Los reyes de la aprobación en América Latina revelan el nuevo y agudo precio de la democracia
El mapa de aprobación presidencial en América Latina muestra una región que premia el orden, castiga la deriva y mide la democracia menos por sus instituciones que por el miedo, los precios, la seguridad y la frágil sensación de que alguien finalmente tiene el control de la vida cotidiana.
La popularidad ya no es inocente
La última encuesta regional de CB Consultora Opinión Pública se lee como un termómetro político aplicado a un continente febril. En la cima están los presidentes que, de maneras muy distintas, han aprendido a convertir el agotamiento público en poder. En el fondo quedan líderes, encargados y gobiernos asediados atrapados en la vieja maldición latinoamericana: gobernar sociedades que exigen milagros mientras las instituciones llegan tarde, débiles, divididas o ya desacreditadas.
Nayib Bukele encabeza el ranking con un 70,1 por ciento de aprobación en El Salvador, seguido de cerca por Claudia Sheinbaum de México con un 69,8 por ciento. Rodrigo Chaves de Costa Rica ocupa el tercer lugar, con un 59,5 por ciento. Ese trío dice algo incómodo sobre la región. Los votantes no solo eligen ideología. Eligen sensación. La sensación de seguridad. La sensación de continuidad. La sensación de que la presidencia todavía tiene el volante.
La cifra de Bukele es la más reveladora. Su popularidad sigue siendo enorme incluso cuando su segundo mandato consecutivo viola una prohibición constitucional y su gobierno continúa gobernando bajo un estado de excepción que comenzó en marzo de 2022. Para muchos salvadoreños, el cálculo moral parece brutalmente práctico: si las calles se sienten más seguras, las advertencias institucionales pierden peso. Ese es el nuevo pacto democrático, y debería preocupar a la región precisamente porque es tan fácil de entender.
La posición de Sheinbaum cuenta una historia diferente. Gobierna México como su primera presidenta, incluso cuando la inseguridad aún ensombrece la vida nacional, pero su nivel de aprobación se mantiene cerca del de Bukele. Su apoyo sugiere hambre de estabilidad más que de ruptura. En México, la continuidad puede ser un activo político cuando la gente teme más al caos que al cansancio. El peligro es que una alta aprobación también puede suavizar el escrutinio. Cuando un líder comienza con confianza, las instituciones deben trabajar más, no menos, para mantener su independencia.
Chávez, pronto a entregar el poder a Laura Fernández, ocupa un curioso tercer lugar. Su ascenso en favorabilidad desde marzo sugiere que, incluso cerca de la salida, un presidente puede beneficiarse del deseo público de franqueza y confrontación política. Costa Rica, largamente imaginada como la excepción democrática educada de la región, no es inmune al mismo ánimo continental. Allí también los votantes pueden premiar a un líder que parece cortar los procedimientos, incluso cuando el procedimiento es parte de la herencia democrática.

Miedo, cansancio y la mano dura
La mitad de la tabla muestra una región sin un guion ideológico estable. Luis Abinader en República Dominicana se mantiene a flote con un 57,3 por ciento de favorabilidad. Rodrigo Paz de Bolivia se ubica en 52,9 por ciento al acercarse a los seis meses en el cargo. Daniel Ortega, tras 19 años gobernando Nicaragua y ahora compartiendo el poder con Rosario Murillo, aparece con una imagen positiva del 51,8 por ciento. Lula da Silva, quien ha liderado la encuesta varias veces antes, cae al séptimo lugar con un 48,4 por ciento de aprobación y un 49,1 por ciento de desaprobación.
Esas cifras resisten una lectura fácil. Muestran que América Latina no está simplemente girando a la derecha o a la izquierda. Está girando hacia la impaciencia. La región se mueve menos por doctrina que por resultados, o por la actuación creíble de resultados. Seguridad, inflación, corrupción, migración, poder criminal y el costo de los alimentos han desgastado las viejas lealtades partidarias. La gente no siempre pregunta si un modelo es liberal, conservador, socialista o populista. Pregunta si la ruta del bus es segura, si el salario alcanza para sobrevivir al supermercado y si sus hijos pueden volver vivos a casa.
