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Reportaje: La guerra entre la perfección artística y los trastornos mentales

La educación artística perpetúa modelos de enseñanza que incentivan la competencia dañina y generan trastornos psicológicos en aquellos que aspiran a ser profesionales en el campo

Reportaje: La guerra entre la perfección artística y los trastornos mentales

Hace un año y medio decidí iniciar mi carrera como artista, específicamente en el área de danza, en la Pontificia Universidad Javeriana, plenamente consciente de que el camino iba a ser difícil. La dificultad, en mi mente, iba a radicar en cómo cambiar mis hábitos tras llevar una vida completamente sedentaria.

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No me imaginé en ningún momento que ese cambio iba a implicar el dejar de comer por horas o que iba a bajar hasta diez kilos en vacaciones, con una dieta bastante cuestionable, para lograr tener unas piernas y un cuerpo “ideal” que me permitiera “mejorar mi rendimiento”. 

La Asociación Nacional de Atletas Colegiados (NCAA, por sus siglas en inglés) identifica los trastornos alimentarios como problemas graves de salud y señala que los más expuestos a desarrollar hábitos de comida desordenada y trastornos alimentarios son los que participan en actividades como la gimnasia, el patinaje artístico, la danza y el porrismo.

No busqué ayuda porque, afortunadamente, no llegué a una etapa crítica. Sin embargo, durante varios días me culpé a mí misma por haber sido tan débil al sucumbir ante la recomendación de mi maestra de bajar de peso que, aunque hecha con buenas intenciones, me tomé de forma muy personal por mi historial de gordura. 

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“Problemas alimenticios siempre hay. Es una guerra entre la auto imagen y cómo el otro me valora… más allá de que se deje de comer, es la situación de cómo nos empezamos a ver y creamos una imagen para que el otro la valide”, explica Martha Montaño, estudiante de danza de la Javeriana. 

La educación artística, lastimosamente, sigue perpetuando unos modelos de enseñanza que, en lugar de contribuir al crecimiento de la calidad humana, incentivan la competencia dañina y generan, de esta forma, trastornos psicológicos en aquellos quienes aspiran a ser profesionales en el campo. 

“Sobre todo cuando se habla de academias de ballet, en donde son muy estrictos con algunos requisitos que le piden a las aspirantes a bailarinas, se busca alcanzar estándares bastante altos de perfección tanto en los movimientos como en la parte estética, donde se tiene que tener y conservar una figura”, afirma la doctora Silvana Cabrera, neuropsicóloga de la fundación cardioinfantil.  

No me imaginé en ningún momento que ese cambio iba a implicar el dejar de comer por horas o que iba a bajar hasta diez kilos en vacaciones, con una dieta bastante cuestionable, para lograr tener unas piernas y un cuerpo “ideal” que me permitiera “mejorar mi rendimiento”. 

Montaño recuerda que en alguna de sus múltiples academias de formación dancística tuvo que pasar por varios niveles para descubrir en dónde se encontraba y, con rabia, cuenta que en los más avanzados tuvo que soportar la crítica de una maestra que pretendía que los estudiantes lo supieran todo. 

“Si yo voy a una academia es para aprender algo cada día, pero en lugar de eso ignoran los procesos y eligen observar o alabar a aquel que lo hace ‘perfecto’. También pasa que, a la hora de componer, las niñas que llevan más tiempo o pagan regularmente van adelante. No te valoran por lo que haces sino por rosca”, comenta Montaño. 

Para la doctora Cabrera, la tendencia de muestra sociedad a valorar el ser “extraordinario” desencadena muchas problemáticas en aquellos que tratan de alcanzar dichos estándares. Es por esto que, aunque se debe incentivar la excelencia desde jóvenes, en casa se puede ayudar a manejar la frustración que viene con la decepción. 

“La frustración o el error siempre va a aparecer y no es algo malo tener alguna dificultad en el camino, eso siempre va a aparecer y se debe convivir con ello y aprender a manejarlo. Hay que recalcar día a día que no podemos tenerlo todo de forma inmediata, que debemos esperar, que hay que esforzarse y que muchas veces, así nos esforcemos, las cosas no van a ser como esperamos”, señala Cabrera. 

“Gente que está a punto de graduarse me hizo sentir que lo que soy no vale, que cada que me equivoco es porque no debo estar donde estoy y entré en una depresión terrible"

Todo esto se resume en un problema educacional muy complejo porque, de alguna u otra forma, el que enseña hoy tuvo que encajar dentro del mismo modelo en su momento; un modelo que para algunos resulta bastante conveniente en su búsqueda de “poder” o aceptación. 

“Gente que está a punto de graduarse me hizo sentir que lo que soy no vale, que cada que me equivoco es porque no debo estar donde estoy y entré en una depresión terrible. Pensé en desistir del énfasis, al igual que muchos otros, porque no me dieron la oportunidad de probar que la forma en que mi cuerpo se mueve es válida y, como no estaba en su círculo, mi presencia no servía”, cuenta Montaño. 

En ese punto empiezan los problemas de ansiedad o pánico y pasar al frente se convierte en una tortura por el miedo a ser juzgado. Se deja a un lado el sentir propio y todo empieza a girar en torno a cómo te definen los demás o cómo te defines frente a los demás: no me sube la pierna como a Andrea, no hago tantos giros como Juan, no soy tan buena como Carolina. 

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“Empecé a sentirme miserable y a preguntarme si alguna vez iba a ser buena en lo que quiero hacer en mi vida. Llegaron los problemas de auto estima y la soledad; no quería estar con nadie porque sentía que todos me juzgaban y me volví hostil. Me alejé de mi misma porque otros me hicieron creer que lo que era no valía”, concluyó Martha. 

Una educación somática, que se acerque al movimiento desde un sentir y pensar consciente, es una metodología que podría sustituir el constante enaltecer o degradar al otro por su hacer. Quitar del camino términos como “bueno” o “malo” y permitirles a todos mostrar lo que su cuerpo puede o no hacer da cabida a proyectos de vida bien encaminados y retroalimentaciones positivas que construyan y no destruyan.  

 

LatinAmerican Post | Luisa Fernanda Báez
Copy edited by Marcela Peñaloza

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