VIDA

Atrapados durante años: la trampa de vivir noche a noche en Bogotá

Detrás de las calles turísticas de Bogotá, habitaciones de alquiler diario albergan a más de 12.000 personas cuyos ingresos inestables convierten cada hora de dormir en una fecha límite financiera. Un reportaje de EFE muestra cómo, para trabajadores mayores que viven solos, estos alojamientos supuestamente temporales se han vuelto direcciones permanentes sin la seguridad que la permanencia promete.

Una década pagando por esta noche

La habitación de Germán Ricardo Cano no tiene ventana. La ropa cuelga de sus paredes, un viejo televisor ocupa su lugar de siempre y una placa de un carro que alguna vez tuvo sobrevive entre sus pertenencias. Afuera, el centro histórico de Bogotá ofrece a los visitantes el placer de mirar hacia atrás. Adentro, Cano, de 57 años, guarda fragmentos de una vida que incluyó un apartamento, un empleo y más compañía.

Tras perder su trabajo y ver a sus hijas irse a Estados Unidos, se mudó a un pagadiario, un alojamiento que se paga por día. Un amigo se lo había sugerido. Diez años después, paga 15.000 pesos por noche, unos 4 dólares. Cada mañana sale a buscar trabajo armando vitrinas de aluminio y vidrio o tomando turnos en cafeterías.

La casa queda a una cuadra de la sede del gobierno nacional. Su fachada colorida da paso a escaleras que crujen, paredes húmedas y habitaciones aseguradas con candados. La luz llega al interior por un patio. Esa cercanía hace que la desigualdad sea inusualmente legible: las instituciones de gobierno y los residentes que luchan por pagar otra noche ocupan casi el mismo trozo de la capital.

La tarifa de Cano suma 450.000 pesos en 30 noches. Pagar en cuotas pequeñas no hace pequeña la obligación acumulada. Simplemente ajusta el calendario de cobro a ingresos inciertos. El arreglo resuelve el problema de esta noche y deja intacto el de mañana, un ajuste precario para trabajadores cuyos empleos llegan de forma intermitente pero cuya necesidad de techo nunca se toma un día libre.

Estos alojamientos varían considerablemente. Algunos cobran 8.000 pesos por noche por habitaciones con literas que acomodan hasta 10 personas; otros se parecen a hoteles. Los funcionarios describen una población compuesta en gran parte por migrantes, personas LGBTQ y personas con discapacidad que trabajan en la informalidad. Sus circunstancias difieren, pero la inestabilidad de los ingresos convierte repetidamente una opción de vivienda de emergencia en una forma de vida duradera.

Un hombre recibe asistencia en una casa de alojamiento por día en Bogotá, Colombia. EFE/Mauricio Dueñas
Un hombre recibe asistencia en una casa de alojamiento por día en Bogotá, Colombia. EFE/Mauricio Dueñas

El cuerpo paga la diferencia

Hugo Alberto Sanabria Carreño sale antes del amanecer a vender cuadernillos de sopas de letras y útiles escolares en el transporte público. A sus 67 años, con una discapacidad y movilidad limitada, intenta ganar lo suficiente antes del mediodía. Luego come en un comedor comunitario y descansa. Moverse entre buses le deja las rodillas y los tobillos hinchados y adoloridos.

Su cuerpo fija así un techo a sus ganancias, aun cuando la habitación exige otro pago. El descanso protege su salud pero consume tiempo que podría dedicar a vender. Para un trabajador informal mayor, ese cálculo es castigador. Un tobillo adolorido también es un hecho económico, pues reduce las horas disponibles para cubrir una cuenta que siempre regresa.

Sanabria lleva siete años como pagadiario. Sus dos hermanas viven a más de 450 kilómetros y el contacto es limitado. En Navidad se encierra con el televisor. Las hijas de Cano están en el exterior; las hermanas de Sanabria, en otro lugar de Colombia. La familia existe, pero la distancia deja a estos hombres manejando en gran medida solos la mecánica diaria de la supervivencia.

Unas puertas más allá, Gustavo Zuluaga, de 69 años, vive entre discos compactos, muñecas, cuadros y un equipo de sonido. Ha trabajado en la calle durante más de medio siglo y vive aquí desde hace una década. Vender imanes y sombreros colombianos a visitantes extranjeros lo sitúa dentro de la economía turística, donde la compra opcional de alguien más ayuda a financiar sus gastos más esenciales.

Zuluaga cuenta días con 30.000 o 40.000 pesos, otros con solo 10.000 y algunos con nada. Para alguien que paga la tarifa de Cano, un día de 30.000 pesos destinaría la mitad de lo recaudado solo al alojamiento. Con 40.000, la proporción seguiría acercándose al 38 por ciento. Un día de 10.000 pesos dejaría un faltante antes siquiera de contar la comida o el transporte.

Un hombre en una casa de alojamiento por día en Bogotá, Colombia. EFE/Mauricio Dueñas
Un hombre en una casa de alojamiento por día en Bogotá, Colombia. EFE/Mauricio Dueñas

La ayuda llega hasta la puerta

Un pago mensual del gobierno para personas mayores con pocos recursos ayuda a Zuluaga a cubrir sus gastos. También lo hace el almuerzo en un comedor comunitario de lunes a sábado. Esa asistencia reduce lo que debe conseguir en la calle. También muestra cómo varios apoyos modestos deben funcionar juntos: una habitación, una comida y la capacidad física de seguir vendiendo sostienen un equilibrio vulnerable a cualquier interrupción.

Desde hace un año, las secretarías de Salud e Integración Social de Bogotá visitan los pagadiarios para identificar necesidades y conectar a los residentes con servicios. Los equipos pueden gestionar citas médicas, hacer seguimiento cuando las personas encuentran obstáculos para recibir atención y detectar problemas de salud mental. El apoyo psicológico gratuito puede incluir varias sesiones individuales o familiares y ofrece un punto de contacto en vidas a menudo organizadas en torno a habitaciones solitarias.

La participación es voluntaria y la desconfianza aleja a algunos residentes de la ayuda. Eso importa en una política dirigida a personas que quizá han pasado años arreglándoselas solas. Una oferta de atención requiere una relación antes de convertirse en una cita cumplida. Las visitas repetidas y la ayuda práctica con trámites u obstáculos de acceso pueden hacer tangibles los servicios públicos, sobre todo para alguien cuyas piernas adoloridas ya hacen de salir de casa una prueba.

La atención puede aliviar el aislamiento y las enfermedades sin tratar. La cuenta diaria de alojamiento permanece. La década de Cano, la década de Zuluaga y los siete años de Sanabria exponen la debilidad de llamar temporales a estos arreglos: la etiqueta describe cómo se cobra el alquiler mucho mejor que cuánto tiempo se quedan las personas. A pocos pasos del poder nacional, su seguridad de vivienda se renueva en incrementos de una noche, por trabajadores cuya capacidad de pago debe reconstruirse cada mañana.

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