Por eso la sombra de Bukele es más grande que El Salvador. Su fórmula política se ha convertido en una tentación regional, incluso donde los líderes no pueden copiarla del todo. La idea es simple y peligrosa: la democracia debe probarse más rápido de lo que se propaga el miedo. Si los tribunales, congresos y procedimientos parecen lentos, la mano dura gana poesía. Empieza a sonar como protección. Empieza a parecer dignidad recuperada. Pero América Latina sabe, por un largo y amargo archivo, que los poderes de emergencia rara vez siguen siendo herramientas limpias una vez que se vuelven costumbre.
La mitad inferior de la encuesta es igual de reveladora. José Antonio Kast de Chile, recién en el cargo, tiene un 45,1 por ciento de aprobación y un 49,9 por ciento de rechazo. Santiago Peña de Paraguay cuenta con un 43,2 por ciento de apoyo y una imagen negativa del 52,3 por ciento. Yamandú Orsi de Uruguay se ubica en 41,7 por ciento positivo y 55,4 por ciento negativo. Nasry “Tito” Asfura de Honduras alcanza un 40,5 por ciento de aprobación frente a un 54,3 por ciento de desaprobación. Gustavo Petro de Colombia, cerca del final de su mandato, registra un 38,2 por ciento de favorabilidad y un 57,5 por ciento de rechazo.
Este es el panorama de expectativas castigadas. A los nuevos presidentes no se les concede una larga luna de miel. A los viejos presidentes no se les perdonan las promesas incumplidas. A los reformistas se les juzga por el dolor diario. A los conservadores se les juzga por el miedo y los precios. El ánimo público es más agudo, más desconfiado y menos paciente de lo que la clase política quiere admitir.

La región vota con los nervios
El último escalón lleva la advertencia más dura. Bernardo Arévalo, Javier Milei, Daniel Noboa, José Raúl Mulino, Delcy Rodríguez y José María Balcázar de Perú se ubican en una zona donde la desaprobación se convierte en un hecho de gobierno, no solo en un problema de encuestas. El 17,9 por ciento de imagen positiva y el 67,9 por ciento de rechazo de Balcázar colocan a Perú en el punto más profundo de la línea de crisis de la encuesta. Delcy Rodríguez de Venezuela, con un 27,5 por ciento de apoyo y un 67,6 por ciento de imagen negativa, muestra otra versión del mismo agotamiento democrático: el poder sin legitimidad amplia se convierte en administración, no en persuasión.
La imagen positiva de Milei en Argentina, del 36,2 por ciento, es especialmente importante porque su proyecto se ha vendido como un modelo de terapia de shock regional. Su baja aprobación no significa que sus ideas hayan desaparecido. Significa que el costo político del dolor es real. Los latinoamericanos pueden aceptar austeridad, confrontación o disrupción por un tiempo, pero solo si creen que el sacrificio conduce a algún lugar. Sin esa creencia, el teatro de la ruptura se convierte en otra forma de cansancio.
La metodología de la encuesta, realizada entre 40.528 personas con una muestra nacional y un nivel de confianza del 95 por ciento, aporta el peso del ranking. Pero su valor más profundo es político, no matemático. Muestra un continente donde la aprobación se ha convertido en un lenguaje de ansiedad. Los ciudadanos no están simplemente aplaudiendo a los líderes. Están enviando señales de auxilio.
La lección para América Latina no es que los presidentes populares sean peligrosos o que los impopulares sean virtuosos. Eso sería demasiado fácil. La lección es que la democracia en la región se juzga en las calles antes de que la constitución la juzgue. Cuando las instituciones no pueden ofrecer seguridad, dignidad y respiro económico, los votantes buscan a alguien que pueda hacer visible el poder.
Ese es el nuevo y agudo precio. Los presidentes aún pueden llegar alto en América Latina, pero el suelo bajo sus pies es más delgado de lo que parece. La gente quiere orden, pero también quiere respeto. Quiere protección, pero recuerda el abuso. Quiere cambio, pero está cansada de ser materia prima para experimentos. Los líderes que olviden eso pueden descubrir que la aprobación, como el miedo, puede moverse muy rápido.
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