Violencia en Venezuela

En noviembre de 1998, a un mes antes de las elecciones presidenciales, el expresidente de Venezuela, Carlos Andrés Pérez, dijo que “vamos a hundir al país en una tragedia que no debería vivir nunca Venezuela (…) esto se convertirá en una dictadura”, refiriéndose al caos político, económico y social que se avecinaba si el candidato y golpista, Hugo Chávez (quien negaba ser de izquierda), era elegido presidente.

Casi 20 años después, Pérez se vistió de Nostradamus aquel noviembre. En el país más rico de la región se aguanta hambre, no hay medicinas y la gente está desesperada.

El mundo entero observa impotente cómo, en un estado social de derecho, se vulneran las garantías fundamentales del pueblo. Muchos, queriendo cuidar la democracia, iniciaron su lucha desde el mismo diciembre en que Chávez se posesionó como mandatario con más del 56% de los votos.

El legado del ‘Comandante’, a la cabeza del presidente Nicolás Maduro, deja ver cómo la tierra que vio nacer al libertador Simón Bolívar implora por el derecho y asistencia a la salud. Los pasillos de los centros hospitalarios se llenan más rápido que antes; donde la desesperanza es peor que la indiferencia justificada de los médicos y enfermeras, pues no hay medicinas.

Esto desencadenó a que el Parlamento declarara en 2016 una “crisis humanitaria de salud”.

Los centros de abasto, tiendas y mercados se han transformado en grandes almacenes de estanterías vacías, clamando por ser llenadas, no solo para que se recuperen los puestos de trabajo que también desaparecieron, sino para que los estómagos hambrientos de los ciudadanos puedan volver a la vida.

La falta de insumos, incluso para fabricar pan, han hecho que los venezolanos tengan una dieta monótona y desequilibrada ubicando al país en un posible umbral de hambruna. La demanda de producción de alimentos solo cubre el 30%; el resto debe ser importada.

El desespero es el común denominador en las calles venezolanas. Miles de ciudadanos opositores marchan constantemente con rabia y tristeza para que su voz sea escuchada. Pero el régimen se defiende con brutalidad. Agentes de la Guardia y la Policía Nacional Bolivariana con alevosía disparan a quema ropa contra sus mismos compatriotas, dejando un camino de heridos y muertos; muchos de ellos jóvenes entre los 17 y 22 años.

Centenares de padres con desconsuelo no saben si sus hijos volverán a casa después de verlos salir para tratar de continuar con su diario vivir, pero que, desgraciadamente, en su camino se atraviese intempestivamente un convoy de fuerzas militares en ejercicio de sus deberes, o tal vez, llenos de estúpido heroísmo queriendo componer la situación con sus propias manos. Los ciudadanos también se pueden encontrar cara a cara con los perdigones lanzados por la Guardia Nacional.

Razonamiento heredado de horas de incertidumbre reunidos en las mesas de sus hogares buscando estrategias o salidas, confiados en que el día después de mañana será el último de esa pesadilla generalizada.

A Nicolás Maduro le estalló la crisis en la cara. Tiene al país desbaratado y el pueblo lo está pagando costosamente. ¿Cuántas lápidas más deberán erigirse en los cementerios venezolanos para que la comunidad internacional haga algo para que Maduro salga?

LatinAmerican Post | Juan Felipe Guerrero C.
Copy edited by Susana Cicchetto

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