Latinoamérica se aleja de las iglesias, pero no de Dios
En Latinoamérica, la casilla del censo cambia más rápido que el alma. Nuevas encuestas del Pew Research Center muestran que la identidad católica cae en Argentina, Brasil, Chile, Colombia, México y Perú, mientras aumentan los “sin religión”—pero la creencia en Dios sigue siendo ferozmente alta.
Una etiqueta que se reduce en una región que aún reza
En el papel, el cambio parece brusco: menos católicos, más personas que se declaran ateas, agnósticas o “nada en particular”. Pero en Latinoamérica, la religión nunca ha vivido solo en el papel. Vive en la forma en que una madre toca una frente antes de un largo viaje en autobús, en el santo del barrio cuyo nombre se convierte en atajo para la protección, en la vela encendida no como doctrina sino como costumbre, memoria y amor. Así que cuando el Pew Research Center informa que la proporción de católicos ha disminuido en los últimos diez años en algunos de los países más poblados de la región, la verdadera historia no es simplemente una iglesia perdiendo cuota de mercado. Es un continente que revisa su vocabulario de pertenencia—a veces en silencio, a veces con rebeldía, a menudo con una ternura complicada.
Según las encuestas del Pew Research Center realizadas en la primavera de 2024, que incluyeron a más de 6,200 adultos en Argentina, Brasil, Chile, Colombia, México y Perú, el catolicismo sigue siendo la religión más grande en cada uno de estos países. Sin embargo, “más grande” ya no significa lo que solía. Hoy, los católicos representan entre el 46% y el 67% de la población adulta en cada país encuestado, mientras que la proporción de adultos sin afiliación religiosa varía del 12% al 33%. En la última década, la proporción de católicos cayó nueve puntos porcentuales o más en los seis países, mientras que los no afiliados aumentaron siete puntos o más—y en varios lugares, los “sin religión” ya superan en número a los protestantes.
Aun así, la región se niega a encajar en la narrativa europea familiar de la fe que se escurre de la sociedad como agua de una taza agrietada. Según varias medidas de los mismos datos del Pew Research Center, los latinoamericanos siguen siendo, en promedio, profundamente religiosos. Alrededor de nueve de cada diez adultos encuestados en cada país dicen creer en Dios. En Brasil, esa cifra llega al 98%; en Chile, es del 89%. En Brasil, Colombia, México y Perú, aproximadamente la mitad o más dicen que la religión es muy importante en sus vidas, incluyendo el 79% de los brasileños y el 57% de los colombianos. La oración sigue siendo común: la mayoría de los adultos en Brasil, Colombia y Perú dicen que rezan al menos una vez al día, y en los seis países, la oración diaria va del 39% en Argentina al 76% en Brasil.
La contradicción solo es tal si se imagina la fe como una sola escalera—hacia arriba o hacia abajo, creyente o no creyente, iglesia o nada. Latinoamérica tiende a moverse de lado. Las personas se alejan de las instituciones mientras se aferran a lo metafísico. Rechazan una etiqueta pero conservan un ritual. Incluso entre los adultos no afiliados encuestados, la mayoría aún dice creer en Dios. En México, cerca de tres cuartas partes de los “sin religión” dicen creer en Dios—una respuesta que suena menos a certeza secular y más a una región que insiste en que el universo sigue poblado, aunque el banco de la iglesia no lo esté.
La encuesta anterior del Pew Research Center realizada en 2013–2014 permite una comparación directa en dos preguntas clave—afiliación religiosa y creencia en Dios—ofreciendo una instantánea de una década sobre cómo ha cambiado la región. La mayoría de las otras mediciones de 2024 no pueden compararse directamente porque las preguntas son nuevas o han cambiado de redacción. Pero la imagen de la afiliación por sí sola basta para mostrar un movimiento tectónico bajo la vida cotidiana.
A dónde fueron los ex católicos y qué conservaron
Hace una década, Argentina, Brasil, Chile, Colombia, México y Perú tenían mayorías católicas, con aproximadamente seis de cada diez adultos o más identificándose como católicos en cada país. Hoy, ese dominio se ha reducido. En 2024, aproximadamente la mitad de los brasileños y chilenos se identifican como católicos—46% en Brasil y 46% en Chile. Argentina está en 58%, Colombia en 60%, y México y Perú en 67% cada uno. El catolicismo ha estado disminuyendo en todos estos países al menos desde la década de 1970, según estimaciones de la World Religion Database, un recordatorio de que los titulares de hoy suelen ser la cresta visible de una ola más larga y profunda.
