El programa Freestyle tras las rejas en Bolivia da una segunda oportunidad a jóvenes encarcelados
En Qalauma, en el Altiplano boliviano, voces adolescentes que antes eran solo expedientes ahora luchan por hacerse oír a través de la rima. Un concurso de freestyle en el patio de la prisión revela cómo el hip hop puede convertirse en disciplina, dignidad y una frágil ruta de regreso a las calles de La Paz.
Donde se encuentran la piedra, el aliento y el ritmo
El patio del Centro de Reinserción Social para Jóvenes “Qalauma” no parece un escenario a primera vista. Es un recinto en el altiplano, en Viacha, un municipio andino a unos 30 kilómetros de La Paz, situado a más de 3,900 metros sobre el nivel del mar. El aire es tan delgado que castiga cualquier carrera, y tan frío que hace que el cuerpo recuerde cada error cometido. Sin embargo, este martes, el patio se convierte en un anfiteatro repleto de adolescentes, guardias, visitantes y sonido—manos en alto, zapatillas golpeando el suelo, cuerpos inclinados como lo hacen las personas cuando quieren creer que una voz puede cambiar una vida.
El concurso se llama “Combatemática”, un nombre que parece un guiño y un reto a la vez: combate, pero también matemática—estructura, reglas, ritmo, disciplina. Es una batalla de freestyle, basada en la improvisación y la presión pública, donde tienes segundos para pensar y una multitud esperando que falles. Para jóvenes cuyas vidas a menudo han estado marcadas por el impulso, el formato es casi terapéutico: si pierdes el control de tus palabras, pierdes la ronda. Si mantienes la mente aguda, conservas la dignidad.
El simbolismo está justo en el nombre del centro. “Qalauma” significa “la gota que talla la piedra” en aymara. Es una metáfora que el Altiplano entiende mejor que cualquier ministro: la persistencia como geología, la paciencia como supervivencia. En ese patio, la gota es un verso. La piedra es una vida ya marcada por el Estado, la familia, la calle. La pregunta es si el lenguaje aún puede esculpir una nueva forma.

Un sistema penitenciario que aprende el lenguaje de los jóvenes
El evento cuenta con el respaldo de la congregación evangélica El Refugio Bolivia, parte del movimiento global ‘Dios en las calles’. Su presencia ofrece esperanza y consuelo, trayendo MCs de Bolivia, Argentina y Perú, y brindando pequeños gestos de amabilidad como cortes de cabello gratuitos que devuelven dignidad y autoestima, algo fundamental para la reinserción.
La presencia gubernamental no es distante ni ceremonial. El director del régimen penitenciario departamental de La Paz, el mayor de policía Brayan López, enmarca la elección del rap, el hip hop y el freestyle como una estrategia práctica, no un experimento de moda. “Por la edad que tienen, a ellos les gusta este tipo de música”, explicó.
Esa frase, sencilla en el papel, lleva una acusación implícita sobre lo poco que las instituciones se preocupan por gustar de lo que les gusta a los jóvenes. En Bolivia, como en gran parte de América Latina, el sistema penitenciario suele tratar a los jóvenes como un problema a contener más que como una población a comprender. El argumento de López no es romántico. Es logístico: si el objetivo es la reinserción, hay que llegar a la persona que realmente está ahí, no a la que uno desearía tener. “Les gusta el ‘freestyle’, el hip hop, el rap, entonces, con la ayuda de instituciones como esta iglesia podemos llegar a ellos”, añadió.
Al inaugurar la competencia, López describe la intención más profunda: ofrecer un canal de expresión y, junto a la reinserción, una esperanza ligada a “la palabra” de Dios, tarea que comparte con el pastor evangélico Renán Choque. Aquí la escena se vuelve inesperadamente moderna. Choque no viste como una autoridad visitante. Se ve como un MC—gorra baja, zapatillas, pantalones anchos, sudadera con letras estilo grafiti: “Doble H para Cristo”. Doble H es su nombre artístico, y lo lleva como un puente entre dos mundos que normalmente se niegan a dialogar.
