Colombia calcula el costo mientras los escombros del terremoto se convierten en una rendición de cuentas nacional
Una semana después de que un terremoto de magnitud 7,4 sacudiera el occidente de Colombia, los equipos de rescate siguen buscando, las familias duermen bajo plástico, las escuelas permanecen cerradas y un nuevo gobierno enfrenta una factura de reconstrucción de 9.500 millones de dólares que pondrá a prueba, una vez más, las profundas desigualdades del país.
El rescate da paso a la rendición de cuentas
La lluvia golpeaba los techos de plástico en Chiminangos, y cada gota sonaba como otra advertencia. Las familias de este golpeado barrio de Cali habían perdido apartamentos, muebles y privacidad. Ahora dormían en carpas, comían de ollas comunitarias y esperaban poder entrar a los edificios condenados el tiempo suficiente para recuperar documentos, ropa o algún electrodoméstico que aún pudiera funcionar.
Una semana después del terremoto del 10 de agosto, la supervivencia se ha convertido en una lucha más lenta. La emergencia más profunda vive en colchones mojados, uniformes escolares sin destino y padres que deciden si el poco dinero debe destinarse al transporte, la medicina o la comida.
El presidente Abelardo de la Espriella reconoció la magnitud de la tarea por delante en un discurso televisado a nivel nacional la noche del lunes. La reconstrucción, dijo, será “difícil” y “requerirá recursos”, según EFE. Su gobierno estima el costo en 30 billones de pesos, aproximadamente 9.500 millones de dólares, y ha declarado una emergencia económica mientras promete subsidios de vivienda y alivios financieros.
La cifra equivale a cerca del 2,4 por ciento de la economía nominal de Colombia, de unos 400.000 millones de dólares. Esa carga recae sobre un país que ya enfrenta déficits fiscales, inflación persistente y baja inversión. Además, llega pocos días después de que de la Espriella asumiera el cargo, convirtiendo el desastre en una prueba inmediata de credibilidad política.
El balance preliminar del gobierno es de 289 muertos, 4.187 heridos y 143 desaparecidos. Sin embargo, el Instituto Nacional de Medicina Legal reportó haber recibido 304 cuerpos e identificado 300, incluidos 22 niños. De los identificados, 139 eran de Cali y 107 de Pereira.
De la Espriella dijo que su administración solo publicaría cifras consolidadas “por respeto a las víctimas y sus familias”, informó EFE. La incertidumbre refleja una geografía difícil. San José del Palmar, el municipio chocoano en el epicentro, depende de carreteras frágiles y terrenos complicados. Los daños se extienden por Valle del Cauca, Risaralda y Caldas, mientras las rutas interrumpidas dificultan el movimiento de rescatistas, cuerpos y suministros.

La lluvia cae sobre la ciudad temporal
Las lluvias que comenzaron el domingo obligaron a pausar la remoción de escombros y empaparon los refugios improvisados. En el parque Olaya Herrera de Pereira, las familias cubrían las carpas con plástico mientras el suelo se convertía en lodo. Las inundaciones llegaron al Hospital Universitario San Jorge, recordando que las instituciones llamadas a absorber la emergencia también pueden convertirse en víctimas.
Las evaluaciones preliminares describen daños en 407 carreteras, 44 puentes vehiculares y cinco aeropuertos locales en 15 departamentos. Unos 285 centros de salud colapsaron o sufrieron daños graves. Más de 26.000 viviendas fueron destruidas, con pérdidas habitacionales estimadas en 24,5 billones de pesos y daños en infraestructura general por otros 5,5 billones.
La reconstrucción no puede reducirse a verter concreto. El occidente de Colombia alberga corredores agrícolas, industriales y de transporte cruciales. La zona afectada se superpone con el corazón cafetero y conecta los principales mercados con las rutas del Pacífico. Puentes rotos y carreteras bloqueadas pueden retrasar alimentos, combustibles y exportaciones, elevando los precios mucho más allá de los pueblos donde cayeron los edificios.
