VIDA

Miniaturas de Alasita en Bolivia convierten el patrimonio de la UNESCO en un ritual callejero vivo

En la feria de Alasita en Bolivia, casitas, billetes y autos diminutos representan esperanzas reales, inspirando a los espectadores a sentirse optimistas y conectados con la tradición. Esta semana, los artesanos eligieron nuevos representantes del Ekeko mientras La Paz trabaja para salvaguardar las rutas rituales reconocidas por la UNESCO. Aquí, la preservación también es política y memoria.

Una pasarela de ponchos y bigotes pintados

En el Parque Urbano Central, la feria se ha realizado desde el 24 de enero, y para el miércoles, el espacio albergaba a un público diferente. No solo compradores recorriendo los puestos, sopesando pequeños bultos en sus manos, sino familias observando cómo se desarrollaba un pequeño desfile. Una passarela. Una pasarela, llena de ponchos coloridos, pantalones oscuros y el suave arrastre de ojotas sobre el suelo.

Seis niños y un adulto participaron en el concurso para representar al Ekeko, el dios andino de la abundancia. Cada uno llevaba un ll’uchu, un gorro tejido, coronado con un sombrero de fieltro. En los niños, el detalle que acercaba a los adultos era el bigote, pintado, una exageración intencional que los hacía lucir serios y juguetones al mismo tiempo. El detalle sensorial era la tela en capas, la manera en que la lana y el fieltro retienen el calor y huelen levemente a sol y polvo tras horas al aire libre.

Llevaban bienes atados a sus cuerpos, dicen las notas, como si el futuro pudiera equilibrarse con hilo y paciencia. Víveres. Billetitos. Vehículos en miniatura. Los objetos eran lo suficientemente pequeños como para caber en una palma, pero el deseo detrás de ellos no se sentía pequeño.

Caminaban y bailaban con entusiasmo. Esa es la observación cotidiana que sugiere la escena. La gente representará la esperanza incluso cuando el año ha sido pesado. Se reirán de un bigote pintado y aun así lo dirán en serio cuando expresan su deseo de abundancia.

El niño Ian Limpias fue elegido como Ch’iti Ekeko, el Ekeko pequeño. El artesano Rubén Titirico se convirtió en Jach’a Ekeko, el grande. Su elección fue organizada por la Federación Nacional de Artesanos Expositores de Navidad y Alasita, conocida como Fenaena, y la oficina municipal de cultura, como parte de las actividades coordinadas con el municipio de La Paz para “salvaguardar” la festividad.

Lo que esto hace es colocar un ritual vivo dentro de un marco administrativo. Una tradición no solo se practica. Se documenta. Se informa hacia arriba. Se defiende.

Artesanos bolivianos eligen representantes del Ekeko, el dios andino de la abundancia, en La Paz, Bolivia. EFE/ Esteban Biba

Salvaguardando un ritual que se niega a quedarse quieto

Américo Gemio, secretario municipal de culturas, describió el propósito de manera sencilla. A través de estas actividades, dijo, “lo que busca es la salvaguarda de la Alasita”, declaró a EFE.

La necesidad de salvaguarda no es abstracta. Las rutas rituales realizadas durante la Alasita en La Paz fueron declaradas Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO en [2017], destacando su importancia cultural global. Ese reconocimiento es un honor, y también una obligación, una promesa de mantener lo que ha sido reconocido sin congelarlo en algo sin vida.

Gemio planteó la importancia en términos generacionales. “Lo que estamos haciendo es salvaguardar porque los niños y toda la gente tenemos que recordar la existencia y la esencia del Ekeko y eso nos va a permitir documentar y decirle a la Unesco en los próximos 5 años ‘quiero la validación de mi categoría patrimonial’”, dijo a EFE.

La complejidad de la Alasita—ser tanto ancestral como urbana, seria y lúdica—debería inspirar admiración y respeto por su perdurable significado cultural. Es una antigua tradición andina y también una urbana. Es ancestral y mestiza. Es un ritual y una feria. Es seria y juguetona. Es todo eso a la vez, y precisamente por eso la gente sigue regresando.

