Colombia rechaza con razón los canjes de rehenes del ELN porque la vida humana no es moneda política
La negativa de Colombia a aceptar canjes de rehenes con el ELN merece apoyo. Las vidas humanas no pueden convertirse en moneda política, y un reciente rescate ofrece una alternativa a la capitulación. El desafío es proteger a los cautivos de hoy sin hacer que el secuestro de mañana sea una mejor inversión para los grupos armados.
Un retén no es justicia
Antes de convertirse en material de negociación en un comunicado guerrillero, eran cuatro personas viajando en un vehículo particular. Hombres armados los interceptaron el 17 de agosto cerca de Bucarasica, en el noreste de Colombia, en la carretera entre Cúcuta y Ocaña. Un mes después, sus captores discutían qué podrían obtener por su libertad.
Los cautivos son el mayor Fredy Alexis Russi González, los policías Erika Tatiana Monroy Hurtado y Edinson Yesid Medina Traslaviña, y la civil Angi Jácome. El 17 de septiembre, el presidente Abelardo de la Espriella rechazó un intercambio con el Ejército de Liberación Nacional, o ELN. “No habrá intercambio”, declaró.
Esa negativa merece apoyo. Un gobierno no debe permitir que una organización armada fabrique activos de negociación secuestrando personas en una vía pública.
El ELN alega actividad delictiva y vínculos con un grupo armado rival. Esas son acusaciones del captor, no pruebas de culpabilidad. Su promesa de investigar a sus propios prisioneros es especialmente grotesca: la organización responsable de su cautiverio propone decidir cuándo merecen libertad.
En mayo, EFE informó que el ELN había impuesto supuestas condenas de hasta cinco años a dos funcionarios de la fiscalía y de hasta tres años a dos policías. Este es el premio institucional detrás de la retórica: el poder de hacerse pasar por un tribunal.
El conflicto armado interno de Colombia es real, pero esto no es un intercambio convencional entre estados en guerra. El derecho internacional humanitario prohíbe la toma de rehenes. Invocar la guerra no convierte a los seres humanos en fichas de negociación legítimas ni obliga al gobierno a aceptar las condiciones de los secuestradores.

El incentivo que Bogotá debe rechazar
El argumento más fuerte contra un canje tiene que ver con el próximo secuestro. Si capturar a un oficial puede asegurar concesiones, ese oficial se vuelve valioso dos veces: primero como un obstáculo retirado de la calle, luego como moneda de presión sobre el Estado. Negarse busca romper esa segunda transacción.
Eso es especialmente relevante en el Catatumbo, donde el ELN, disidencias de las FARC, remanentes del EPL y bandas criminales compiten en torno al cultivo de coca y los corredores de tráfico. La pobreza de la región convive con valiosas economías ilícitas. Una política anti-secuestro debe enfrentar a organizaciones que pueden buscar influencia política e ingresos criminales al mismo tiempo.
Un intercambio podría ofrecer más que personal. Podría señalar que un retén puede obligar a Bogotá a negociar. Rechazar esa proposición protege un principio democrático elemental: la autoridad pública no debe distribuirse según quién pueda secuestrar a más personas.
Los secuestradores aún pueden buscar publicidad o control territorial sin esperar un canje. Eso limita los argumentos disuasorios, pero no obliga al Estado a sumar otra recompensa a su cálculo.
También vale la pena tomar en serio una alternativa práctica. El 15 de septiembre, las autoridades anunciaron el rescate de ocho personas en zona rural de Convención que, según la versión oficial reportada por EFE, llevaban dos años en cautiverio del ELN. El gobierno atribuyó el éxito a la coordinación entre militares y policías, el intercambio de inteligencia y la unidad antiextorsión del Ejército.
Recuperar a ocho personas es un logro humano significativo. No es una tasa de éxito nacional, ni prueba de que rechazar canjes disuadirá todos los secuestros. Pero demuestra que la elección no siempre debe ser ceder concesiones o aceptar un cautiverio interminable. La capacidad operativa puede crear otra salida.
La lección, entonces, debe ser inversión, no arrogancia. Financiar la inteligencia y la coordinación que hacen posible la recuperación. Medir el éxito por las personas que regresan a casa y los secuestros prevenidos, no por el volumen de amenazas presidenciales.

La firmeza debe traer a las personas de regreso
El precedente útil de Estados Unidos es más preciso que el eslogan de que Washington nunca negocia. Su directiva sobre rehenes de 2015 rechazó concesiones, incluyendo el pago de rescates y la liberación de prisioneros, pero permitió expresamente la comunicación con los secuestradores y los intermediarios. Rechazar una recompensa y rechazar una conversación son políticas diferentes.
Colombia debe preservar esa distinción. Un canal para confirmar que alguien está vivo, gestionar medicinas u organizar una entrega no tiene por qué otorgar reconocimiento político al ELN. Cerrar esos canales sería descartar herramientas útiles sin necesariamente negar a los secuestradores algo que valoran.
En mayo, siete cautivos, incluida una mujer venezolana, fueron liberados en Arauca a través de una comisión humanitaria en la que participaron la Defensoría del Pueblo, la Iglesia Católica y las Naciones Unidas, según EFE. Ese episodio ilustra un mecanismo que el gobierno debe mantener disponible, junto a las operaciones de rescate legales.
Las familias, por su parte, nunca deben ser tratadas como una debilidad en la estrategia nacional. Merecen información confiable, apoyo psicológico y funcionarios que respondan a sus llamadas. Su desesperación no es deslealtad. Un Estado que rechaza concesiones asume una mayor obligación de demostrar que no ha rehusado su responsabilidad.
Los habitantes rurales no deberían tener que elegir entre amenazas guerrilleras y un gobierno que trata sus pueblos como territorio enemigo. La promesa positiva aquí es la ciudadanía igualitaria: el camino al trabajo pertenece al público, no a quien controle el fusil más cercano.
Tampoco un rescate exitoso en otro lugar garantiza un resultado seguro aquí. Cualquier operación debe anteponer la vida de los cautivos y la protección de los civiles al espectáculo político. La promesa de De la Espriella de actuar dentro de la Constitución y la ley debe ser un límite exigible, no una fórmula ceremonial.
Colombia acierta al rechazar la transacción propuesta por el ELN. El punto no es que cuatro vidas valgan menos que un principio. Es que proteger esas vidas no debe establecer un modelo de negocio para robar otras cuatro.
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