El cambio más dramático no es el crecimiento protestante, que muchos observadores externos alguna vez trataron como el único futuro alternativo de la región. El protestantismo se ha mantenido relativamente estable en estos países, según el Pew Research Center. En Brasil, el país más protestante de los seis encuestados, el 29% de los adultos se identifica hoy como algún tipo de protestante, frente al 26% en 2013–2014. El protestantismo pentecostal sigue siendo extendido, aunque el Pew Research Center señala que el porcentaje de protestantes que son pentecostales ha disminuido en la última década a medida que otras tradiciones han crecido.
En cambio, el gran movimiento es hacia el “nada en particular”. La proporción de adultos sin afiliación religiosa se ha duplicado aproximadamente en Argentina (24%), Brasil (15%) y Chile (33%); se ha triplicado en México (20%) y Perú (12%); y casi cuadruplicado en Colombia (23%). En Argentina, Chile, Colombia y México, los adultos no afiliados ya superan en número a los protestantes. México ofrece el contraste más claro: dos de cada diez adultos mexicanos se identifican como ateos, agnósticos o “nada en particular”, mientras que alrededor de uno de cada diez se identifica con alguna rama del protestantismo.
Pero la parte más humana de esta historia no son los porcentajes; es el acto de irse. El Pew Research Center vincula la disminución católica y el crecimiento de los no afiliados en parte al cambio religioso—adultos criados como católicos que ya no se identifican como tales. En los seis países, alrededor de dos de cada diez adultos o más dicen que fueron criados como católicos pero han dejado el catolicismo. En otras palabras, el cambio no es solo reemplazo generacional; es decisión personal, biografía vivida.
En Colombia, el 22% de los adultos dice que fue criado como católico pero ya no se identifica así. Eso incluye al 13% de todos los adultos que fueron criados como católicos y ahora se identifican como ateos, agnósticos o “nada en particular”, más el 8% que se ha vuelto protestante y el 1% que se identifica con otro grupo religioso. Brasil es el caso destacado: allí, los ex católicos tienen más probabilidades de ser ahora protestantes (13% de todos los adultos) que no afiliados (7%). En Perú, los ex católicos se dividen de manera más equilibrada—el 9% de todos los adultos se ha vuelto protestante y el 7% se ha vuelto “sin religión”.
Sin embargo, en los seis países, la mayoría de los adultos aún se identifica con una religión, y la creencia en Dios sigue siendo abrumadora. La afiliación religiosa va del 66% en Chile al 88% en Perú, incluyendo católicos, protestantes, testigos de Jehová y también religiones afrocaribeñas, afrobrasileñas e indígenas como Umbanda y Candomblé, junto a menores proporciones de budismo, hinduismo, islam y judaísmo. El mapa religioso de la región nunca ha sido un dibujo de dos colores. Es estratificado, entrelazado y lleno de dialectos locales de lo sagrado.
Las categorías también se comportan de manera diferente en la vida cotidiana. El Pew Research Center informa que los protestantes suelen ser más propensos que los católicos y los “sin religión” a decir que la religión es muy importante en sus vidas. En Chile, el 75% de los protestantes dice que la religión es muy importante, frente al 48% de los católicos y el 9% de los no afiliados. Los protestantes también tienen más probabilidades de asistir a servicios semanalmente o con mayor frecuencia; en Argentina, el 63% de los protestantes dice que asiste al menos semanalmente, frente al 12% de los católicos y el 2% de los “sin religión”. Sin embargo, los católicos portan otro tipo de visibilidad: son mucho más propensos a llevar o portar objetos o símbolos religiosos. En Colombia, seis de cada diez católicos dicen hacerlo, frente a dos de cada diez o menos entre los “sin religión” y protestantes colombianos—un recordatorio cotidiano de que el catolicismo latinoamericano a menudo vive no solo en la creencia sino en los objetos que acompañan al cuerpo.
Y luego hay un detalle que se siente distintivamente latinoamericano: los católicos y los adultos no afiliados suelen ser más propensos que los protestantes a creer que partes de la naturaleza—montañas, ríos, árboles—pueden tener espíritus o energías espirituales. En Brasil, aproximadamente seis de cada diez católicos y “sin religión” tienen esa creencia, frente a cerca de la mitad de los protestantes. Es como una región donde lo sagrado no solo está arriba, sino también alrededor—arraigado en el paisaje y la memoria, a veces sobreviviendo incluso cuando la lealtad institucional se desvanece.