El propio nombre de la feria, Alasita, significa “cómprame” en aymara. El acto de comprar es parte del lenguaje ritual. El 24 de enero al mediodía, los paceños bendicen las miniaturas que representan sus deseos, una práctica que continúa hoy. La feria se extiende por semanas, convirtiendo el calendario de la ciudad en un largo corredor de anhelos, elecciones, bendiciones y cargas.

Gemio describió lo que significa el Ekeko para los bolivianos: abundancia, sueños y deseos por cumplir. Esas palabras pueden sonar genéricas en el lenguaje de políticas públicas. Aquí resultan concretas porque los objetos son concretos. Un pequeño fajo de billetes. Un vehículo diminuto. Un hogar en miniatura. Puedes señalarlo y, al hacerlo, confiesas lo que necesitas.

Rubén Titirico, ahora el Jach’a Ekeko, relacionó el significado con la multitud que sostiene la tradición. El Ekeko representa prosperidad y abundancia, dijo, y la gente viene a la feria a comprar “cosas en miniaturas” con la esperanza de que se hagan realidad, contó a EFE.

La apuesta aquí es simple pero profunda: que repetir un ritual puede ayudar a traer el futuro, o al menos ayudar a una persona a soportar la espera.

Artesanos bolivianos eligen representantes del Ekeko, el dios andino de la abundancia, en La Paz, Bolivia. EFE

De la piedra de Tunupa a una muñeca colonial

La Alasita se ha transformado a lo largo de los siglos, y la figura del Ekeko lleva esa historia en su propio cuerpo. En tiempos prehispánicos, lo que hoy se conoce como illa, una efigie de piedra del dios Tunupa, representaba al Ekeko. Más tarde, durante la época colonial, el Ekeko surgió en la forma que persiste hoy: una muñeca regordeta, de piel blanca, ojos claros, mejillas rosadas, cargada de bienes en la espalda.

Esa representación no es neutral. Los historiadores, según las notas, sugieren que podría haber aludido a la apariencia del hacendado español Francisco de Rojas o de su yerno, Sebastián de Segurola, entonces gobernador de La Paz. El Ekeko, en otras palabras, no es solo un dios andino de la abundancia. También es un registro de imposición colonial y adaptación local, un símbolo que lleva la tensión de quién es representado y cómo.

Según las notas, a Segurola también se le atribuye haber ordenado el traslado de la festividad de diciembre a enero. Originalmente, la celebración marcaba el solsticio de verano del hemisferio sur el 21 de diciembre, con miniaturas colocadas ante deidades andinas como las illas, para que los deseos que representaban se hicieran realidad durante el año. El cambio a enero estuvo ligado a la conmemoración de la victoria y la resistencia tras un asedio indígena que castigó a La Paz durante meses en 1781.

Así, una festividad sobre bendecir deseos es también una fiesta nacida del conflicto y reorganizada por el poder, lo que debería generar conciencia sobre la historia política más profunda detrás de la celebración. Esa es la realidad política más profunda bajo los puestos y las risas. Una ciudad puede preservar una tradición y, al mismo tiempo, estar preservando una historia de quién controló el calendario, quién escribió la historia oficial y quién sobrevivió.

Y sin embargo, el ritual persiste. Persiste porque la gente sigue haciéndolo, y porque la feria sigue siendo un lugar donde lo íntimo y lo colectivo se encuentran. Un niño con bigote pintado puede cargar miniaturas y bailar en una pasarela, y un adulto puede mirar sabiendo que esto no es solo tierno. Es continuidad. Es documentación. Es una demanda, pronunciada suavemente en forma de miniatura.

El reconocimiento de la UNESCO a veces puede sentirse como una vitrina de cristal. La Alasita resiste el vidrio. Sigue moviéndose. Sigue comprando. Sigue bendiciendo. En una ciudad que recuerda asedios, gobernadores y transformaciones, los objetos más pequeños aún llevan la mayor insistencia: que la abundancia no es solo una palabra, sino también una práctica.

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