Hinchas argentinos persiguen sueños, billeteras y una estrella más rumbo al 2026
Los partidos de la fase de grupos de Argentina en el Mundial 2026 en Estados Unidos están lo suficientemente cerca como para parecer posibles—y lo suficientemente caros como para sentirse crueles. Con vuelos, hoteles y reventa de entradas por las nubes, la pasión argentina choca con los números duros y el sacrificio blando.
Tres ciudades, una obsesión y un calendario que tienta
Para los hinchas argentinos, el Mundial nunca es solo un torneo. Es una peregrinación, una discusión familiar, una transferencia bancaria, una promesa susurrada a uno mismo cuando el mes se hace largo. Ahora, con Argentina lista para disputar los tres partidos de la fase de grupos del Mundial 2026 en Estados Unidos, el sueño tiene un itinerario concreto—uno que en el mapa parece manejable y en el presupuesto, demoledor.
El equipo dirigido por Lionel Scaloni y liderado en la cancha por Lionel Messi quedó en el Grupo J, con partidos programados para el 16 de junio contra Argelia en Kansas, el 22 de junio contra Austria en Dallas y el 27 de junio contra Jordania, también en Dallas. Para una hinchada entrenada por décadas de viajes—copas continentales, finales intercontinentales, largas noches en aeropuertos ajenos—esas fechas suenan a llamado. Y los números sugieren que ese llamado está siendo respondido. Los datos de la FIFA ubican a los argentinos entre las diez nacionalidades que más entradas han solicitado para el torneo.
El recuerdo de Qatar 2022 sigue ardiendo: cerca de 35.000 argentinos viajaron para ver al menos un partido de la Albiceleste cuando el equipo se consagró campeón hace cuatro años. Estados Unidos es un destino más familiar, más cercano y—al menos en teoría—más fácil de recorrer. Esa proximidad tiene su propio efecto psicológico: hace que lo imposible parezca negociable. También eleva las expectativas de que las tribunas se tiñan aún más de celeste y blanco esta vez, mientras los hinchas persiguen la idea de una cuarta estrella.
Un ensayo de ese hambre ya se vivió a mediados de 2025, durante el Mundial de Clubes disputado en varias ciudades estadounidenses, cuando hinchas de Boca Juniors y River Plate llenaron estadios como si la distancia fuera un detalle menor. La diáspora futbolera argentina no solo viaja; coloniza el ruido.
El precio de llegar y el arte de hacerlo posible
Hoy en Argentina, la posibilidad de comprar dólares se ha flexibilizado respecto a años anteriores, pero eso no ha restaurado mágicamente el poder adquisitivo. Los ingresos reales siguen siendo ajustados, y los costos de vuelos, alojamiento y entradas levantan un muro que ni la devoción siempre puede escalar. El Mundial puede ser emocionalmente democrático, pero el camino al estadio siempre ha sido económico.
Los datos de las plataformas de viajes marcan el salto. Según cifras brindadas a EFE por la empresa Despegar, las búsquedas desde Argentina para vuelos a Estados Unidos en junio ya subieron un 50% respecto a 2025. Por su parte, la agencia Almundo dijo a EFE que las consultas sobre cuánto cuesta viajar de Buenos Aires a Dallas se dispararon un asombroso 3.000%. Incluso descontando clics por curiosidad y especulación temprana, esos picos reflejan algo real: un público intentando convertir la emoción en un plan.
Los costos base son contundentes. Por ahora, el vuelo más barato ida y vuelta a Dallas desde Argentina, considerando escalas y conexiones internas en EE.UU., ronda los 1.200 dólares. Algunas agencias venden paquetes que incluyen entrada para uno de los tres partidos de Argentina en la fase de grupos, más hotel, traslados al estadio y asistencia al viajero, desde 3.150 dólares—sin pasaje aéreo. Las ofertas más completas cubren 13 días, con vuelos y traslados internos, pensadas para toda la fase de grupos. Para dos personas, esos paquetes superan los 22.700 dólares.
Aun así, los hinchas argentinos son famosos por convertir la escasez en logística. Comparten habitaciones, duermen lejos del centro, toman colectivos nocturnos y tratan la incomodidad como parte de la historia que después contarán. Los sitios de reservas ya muestran opciones económicas: habitaciones en hoteles alejados del centro por unos 75 dólares la noche en Dallas, un precio que parece razonable hasta que se multiplica por los días y se suman transporte, comidas y los costos ocultos de ser un cuerpo extranjero en una ciudad ajena. El fútbol enseña a sus hinchas una habilidad que los economistas rara vez miden: la capacidad de priorizar la alegría por sobre la comodidad.

La verdadera puerta es la entrada, y la moneda es la emoción
El obstáculo más difícil, sin embargo, no es el vuelo ni el hotel. Es el derecho a entrar al estadio. Comprar a través del sistema oficial de la FIFA es un desafío en sí mismo, y aun cuando funciona, los precios pueden ser abrumadores. Las entradas cuestan cientos de dólares, y el mercado secundario las eleva aún más. En sitios de reventa, una entrada para Argentina vs. Austria ronda los 700 dólares incluso en la categoría más económica, según cifras citadas en los reportes.
Ahí es donde la historia nacional se afila en una cuestión de clase. En enero de 2026, el salario mínimo mensual en Argentina llegó a 341.000 pesos, unos 235 dólares, mientras que el ingreso promedio mensual ronda el millón de pesos, unos 683 dólares. Frente a esos números, una sola entrada que equivale a un pequeño salario mensual vuelve el sueño matemáticamente absurdo para muchos. Si se suman pasajes, alojamiento y gastos básicos, el viaje se convierte en una experiencia de élite, aunque la emoción detrás sea universal.
Sin embargo, la desigualdad argentina genera una paradoja: una porción relativamente pequeña de la población aún puede costear el viaje, y esa porción puede ser más que suficiente para llenar sectores de estadios, especialmente si se suma a los argentinos que ya viven en el exterior. Las tribunas, en otras palabras, no representan al país de manera pareja; representan la capacidad del país de convertir dinero en presencia.
El analista económico Damián Di Pace dijo a EFE que viajar al Mundial 2026 en Estados Unidos, México y Canadá será “un poco más caro” para los argentinos que lo que fue Qatar 2022. La razón no es solo la inflación de entradas, sino la realidad cambiaria: incluso con menos controles ahora, comprar dólares es más caro que entonces. Y aun así, Di Pace agregó una frase que resuena en cualquier barrio argentino donde el fútbol es un segundo idioma: la decisión de ir no es puramente racional. “No creo que la definición de ir al Mundial tenga que ver con el valor de nuestra moneda”, dijo a EFE, enfatizando la intención y el sacrificio. En esa elección, sugirió, el agente emocional vence al económico.
Ese es el drama silencioso detrás de la fiebre argentina por viajar al Mundial. Los hinchas no solo calculan costos; negocian identidad. Estar ahí es decir que el título significó algo, que la historia sigue, que la cuarta estrella no es solo un sueño en la televisión sino una canción que intentaste cantar desde la tribuna. Para algunos, ganarán los números. Para otros, el corazón. Y en junio de 2026, en algún punto entre Buenos Aires y Dallas, la frontera que más importa tal vez no sea la que se estampa en el pasaporte, sino la que separa lo que una persona puede pagar de lo que se niega a soltar.
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