ANÁLISIS

Honduras y el problema de la legitimidad tras la toma de posesión de Tito Asfura

Nasry Tito Asfura asumió el cargo en una ceremonia pequeña y sencilla que parecía un mensaje. Afuera, los simpatizantes llenaban las calles bajo fuerte seguridad. Adentro, Honduras cambiaba de presidente en silencio mientras flotaban en el aire discusiones sobre fraude, el Congreso y la alineación con EE. UU.

Una toma de posesión de una hora con mil cosas no dichas

No entró como un hombre que espera un estadio.

Nasry “Tito” Asfura ingresó al salón del Congreso sin tomar el corredor de honor donde estaban reunidos la prensa y los invitados. Vestía un sencillo traje azul oscuro. Sostenía la mano de su esposa. Lissette Del Cid vestía de blanco. Se notaba timidez en la forma en que saludó a las pocas personas presentes y al nuevo presidente del Congreso, como si el salón mismo fuera más pequeño que el momento.

La ceremonia duró cerca de una hora en la sede del legislativo hondureño, un marcado contraste con sus predecesores que asumieron el poder en un estadio de fútbol en eventos descritos en las notas como muy adornados y largos. La comunidad internacional estuvo presente, pero solo como delegaciones diplomáticas, no como el centro del acto. La estructura fue básica y familiar: el himno nacional, una bendición religiosa, cadetes militares de guardia, el juramento constitucional y la banda presidencial azul y blanca.

El detalle sensorial está más en el paisaje sonoro que en la decoración. Un himno nacional en un salón que resuena. Una oración pronunciada en voz alta. El suave roce de los uniformes. Ese tipo de silencio oficial que te hace escuchar tu propia respiración.

El discurso de Asfura estuvo a la altura del montaje. Doce minutos. Directo. Habló de reducir el tamaño del Estado, seguridad, salud, economía, y mencionó la “paz”. No llenó el salón de saludos. No se desenvolvió bien ante las cámaras.

“Honduras no te voy a fallar, vamos a estar bien. Dios los bendiga a ustedes a sus familias, dios bendiga a Honduras”, dijo.

El problema es que en Honduras, palabras como paz y estabilidad caen en un terreno ya agrietado. Una toma de posesión minimalista puede señalar disciplina, austeridad o un deseo de cambiar la imagen. Pero también puede señalar otra cosa: una presidencia que llega con baja legitimidad y elige mantener la celebración contenida.

Miembros de la policía hondureña patrullan una calle la semana pasada, en Tegucigalpa, Honduras. EFE/ Carlos Lemos

Un primer decreto y la sombra del pasado

Asfura no mencionó a la comunidad internacional en sus palabras. Tampoco mencionó a Estados Unidos, a pesar del apoyo apresurado que recibió antes de las elecciones. Tampoco mencionó al expresidente Juan Orlando Hernández, del mismo Partido Nacional, quien fue indultado por el presidente estadounidense Donald Trump de una condena por narcotráfico en 2024, un día después de la elección que ganó Asfura.

El silencio nunca es neutral en una transición como esta. Lo que hace es obligar al público a llenar los vacíos con lo que ya sabe.

Su primer acto como presidente no fue una declaración de política exterior ni un anuncio importante de seguridad. Fue una firma. Firmó un decreto para poner en venta el avión presidencial, una aeronave adquirida durante la administración de Hernández y que no fue utilizada por la presidenta saliente, Xiomara Castro.

Es una imagen diseñada para viajar fácilmente. Se vendió un avión. El Estado reducido a su mínima expresión: un rechazo al confort de la élite. En un país donde la confianza en las instituciones ya es escasa, la austeridad simbólica puede sentirse como una respuesta simple a una pregunta compleja.

Durante toda la ceremonia, Asfura se persignó repetidamente. Rara vez se separó de su esposa, ahora primera dama. En los minutos finales de su discurso, recitó una oración católica.

Hay una frase que se repite en momentos como este, no porque sea cínica sino porque es cierta: en una democracia frágil, hasta la coreografía se convierte en argumento.

