Chile habla duro contra el crimen y luego abre las celdas de agresores sexuales
Las reducciones de condena a 56 agresores sexuales de menores han dividido a la coalición de gobierno del presidente José Antonio Kast y exponen la distancia entre las promesas punitivas de campaña, las interpretaciones legales en disputa y una presidencia cada vez más decidida a proteger su autoridad pese a la creciente indignación pública.
Una firma con consecuencias
Frente a La Moneda, el martes, cientos de mujeres interpretaron “Un violador en tu camino” y convirtieron el palacio presidencial de Chile en el telón de fondo de una exigencia: destituir al ministro de Justicia, Fernando Rabat. Para las familias que enfrentan la condena acortada de un agresor, la controversia trata de cuándo podría volver el miedo a una calle cualquiera.
Los 56 beneficiarios recibieron reducciones por buena conducta mediante decretos firmados entre marzo y septiembre. El gobierno de Kast defiende esas decisiones como cumplimiento de la ley vigente. Sin embargo, esa explicación plantea la pregunta central: ¿por qué una administración que prometía un castigo más duro aceptó una interpretación que acortó las condenas de estos presos?
El número 56 cuenta agresores, no víctimas, y nada dice sobre la duración de las reducciones ni sobre las salvaguardas que acompañan la liberación. No puede establecer la magnitud del riesgo futuro. Sí identifica decenas de decisiones por las que el gobierno debe una explicación individual.
Una ley de 2022 excluyó de estos beneficios a las personas condenadas por delitos sexuales contra menores. Rabat sostiene que aplicar la exclusión a casos anteriores violaría la prohibición de castigo retroactivo. La certeza jurídica importa, incluso cuando los acusados inspiran repulsión. Los gobiernos no pueden desconocer las protecciones constitucionales porque un preso sea políticamente indefendible.
Pero si esta restricción rige el castigo o la administración de un beneficio penitenciario es materia en disputa. El gobierno anterior de Gabriel Boric se resistió a las reducciones y defendió las negativas ante los tribunales. La revisión de CIPER de 113 recursos legales encontró que 19 terminaron con el beneficio denegado. Esa muestra no puede predecir el resultado de estos 56 casos, pero desmiente la idea de que la resistencia fuera invariablemente inútil.
La explicación plausible comienza con formalismo jurídico y una falla de criterio político. Rabat trató una interpretación discutible como una obligación. Las firmas de su ministerio convirtieron esa interpretación en fechas de liberación anticipadas, lo que contradice el mensaje de seguridad de la administración.

El largo alcance de la dictadura
Los beneficios alcanzaron también al menos a dos presos implicados en crímenes de lesa humanidad cometidos durante la dictadura de Augusto Pinochet, de 1973 a 1990. En Chile, ese detalle sitúa una controversia administrativa dentro de la lucha inconclusa por el castigo a la violencia de Estado.
Rabat participó antes en la defensa legal de Pinochet. Ese historial hace especialmente sensible su manejo de las reducciones de condena. Justifica un escrutinio de los criterios aplicados en los distintos casos, sin establecer un motivo político común para todos los beneficiarios.
Un gobierno conservador puede exigir castigos severos para los delitos actuales y oponerse a lo que considera restricciones retroactivas a condenas más antiguas. Esas posturas pueden coexistir como doctrina jurídica. Políticamente, sin embargo, una interpretación amplia que beneficia tanto a agresores sexuales de menores como a presos de la época de la dictadura invita a preguntar a quién sirve esa doctrina.
El escándalo llega, por lo tanto, más hondo que una excepción embarazosa a una plataforma de seguridad. Pone a prueba si la protección significa lo mismo cuando las víctimas enfrentan la violencia criminal ordinaria y cuando enfrentan la violencia asociada con el Estado.
La buena conducta tras las rejas también mide algo distinto de la seguridad fuera de ellas. Seguir las normas institucionales puede ayudar a que una cárcel funcione; no puede, por sí solo, demostrar rehabilitación. Para un gobierno socialmente conservador, esa distinción debería ser central para proteger a los niños y explicar cómo las liberaciones sirven a la seguridad pública.
Respetar los derechos de un preso y proteger a una sobreviviente son deberes simultáneos del Estado. El gobierno debe explicar qué discrecionalidad existía, por qué la usó como lo hizo y cómo entró la seguridad de las víctimas en la decisión.

Conservar el control, perder la confianza
La decisión de Kast de mantener a Rabat requiere una explicación aparte. Desde Roma, tras reunirse con la primera ministra italiana, Giorgia Meloni, insistió en que nombrar y destituir ministros corresponde al presidente. Su respuesta desplazó la atención de los decretos a quién manda en el gobierno.
Mantener a Rabat permite a Kast presentar la crisis como un problema jurídico que requiere legislación. Destituirlo podría validar la acusación de la oposición de un fracaso ministerial y alentar a los socios de la coalición a exigir mayor influencia sobre las decisiones del gabinete. La autoridad presidencial se ha convertido en una apuesta adicional de la disputa.
La legislación pendiente ofrece un camino hacia reglas más claras. No puede reemplazar una explicación sobre los decretos ya firmados. Prometer que no habrá otra controversia hace poco por las sobrevivientes que intentan comprender la que ya vivieron.
La destitución del subsecretario de Justicia, Luis Silva, acentuó esa impresión. Silva perdió su cargo tras publicar un video no autorizado en el que se defendía y atribuía la responsabilidad hacia arriba. Rabat se quedó. La sanción visible recayó en una falta a la disciplina interna, mientras la responsabilidad por las decisiones de fondo quedó políticamente sin resolver.
Ese cálculo resulta cada vez más costoso. Renovación Nacional, la UDI y Evópoli han criticado el manejo de la crisis. Sus objeciones muestran que la preocupación va más allá de los opositores de izquierda de Kast. Estos partidos deben defender sus propias credenciales en seguridad mientras comparten la responsabilidad por su administración.
Una aprobación por debajo del 30 por ciento deja poco margen para tal fricción. Las cifras no establecen que este escándalo por sí solo causara la caída. Sí muestran a un presidente que enfrenta la controversia sin una cómoda reserva de confianza pública.
La abogada feminista Margarita Peña dijo a EFE que las decisiones amenazaban los derechos de las víctimas y la tranquilidad de la sociedad. Su argumento identifica la mayor dificultad del gobierno: la seguridad también depende de la confianza en que las instituciones tomarán en serio la vulnerabilidad de una sobreviviente.
El registro disponible apunta a un razonamiento jurídico disputado, un escrutinio político insuficiente y una posterior defensa del control presidencial. La retórica dura no pudo resolver esas fallas. Las mujeres frente a La Moneda preguntan a quién protege ese control.



