Las masacres en las cárceles de Ecuador revelan el lucrativo inframundo que se beneficia tras las rejas
Ocho muertes en dos cárceles de Ecuador han roto un periodo de relativa calma. La crisis de fondo involucra rutas de cocaína, pandillas fracturadas e instituciones debilitadas que han cedido repetidamente el control cotidiano, y deja a los presos y a sus familias absorber las devastadoras consecuencias.
El silencio se rompe de nuevo
Frente a la cárcel de El Inca, en Quito, los familiares esperaban noticias el jueves, según muestran las fotografías. Adentro habían muerto cuatro presos. Otros cuatro fueron asesinados en la cárcel de Cotopaxi, en Latacunga. Diez personas resultaron heridas en las dos instalaciones, según la autoridad penitenciaria, el SNAI.
Los ataques del 22 de octubre interrumpieron la relativa calma posterior a las intervenciones carcelarias del presidente Daniel Noboa. El SNAI dijo que había identificado a presuntos responsables y que los trasladaría a El Encuentro, la instalación de máxima seguridad central en su campaña para restablecer el control.
Mucho seguía sin aclararse. Un informe interno difundido por la periodista Karol Noroña describió disparos y un aparente estrangulamiento en Latacunga. La sugerencia de que organizaciones rivales coordinaron ataques contra presos de Los Choneros seguía sin confirmarse. Identificar a presuntos organizadores y anunciar sus traslados seguía dejando sin respuesta una pregunta urgente: cómo llegaron las armas a sus objetivos.
Esa pregunta se remonta más allá de Noboa.
En diciembre de 2020, el asesinato de Jorge Luis Zambrano, conocido como Rasquiña, rompió el arreglo de liderazgo alrededor de Los Choneros. Antiguos aliados desafiaron su autoridad. Grupos como Los Lobos y Los Tiguerones se convirtieron en adversarios en una lucha que se extendió por los pabellones carcelarios y los barrios.
En febrero de 2021, una violencia coordinada en varias cárceles mató a 79 reclusos. En septiembre de ese año, al menos 119 murieron en la Penitenciaría del Litoral de Guayaquil. Solo esos dos brotes se cobraron al menos 198 vidas. La concentración importa: las rivalidades podían causar pérdidas catastróficas en cuestión de horas, y echar por tierra cualquier panorama tranquilizador dibujado en semanas más calmadas.

Cómo una celda se convierte en negocio
La ubicación de Ecuador ayuda a explicar el dinero detrás de esas rivalidades. Entre Colombia y Perú, el país ofrece puertos en el Pacífico por los que la cocaína puede entrar al comercio internacional. Las organizaciones criminales compiten por mover cargamentos y proteger el acceso a la infraestructura de exportación. Sus relaciones con traficantes extranjeros dan a las disputas locales un interés financiero que va mucho más allá de los muros de una cárcel.
Adentro, el control aporta otra fuente de ingresos.
Human Rights Watch documentó en 2022 cómo los presos y sus familiares pagaban a las pandillas por protección y necesidades básicas. Algunas familias describieron transferencias de entre 20 y 50 dólares semanales a cuentas de desconocidos. A lo largo de un año, una demanda ininterrumpida a esos niveles extraería de un hogar entre 1.040 y 2.600 dólares. Ese cálculo ilustra la carga; no es un promedio anual medido.
Un colchón, el acceso a suministros y la posibilidad de evitar una celda de aislamiento se convirtieron en oportunidades de coerción. Las familias de afuera ayudaban, en efecto, a financiar la autoridad criminal que retenía a sus parientes adentro. Arrestar a un miembro de una pandilla podía, por tanto, dejar en funcionamiento los ingresos y la estructura de mando de la organización.
Las grandes cárceles abiertas durante la presidencia de Rafael Correa debían modernizar el encarcelamiento. En cambio, concentrar a los reclusos sin personal adecuado ayudó a que las redes criminales se consolidaran. El lugar de Latacunga en esa historia hace especialmente difícil aceptar otra promesa de salvación arquitectónica.
La retirada del Estado tenía raíces institucionales identificables. Human Rights Watch informó que la disolución del Ministerio de Justicia en 2018 entregó la supervisión carcelaria al SNAI, una agencia con menos recursos y menos influencia. La Comisión Interamericana de Derechos Humanos encontró un promedio de un guardia por cada 62 detenidos por turno, y uno por cada 99 en algunas cárceles más grandes.
Esas proporciones históricas describen cómo se desarrolló la crisis; no deben confundirse con las cifras actuales de personal. Muestran la dificultad de proteger a presos vulnerables cuando los propios agentes están superados en número y expuestos. La corrupción agrava el desequilibrio al permitir el paso de armas y contrabando por límites supuestamente controlados.
El hacinamiento intensifica esa lucha. Más personas compiten por espacio, servicios y protección limitados, lo que hace más difícil resistirse a la afiliación a un grupo armado. Sin embargo, el hacinamiento por sí solo no puede explicar ataques coordinados. El dinero, las disputas organizativas y el acceso a armas convierten la debilidad institucional en capacidad para el asesinato organizado.

Trasladar presos, dejar los problemas
Noboa declaró un conflicto armado interno en enero de 2024 y desplegó fuerza militar contra las organizaciones criminales. La intervención armada puede interrumpir la violencia inmediata. Mantener después un control legal requiere una administración civil confiable, inteligencia que funcione e investigaciones sobre los funcionarios y proveedores que hacen posibles las economías carcelarias.
Los traslados pueden perturbar esas economías, pero también desestabilizar los arreglos existentes. En noviembre de 2025, la violencia en la cárcel de Machala mató al menos a 31 reclusos mientras las autoridades preparaban traslados. Los funcionarios vincularon el brote con esa reorganización. El episodio demuestra por qué trasladar presos exige anticipar represalias y proteger a quienes se quedan.
Las cifras generales complican las afirmaciones de éxito. Datos oficiales obtenidos por Reuters registraron 1.220 muertes en cárceles en 2025, incluidas al menos 206 muertes violentas, frente a 46 muertes violentas en 2024. El saldo violento creció más de cuatro veces. El total general incluye enfermedades y otras causas y no puede presentarse como un conteo de masacres. Menos motines por sí solos no pueden establecer una custodia más segura.
El jueves también trajo la detención de la política opositora y excandidata presidencial Luisa González. El ministro del Interior, John Reimberg, sugirió una conexión entre su arresto y los ataques en las cárceles, sin presentar evidencia. “¿Coincidencia?”, preguntó en X, en declaraciones reportadas por EFE.
Esa insinuación no explica las armas, los controles comprometidos ni las decisiones que dejaron ocho presos muertos. Establecer responsabilidades requiere evidencia que conecte a las personas con actos específicos. El momento político no puede suplirla.
El Encuentro podría albergar al próximo grupo de sospechosos. La tarea más difícil de Ecuador es asegurar que cada cárcel tenga una autoridad más fuerte que las pandillas y responsable de mantener con vida a las personas. Las familias no deberían tener que comprar esa protección por su cuenta.




