace que el Ciclobús tenga una carga especial es que no es nuevo. Transporta tanta memoria como pasajeros.
El servicio surgió en los años noventa durante el llamado Período Especial, la crisis provocada por el colapso de la Unión Soviética que dejó a la isla aislada y obligó al entonces presidente Fidel Castro a distribuir bicicletas chinas entre la población. Con el tiempo, a medida que los autobuses regulares y los taxis colectivos recuperaron algo de terreno, el autobús del túnel perdió parte de su centralidad. No desapareció, pero ya no estaba en el corazón de la lucha diaria habanera.
Ahora lo está de nuevo.
Ese regreso importa porque sugiere que Cuba vuelve a recurrir a su viejo repertorio de supervivencia. La isla revive no solo una solución de infraestructura, sino un ritmo social de otra época de escasez. Pedalear, hacer fila, esperar, cruzar, continuar. El Ciclobús se ha convertido menos en un vestigio nostálgico que en un puente funcional entre dos momentos de la historia cubana, ambos marcados por el aislamiento, la escasez y la necesidad de hacer rendir lo poco que hay.
Hay una ironía silenciosa en el hecho de que este salvavidas siga funcionando con diésel. Una ciudad privada de gasolina ha llegado a depender de un solo autobús que quema combustible para mover a personas que ya no pueden depender de los autos. Pero esa ironía también es el punto. Las improvisaciones cubanas siempre han sido complejas, rara vez puras, rara vez elegantes. La isla no resuelve las crisis con transiciones limpias. Las sobrevive a través de híbridos, sistemas remendados y dispositivos que tienen el sentido justo para evitar que la vida se detenga por completo.
AP informa que el Ciclobús realiza suficientes viajes para transportar a más de dos mil personas al día. Esa cifra es modesta frente a las necesidades de toda una ciudad, pero lo suficientemente grande como para mostrar cómo una pieza de infraestructura aparentemente pequeña puede convertirse en bisagra social cuando todo lo demás empieza a fallar. Un autobús. Un túnel. Un corredor estrecho entre la casa y el trabajo. En un sistema urbano más saludable, sería una curiosidad. En este, es una válvula de escape.
Lo que el autobús también revela es la centralidad continua del Estado en la gestión de crisis en Cuba, incluso cuando el Estado está visiblemente limitado. La empresa estatal de transporte de La Habana es la dueña del Ciclobús. Es barato, funcional y colectivo. Eso importa porque en momentos de escasez, Cuba suele recurrir no a la abundancia para unos pocos, sino a mecanismos racionados que al menos intentan mantener a la mayoría en movimiento. Si eso es suficiente es otra cuestión. Pero ayuda a explicar por qué un servicio viejo y torpe se ha vuelto tan valioso.

El precio de cruzar la bahía
La economía del túnel es tan reveladora como su geografía. El pasaje para abordar el Ciclobús va de dos a cinco pesos cubanos, dependiendo de si el pasajero transporta una bicicleta o una moto. AP señala que esto es solo una fracción minúscula de un dólar estadounidense en el mercado informal. En cambio, un taxi colectivo desde los barrios del este a través del túnel cuesta 1,000 pesos cubanos, unos 2 dólares. En comparación, un trabajador cubano puede ganar un salario mensual de 7,000 pesos cubanos, unos 14 dólares.
Esa brecha no es un detalle. Es la historia.
En una ciudad donde la mayoría de los empleos están de un lado y muchos trabajadores viven del otro, el transporte ya no es solo una cuestión de comodidad. Es una pregunta sobre quién puede seguir siendo económicamente activo. Un taxi privado puede seguir existiendo, pero pertenece a otro presupuesto. El Ciclobús, en comparación, es la delgada y asequible línea que mantiene a muchas personas conectadas con su trabajo. AP cita al profesor de gimnasia Bárbaro Cabral, de 32 años, quien esperaba sujetando su bicicleta mientras el autobús se llenaba. “La mayoría de los trabajos están del otro lado, en la ciudad, y por eso tenemos que usarlo para cruzar”, dijo.
Ese es el mapa social en una frase. El centro de la ciudad sigue concentrando el trabajo. El lado este sigue concentrando grandes zonas residenciales. Y entre ambos ahora está un autobús del túnel que transporta no solo pasajeros, sino la mecánica tensa de una economía bajo asedio energético.
Hay algo casi dolorosamente humilde en la escena. No hay una gran terminal. No hay un sistema futurista. Solo personas sujetando sus bicicletas en un autobús que traquetea por un oscuro paso subacuático porque las alternativas son demasiado largas, demasiado caras o simplemente inexistentes. Sin embargo, esa humildad es lo que le da al Ciclobús su fuerza como imagen. Muestra a Cuba no en el espectáculo, sino en la adaptación; no en la abstracción, sino en la secuencia. Espera tu turno. Sube la bicicleta por la rampa. Agarra la barra. Cruza la oscuridad. Llega al trabajo.
Al final, el autobús del túnel hace más que transportar cuerpos por la bahía de La Habana. Está transportando a una sociedad a través de otro episodio de compresión, donde la escasez de energía reduce el movimiento, vacía las calles y obliga a la ciudad a reorganizarse en torno a lo que aún funciona. El Ciclobús no es una solución a la crisis cubana. Es algo más modesto y, a su manera, más revelador. Es la prueba de que cuando a un país le falta combustible, empieza a medir la libertad en unidades más pequeñas: una bicicleta, una tarifa barata, un cruce corto que evita que el día se desmorone.
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