Para una economía impulsada en gran parte por el consumo de los hogares y los servicios, el impacto se siente en varios frentes. Las familias desplazadas dejan de hacer compras habituales. Los negocios pierden clientes y trabajadores. Los productores agrícolas enfrentan rutas más largas y mayores costos de flete. El dinero público se destina a refugios de emergencia y se aleja de la inversión. La reconstrucción podría generar empleos más adelante, pero solo después de asegurar financiamiento y acceso.
La emergencia económica le da al gobierno margen para actuar más rápido, pero también concentra el poder justo cuando la supervisión es más necesaria. La historia de Colombia incluye obras públicas retrasadas por corrupción, rivalidades políticas o el abandono de regiones periféricas una vez que la atención se desvía. Chocó, marcado desde hace tiempo por la pobreza y la infraestructura débil, entra a la reconstrucción con una desventaja acumulada.
La ayuda humanitaria está llegando. Autos y camiones particulares marcados como “Ayuda humanitaria” transportan alimentos, agua, medicinas, cobijas, colchones y artículos de higiene. Colombia ha recibido más de 220 toneladas de asistencia internacional y equipos de rescate de Israel, Ecuador y Estados Unidos. Washington ha enviado casi diez toneladas de materiales para refugio, agua y saneamiento, y ha prometido 26,5 millones de dólares.
Sin embargo, la ayuda puede estabilizar una crisis sin corregir las condiciones que la hicieron tan destructiva. Una carpa protege de algo de lluvia. No reemplaza una escritura, un sustento ni un barrio.

La reapertura de escuelas medirá la recuperación
La educación podría convertirse en la prueba más clara de si Colombia reconstruye con justicia. Se reporta que más de 3.200 escuelas han sufrido daños, mientras decenas de miles de estudiantes siguen fuera de clase. Solo en Pereira, más de 58.000 niños están temporalmente sin escuela después de que las autoridades consideraran críticas las condiciones en 165 planteles.
La propuesta de pasar a la educación en línea expone otra fractura. Muchas comunidades rurales no tienen señal confiable ni suficiente equipamiento electrónico. Un sustituto digital que funciona en Bogotá puede ser inútil en un asentamiento de montaña donde las familias comparten un solo teléfono y la electricidad es incierta. El terremoto no creó esa brecha. La expuso.
Shakira atrajo la atención internacional hacia la crisis durante una visita a Quibdó junto al filántropo estadounidense Howard Graham Buffett. La cantante colombiana prometió “todos sus esfuerzos personales” para reconstruir la Universidad Tecnológica del Chocó y anunció planes con Buffett para construir diez nuevas escuelas en el departamento.
“Cada día que los niños no van a la escuela es un día en que pausamos su futuro, y no podemos permitirlo”, dijo Shakira, según EFE, durante una visita a las zonas afectadas y a la Escuela Tecnológica Industrial Carrasquilla, la más grande del Chocó.
Global Citizen y la promotora de conciertos Live Nation aportarán cada uno 500.000 dólares, creando un fondo de un millón de dólares para la reconstrucción de escuelas. Shakira también instó a Canadá, Japón, Reino Unido, empresas y fundaciones a sumarse a la recuperación. Su llamado reconoce una dura verdad: reconstruir el Chocó no puede depender de la filantropía de celebridades, pero la filantropía puede obligar al país a mirar una región que a menudo ignora.
El gobierno ahora enfrenta una decisión más grande que reemplazar lo perdido. Puede reconstruir las mismas carreteras, escuelas y barrios vulnerables, o tratar el terremoto como una exigencia de instituciones más fuertes y una geografía menos desigual.
En Chiminangos, ese discurso no seca un colchón. En Pereira, no reabre un aula. En San José del Palmar, no acorta el camino hacia la ayuda. Pero esas carpas mojadas y escuelas cerradas son donde se juzgará la reconstrucción, mucho después de que los equipos de rescate se hayan ido.
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