Personas venden productos la semana pasada, en Tegucigalpa, Honduras. EFE/ Carlos Lemos

Fuera del recinto, una multitud y un Congreso a la espera

Mientras el salón parlamentario permanecía con poca decoración y escasa asistencia, las calles alrededor del Congreso contaban otra historia. Simpatizantes llenaban la zona con banderas hondureñas, coreando “Sí se pudo” bajo un fuerte despliegue militar que llevaba días resguardando el área.

Tras el juramento, Asfura caminó por el corredor donde esperaba la prensa y subió a una pequeña tarima. Repitió, con más fuerza, que Honduras estaría bien. Volvió a bendecir. No se detuvo a hablar con los periodistas. Se dirigió rápidamente a un escenario al aire libre junto al Congreso, donde la multitud lo recibió con vítores.

En las notas se le describe como empresario de la construcción de origen palestino. Su ascenso llega tras un proceso electoral marcado por la tensión, un mes de retraso en la publicación de los resultados oficiales de la votación del 30 de noviembre y un estrecho margen sobre Salvador Nasralla, del Partido Liberal.

El gobierno entrante asume una transición ya condicionada por la desconfianza. La administración saliente, encabezada por Xiomara Castro, no apoyó la transferencia. El partido de Castro, LIBRE, denunció fraude electoral. El ambiente se volvió hostil durante semanas, con intentos frustrados de movilización y sin respaldo de observadores internacionales, según las notas.

Y luego está el Congreso, el escenario que definirá cuánto del programa de Asfura es real y cuánto es retórico. El equilibrio está fragmentado: 49 escaños para el Partido Nacional, 41 para el Partido Liberal, 35 para LIBRE y representación marginal para otros. El Partido Nacional puede buscar una mayoría simple, pero las mayorías calificadas requerirán negociación, probablemente con el Partido Liberal, descrito como internamente dividido y guiado por una lógica de voto transaccional.

Aquí es donde la gobernabilidad se vuelve menos un asunto de discursos y más de aritmética.

La evaluación general en las notas es tajante: Honduras entra en una nueva fase política con una transición frágil, una profunda crisis de confianza en el sistema político-electoral y baja legitimidad para el gobierno entrante. La elección es descrita como ampliamente cuestionada por irregularidades institucionales y técnico-legales, incluidas dudas sobre el TREP y los escrutinios especiales, dentro de una arquitectura electoral esencialmente sin cambios desde 2004 y ajustada en 2021.

La estabilidad, en este marco, no es un destino. Es una negociación.

Para la administración Trump, Honduras es descrita como un socio clave en migración, seguridad regional y alineamiento geopolítico, especialmente tras el respaldo personal de Trump a Asfura. Pero las notas advierten sobre riesgos derivados de la impunidad estructural, la captura institucional, la priorización de intereses privados y el debilitamiento del espacio cívico.

Esta es la disputa de fondo en la nueva presidencia: si Honduras seguirá una agenda orientada al sector privado y la inversión para reconstruir la confianza, o si esa agenda abrirá viejas heridas, especialmente para defensores de derechos humanos, comunidades indígenas y garífunas, y zonas rurales ya marcadas por conflictos socio-territoriales.

Las alineaciones de política exterior listadas en las notas son explícitas. Restablecer relaciones diplomáticas con Taiwán. Volver al mecanismo de solución de controversias de inversión del Banco Mundial a través del CIADI. Continuar la cooperación en seguridad, extradición y control migratorio. Mantener la base militar Palmerola Soto Cano. Potencialmente reactivar o reconfigurar las ZEDES, zonas económicas especiales ampliamente criticadas por falta de transparencia.

La apuesta aquí es si una alianza más estrecha con Washington le dará a Honduras un respiro, o si profundizará las asimetrías sin enfrentar lo que impulsa la migración y la inestabilidad: corrupción, pobreza, violencia e impunidad.

La toma de posesión de Asfura fue breve. Las preguntas que le esperan no lo son. En Honduras, un presidente puede entrar por un corredor lateral y aun así cargar con todo el peso de un sistema en disputa sobre sus hombros.

Lea También: Ruido sin colapso: las relaciones Colombia–Estados Unidos tras doce meses de tensión

Related Articles

Botón volver arriba