La diáspora venezolana y la fe del regreso
Si la identidad religiosa está cambiando, también lo está el sentido de hogar en la región, y ambas historias se cruzan en las vidas de los venezolanos dispersos por Latinoamérica que evalúan si regresar. En el texto proporcionado, algunos migrantes dicen estar cautelosamente esperanzados después de que la salida del poder del líder de larga data Nicolás Maduro en EE. UU. aumentara las esperanzas de elecciones democráticas y una salida al colapso económico. Desde 2014, alrededor de una cuarta parte de la población de Venezuela se ha dispersado por Latinoamérica, el Caribe, España y Estados Unidos, huyendo de lo que el texto describe como una economía dependiente del petróleo y paralizada por la mala gestión. El éxodo—unos ocho millones de personas—ha transformado la demografía en las Américas y ha influido en la política mucho más allá de las fronteras venezolanas.
En Colombia, que el texto describe como el país con la mayor población migrante venezolana de Latinoamérica, Juan Carlos Viloria, un médico que ayuda a dirigir un grupo de defensa de migrantes, habla con una esperanza que suena a deber. “Quiero regresar a mi país, quiero ayudar a reconstruirlo”, dice. Pero también describe la gravedad que arrastra a la gente de vuelta al miedo: con Delcy Rodríguez, identificada en el texto como ex vicepresidenta de Maduro, consolidando su poder, los migrantes sopesan el riesgo de represión y la realidad de la inseguridad económica. Señala que las comunidades fronterizas en el noreste de Colombia han visto un aumento de personas que cruzan a Colombia para ganar algo de dinero mientras la situación se estabiliza—una vida improvisada, hecha de cruces.
Otras voces en el texto proporcionado contienen tanto anhelo como escepticismo en la misma frase. Nicole Carrasco, quien se mudó a Chile en 2019 después de que arrestaran a su padre, teme que poco haya cambiado para los presos políticos y sus familias. “No es como si Venezuela ya fuera libre—aún hay muchas personas muy malas en el poder”, dice, mientras también anhela ver a su familia y comer comidas tradicionales como arepas. El texto señala que la líder opositora y ganadora del Premio Nobel de la Paz, María Corina Machado, cuya candidata fue vista ampliamente como la legítima ganadora de las elecciones de 2024 que Maduro fue acusado de manipular, ha pedido una transición de poder lo antes posible para que los venezolanos puedan regresar a casa.
En Panamá, el texto proporcionado capta el ánimo de personas a medio camino, suspendidas entre países y desenlaces. Luis Díaz, que viaja de regreso a Venezuela tras un año en México, dice: “No sé si es bueno o malo. Ahora que han hecho lo que han hecho, algo diferente va a empezar”. Omar Álvarez, también de paso por Panamá rumbo a casa, ofrece una fe más declarativa, la clase de fe que los migrantes suelen aprender a pronunciar porque el desaliento es demasiado costoso. “Todos los que estamos fuera de Venezuela, creo que podemos unirnos y recuperar nuestro país trabajando juntos, como siempre lo hemos hecho en cada país al que hemos llegado”, dice. “Con todos unidos, la economía de nuestro país volverá a levantarse”.
Leído junto a los hallazgos del Pew Research Center, la historia de la diáspora agudiza el significado de los “sin religión” en Latinoamérica. Dejar el catolicismo, para muchos, no significa dejar de creer; significa dejar una institución mientras se conserva el lenguaje de la esperanza, la protección y la rendición de cuentas moral. Dejar un país puede funcionar igual: se abandona una estructura que te falló, pero se sigue creyendo en la posibilidad de regresar. En ambos casos, la región muestra un patrón obstinado: la identidad cambia, pero el anhelo permanece.
Así que el cambio de década captado por el Pew Research Center no es un simple declive religioso. Es una reorganización de cómo los latinoamericanos se nombran a sí mismos—católico, protestante, nada en particular—a la vez que siguen rezando, creyendo, portando símbolos y buscando sentido en la naturaleza y la comunidad. El catolicismo puede estar disminuyendo como etiqueta censal en Argentina, Brasil, Chile, Colombia, México y Perú, pero lo sagrado no ha hecho las maletas. En Latinoamérica, incluso la incredulidad suele hablar con acento de fe, y hasta los no afiliados siguen buscando—hacia Dios, hacia el hogar, hacia algo que diga que el futuro aún puede repararse.
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