ANÁLISIS

Los presidentes latinoamericanos luchan por la aprobación mientras el público exige cambios reales

Claudia Sheinbaum y Nayib Bukele dominan un nuevo ranking presidencial latinoamericano, pero la historia más profunda está debajo de ellos. Las amplias valoraciones desfavorables sugieren un capital político frágil, electorados impacientes y una brecha persistente entre ganar el poder y lograr que el gobierno se sienta útil.

Dos líderes por encima de la multitud

Un presidente aparece en una conferencia de prensa matutina. Otro habla a través de las redes sociales. Para los ciudadanos que esperan calles más seguras o alivio frente a las cuentas del hogar, esas apariciones pueden señalar atención. Que esa atención se convierta en servicios públicos confiables es una pregunta más difícil.

Claudia Sheinbaum, de México, y Nayib Bukele, de El Salvador, lideran la encuesta de octubre de CB Global Data con valoraciones favorables del 69,3 % y el 68,3 %, respectivamente. Los encuestados evaluaron a su propio líder nacional. Estas cifras miden el sentimiento interno, no una preferencia regional por la presidenta de México sobre el de El Salvador.

Su diferencia importa mucho menos que su distancia respecto de todos los demás. Bukele supera al tercer lugar, Luis Abinader, de República Dominicana, por 16,4 puntos porcentuales. Solo cuatro de los 18 líderes superan el 50 % de favorabilidad. Doce enfrentan valoraciones negativas superiores al 50 %.

La mediana de la valoración favorable reportada es del 43,5 %. Eso describe el centro de este grupo de presidentes, dando a cada país el mismo peso. No significa que el 43,5 % de los latinoamericanos apruebe a sus gobiernos. Brasil y Uruguay tienen tamaños de población muy distintos.

CB entrevistó a entre 1.959 y 3.911 adultos por país del 5 al 8 de octubre, con márgenes de error de 1,6 a 2,2 puntos porcentuales con un 95 % de confianza. Esos márgenes no separan con claridad al par que lidera. El alza de 0,3 puntos de Sheinbaum respecto a septiembre tampoco ofrece mucha evidencia de mejora.

El titular defendible es una fortaleza sostenida en la cima, junto con un descontento generalizado más abajo.

El presidente de Colombia, Abelardo de la Espriella. EFE/Mauricio Dueñas

La luna de miel se encuentra con la calle

El director de CB, Cristian Buttié, dijo a EFE que Sheinbaum y Bukele gobiernan con modelos opuestos pero comparten una ventaja política: atienden las principales prioridades de sus sociedades, se comunican constantemente y proyectan un gobierno presente.

Es una interpretación de su éxito, no un hallazgo causal establecido por el ranking. Aun así, identifica algo importante sobre las expectativas latinoamericanas. Una administración puede resultar ideológicamente familiar y, sin embargo, sentirse distante cuando los problemas cotidianos siguen sin resolverse.

Para los hogares con poco margen financiero, la distinción entre el progreso nacional y la mejora personal puede ser implacable. Una inflación más lenta no revierte los aumentos de precios anteriores. Un anuncio de seguridad no hace necesariamente más seguro el camino a casa. Los presidentes reciben el juicio aunque la implementación dependa de instituciones que no pueden transformar de la noche a la mañana.

La peruana Keiko Fujimori ilustra con qué rapidez llega ese juicio. Su valoración favorable cayó del 52,4 % en septiembre al 46,3 %, un descenso de 6,1 puntos. Tras asumir el cargo en julio, ya enfrenta más evaluaciones negativas que positivas, con una opinión desfavorable del 50,8 %.

Buttié atribuye su caída a la creciente preocupación por el crimen y a respuestas gubernamentales insuficientes. La encuesta no aísla esas causas de explicaciones alternativas. Sin embargo, pasar de una mayoría favorable a una mayoría negativa en un solo mes marca un deterioro político sustancial.

El chileno José Antonio Kast, en el cargo desde marzo, tiene un 38,8 % de valoración favorable frente a un 56,8 % desfavorable. El colombiano Abelardo de la Espriella, investido en agosto, tiene un 49,7 % favorable y un 47 % desfavorable. Sus posiciones distintas advierten contra declarar igualmente dañada a toda administración nueva.

Comparten la exposición a expectativas que la campaña eleva más rápido de lo que el gobierno puede satisfacer. Contratar investigadores, coordinar fiscales y reparar los servicios públicos requiere capacidad administrativa. Anunciar determinación es más rápido. Un gobierno que gana atención debe demostrar, tarde o temprano, qué ha entregado esa atención.

El patrón ideológico también se resiste a una consigna regional fácil. El argentino Javier Milei tiene un 36,1 % de favorabilidad, mientras que el brasileño Luiz Inácio Lula da Silva tiene un 45,3 %. Las malas valoraciones atraviesan campos políticos. Esta instantánea ofrece una evidencia más sólida de dificultades para mantener el apoyo público que de un giro regional uniforme hacia la izquierda o la derecha.

El presidente de Bolivia, Rodrigo Paz. EFE/Luis Gandarillas.

Lo que el ranking no puede prometer

Los rankings pueden halagar a gobiernos cuya posición real es precaria. El ecuatoriano Daniel Noboa ocupa el sexto lugar, pero su 47,5 % de valoración favorable apenas supera su 46,9 % desfavorable. Un lugar respetable en este grupo puede describir un país dividido y no un amplio consentimiento.

En el fondo, el guatemalteco Bernardo Arévalo tiene un 31 % favorable frente a un 63,1 % desfavorable. La venezolana Delcy Rodríguez registra un 32,3 % favorable y un 60,9 % desfavorable. Esas brechas indican una debilidad reputacional severa dentro de estas muestras. No identifican las mismas causas ni muestran que los dos gobiernos enfrenten circunstancias institucionales equivalentes.

La favorabilidad tampoco pronostica el resultado. El 45,3 % de Lula, con una caída de 3,2 puntos, no se traduce en su porcentaje de votos en la segunda vuelta del domingo. Los adultos encuestados no son necesariamente quienes votarán, y los ciudadanos insatisfechos pueden preferir igualmente a un presidente en funciones frente a su oponente. Las entrevistas también terminaron más de dos semanas antes del día de la elección.

El método importa entre fronteras. Las encuestas en línea dependen de a quién se puede llegar y quién acepta participar. Las cuotas demográficas no pueden corregir automáticamente toda diferencia entre los encuestados y los ciudadanos que representan. Los márgenes de error reportados tampoco pueden captar toda influencia de la redacción de las preguntas, la falta de respuesta o la reticencia a criticar al poder.

El peligro político práctico es confundir visibilidad con legitimidad duradera. Los líderes pueden personalizar los logros mediante transmisiones diarias o mensajes en línea estrechamente controlados. También concentran la culpa cuando las promesas no llegan a los hogares.

Para los ciudadanos, la prueba duradera llega cuando termina el discurso: si la clínica funciona, si el sueldo alcanza y si la calle se siente más segura. Estas valoraciones sugieren que, en gran parte de la región, los presidentes aún tienen mucho trabajo por hacer antes de que sus afirmaciones de progreso se conviertan en una experiencia cotidiana convincente.

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