¿Cómo podría cambiar algo que no me satisface y que le hace daño al medio ambiente?

Las grandes compañías multinacionales, por muy poderosas que sean y, los gobiernos, por muy arrogantes que sean, deberán cambiar

¿Cómo podría cambiar algo que no me satisface y que le hace daño al medio ambiente?

El consumo responsable es la herramienta que tenemos los ciudadanos de obligar a los productores de cualquier bien o servicio que compremos, a mejorar considerablemente sus acciones y prácticas ambientales y sociales.

Todos queremos el cambio, pero pocos queremos cambiar. Pues bien, quiero hacer énfasis en que los cambios de conciencia colectiva y en los hábitos de consumo son la herramienta más eficaz para generar cambios sustanciales en nuestro entorno para proteger nuestro único hogar, el planeta tierra.

Read in english: How could I change something that does not satisfy me and that harms the environment?

En ocasiones nos sentimos ínfimos e inofensivos frente a las grandes marcas, frente a las grandes compañías y pensamos, ¿cómo podría yo cambiar algo que no me satisface porque considero que hace daño al medio ambiente? La respuesta es que nuestros hábitos de consumo son tan poderosos que envían mensajes contundentes a los gobiernos y a las empresas sobre cómo queremos que se desarrollen los productos y servicios que compramos.

Incluso, en ocasiones, nuestro cambio de conciencia puede obligar a algunas grandes empresas a que tomen decisiones trascendentales. “O cambiamos o nos quiebran los nuevos hábitos de consumo de nuestros clientes”, podría decir cualquier CEO de cualquier multinacional frente a un cambio sustancial de conciencia colectiva.

Un ejemplo visible es el uso de pitillos, popotes o pajillas, estos tubitos plásticos para sorber nuestra bebida de un vaso. Tan inútiles como nocivos para miles de animales y para la salud de ríos y océanos. En Colombia se ha dado una revolución en contra de estos inútiles elementos que son usados tan sólo por unos 20 minutos en promedio y cuya descomposición podría tardarse unos 400 años.

Rechazando el consumo de los pitillos, popotes o pajillas se le envía un mensaje claro a los fabricantes: “no queremos más desperdicios inútiles en nuestro planeta”. Por tanto, las grandes empresas dedicadas a la fabricación de este producto tienen sólo tres alternativas:

  1. Cambian de producto a uno amigable con el ambiente, como podría ser el reemplazo del plástico por el papel a la vieja usanza
  2. Se dedican a dar un mejor uso al plástico a través de otros productos menos inservibles
  3. Cierran su negocio y pierden su posición en el mercado

Este es otro ejemplo, fácilmente de encontrar alrededor del mundo. Existen marcas de ropa sobre las cuales se tiene sospecha de que sus prendas son confeccionadas con el sudor de miles de niños esclavos mal pagados en países asiáticos en condiciones infrahumanas.

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Si los dueños de esas reconocidas marcas de ropa descubren que sus ventas bajan porque nuestros hábitos de consumo nos han impulsado a comprar prendas de marcas similares que pagan salarios justos a sus empleados, que mantienen buenas prácticas ambientales y que garantizan cientos estándares de calidad, tiene esta vez menos opciones:

  1. Empiezan por pagar sueldos justos, ofrecer calidad y respetar el medio ambiente
  2. Sencillamente desaparecerán del mercado

¿Tomamos decisiones o dejamos que decidan por nosotros?

Nuestro planeta puede dejar de sufrir si nosotros demostramos compromiso de buenos hábitos de compra, pero sobre todo si cada uno de nosotros demuestra criterio y carácter a la hora de comprar.

Así como en las relaciones personales determinamos si nos conviene una amistad o por el contrario no nos conviene, así mismo debemos fijarnos en lo que vamos a comprar.

Cuando conocemos a alguien, para ayudarnos a determinar la confiabilidad de la persona nos preguntamos ¿de dónde viene? Y cuando estamos entrados en la relación, nos preguntamos ¿hacia dónde irá? Exactamente esas dos preguntas son las que debemos hacernos cuando de consumo se trata.

¿De dónde viene? Es una pregunta clave, pues si viene del otro lado del mundo, su huella de carbono es mucho mayor que si es un producto local. Si bien el lugar de origen de algunos artículos está lejano a nuestra ciudad, en ocasiones se hace indispensable consumirlos, pero en la medida de lo posible, es mejor consumir productos locales. El precio de transporte se reduce y las emisiones de gases de efecto invernadero a la atmósfera no fueron tan grandes como si viniera del otro lado del mundo.

¿Para dónde va? Cuando hayamos terminado de usar el producto que elegimos, cuál es la probabilidad de que éste pueda ser reutilizado por otras personas o se pueda dar un buen uso de reciclo es un indicador de que estamos comprando amigablemente. No es lo mismo comprar una bolsa de tela que la podemos usar una y mil veces para cargar los productos que compramos en el mercado, a comprar bolsas plásticas. Estas, en el mejor de los escenarios, les vamos a dar dos o tres usos y luego irán directo a un relleno sanitario para acumularse como basura o en el peor de los casos a algún río y al mar, contaminando nuestros océanos y poniendo en riesgo la vida en el planeta.

Finalmente, otro de los factores a tener en cuenta es el “Comercio Justo”, es muy habitual que en nuestros países latinoamericanos pidamos rebaja o negociemos el precio de un producto. Sin embargo, cuando se trata de una artesanía, elaborada por las manos de las comunidades indígenas o campesinas, pedir rebaja está prohibido si queremos hacernos llamar consumidores responsables, pues lo que con las manos de un indígena se elabora, tiene mucho más valor real que el precio que se le da en el mercado.

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Una de las artesanías latinoamericanas más reconocidas internacionalmente son las mochilas Wayuu que elaboran indígenas de esa etnia al norte de Colombia, en la árida y desértica península de La Guajira. Tristemente, este es uno de los tristes casos en los que se ve la ausencia del Comercio Justo.

Una indígena Wayuu emplea casi tres semanas tejiendo una de estas piezas de arte. La materia prima, los hilos para una mochila de tamaño promedio, le cuestan entre cinco y siete dólares. Los intermediarios se las compran entre 12 y 15 dólares, pero en los centros comerciales de Bogotá se encuentra este producto en unos precios que oscilan entre los 70 y los 100 dólares.

Es lamentable que después de tres semanas de trabajo aquellas indígenas sólo reciban menos de 10 dólares en promedio de utilidad por su trabajo ¿Te gustaría trabajar tres semanas para obtener apenas 10 dólares? Supongo que la respuesta es no. Por eso es importante saber a quién beneficio con mi compra y si es un indígena o un campesino el que me vende, nunca pedir rebaja, es preferible no comprar.

Si queremos el cambio, cambiemos nuestros hábitos, las grandes compañías multinacionales, por muy poderosas que sean y los gobiernos, por muy arrogantes que sean, deberán cambiar, transformarse, evolucionar, si es que quieren que sigamos comprando sus productos y servicios.

LatinAmerican Post | Alberto Castaño

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