Choque habla de la música urbana como algo que alguna vez usó de forma destructiva, una herramienta que podía alimentar el ego, provocar violencia o profundizar la caída de una vida joven. Ahora, dice, la utiliza de otra manera, adaptando el mensaje para que resuene con los jóvenes locales. ‘Ahora lo usamos de buena manera y con eso levantamos, ya no destruimos; con eso edificamos’, explica, describiendo el arte como un andamio para jóvenes que ya aman la música y el baile, pero necesitan algo más sólido bajo ese amor.
Las reglas del proyecto son estrictas en lo que importa. Esta Combatemática prohíbe las groserías, insultos y obscenidades—una insistencia en la creatividad “limpia” que obliga a los participantes a ampliar su vocabulario en vez de recurrir al impacto fácil. El objetivo no es la censura por sí misma; es entrenamiento. Choque dice que la meta es hacer que trabajen su intelecto a través de la improvisación, para producir un arte que “el niño, la madre y el abuelo” puedan escuchar sin incomodarse.
En una región donde la violencia pública a menudo comienza con la humillación pública, hay algo silenciosamente radical en enseñar a un joven a ganar sin degradar al otro.

Dieciséis voces y un trofeo, aún escalando el Altiplano
Antes de que comience la competencia, la multitud observa un duelo entre dos MCs visitantes—uno de Bolivia, otro de Argentina—demostrando velocidad, rima, confianza y control. Esto muestra disciplina y oficio, inspirando respeto tanto en los jóvenes como en el público.
Las batallas se desarrollan en rondas, intercaladas con presentaciones de otros freestylers invitados, quienes comparten testimonios de vida con los jóvenes y, a veces, comparten el mismo patio—sin división de escenario, sin cuerdas de terciopelo. Miembros de la congregación suman una presentación de baile, recordando a todos que la cultura no es solo lírica sino también física, una forma de moverse bajo presión con ritmo en vez de rabia.
Cada vez que una batalla está por comenzar, Doble H anima a la multitud como un presentador experimentado. Llama: “mano arriba, mano arriba toda Qalauma”, poniendo el patio en movimiento, convirtiendo a los espectadores en participantes, reemplazando la habitual quietud de la prisión por energía coordinada.
Dieciséis jóvenes compiten, improvisando sobre temas lanzados por los jueces—videojuegos, deportes, política, elementos—temas que los obligan a pensar más allá de sus expedientes, más allá de sus sentencias, más allá de la geografía limitada del encierro. Es casi imposible ignorar lo que esto exige. El freestyle no es solo hablar. Es memoria, ritmo, regulación emocional y la capacidad de leer a una audiencia sin explotar. En la mayoría de las cárceles, esas son habilidades de supervivencia. Aquí, también son habilidades cívicas.
Cuando alguien rompe las reglas, Doble H muestra una tarjeta amarilla o roja, tomando prestado el lenguaje del fútbol para imponer orden sin humillar. El castigo es claro pero no cruel; dice: puedes volver a empezar, pero no puedes fingir que la regla no existía. En una región donde la autoridad estatal suele llegar solo como castigo, esta forma más suave de estructura importa más de lo que parece.
El ganador recibe un trofeo y una camiseta de una marca oficial de freestyle—símbolos de logro que pueden parecer pequeños fuera de estos muros, pero que dentro pueden convertirse en prueba de que un joven es más que su peor día. Los premios no son lo importante. Lo importante es el momento en que un adolescente se da cuenta de que su mente aún funciona bajo presión, que sus palabras pueden ganarse aplausos en vez de sospechas, que una multitud puede reunirse a su alrededor por algo distinto a un delito.
En Bolivia, la reinserción suele discutirse como meta de política y experimentarse como rechazo social. La calle no siempre recibe de vuelta a un joven, incluso cuando la ley dice que ya pagó. Por eso esta escena en el Altiplano se siente más grande que un concurso. Es un experimento de dignidad—uno que intenta reemplazar la lección más corrosiva de la prisión, que eres solo lo que hiciste, por otra lección: también eres lo que puedes construir.
Allá arriba, a tres mil novecientos metros, el aliento es valioso. El tiempo también. En Qalauma, una gota puede tallar la piedra—pero solo si sigue cayendo, verso tras verso, día tras día, hasta que la superficie finalmente cambie.
La información y las citas de esta historia fueron reportadas originalmente por EFE.
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