AMÉRICAS

Los venezolanos temen por sus cosechas

Los agricultores enfrentan otro problema: la escasez de combustible

Residents of a remote community catch a ride on the bed of a truck near

Un campesino muestra papas arruinadas en una comunidad cerca de La Grita, Venezuela, el 19 de junio del 2019. (AP Photo/Rafael Urdaneta)

AP | Luz Dary Depablos y Scott Smith

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Cultivar papas y zanahorias en las montañas ventosas del occidente de Venezuela siempre fue un reto para Luis Villamizar.

Pero a medida que se derrumba la producción de petróleo como consecuencia de años de mala administración y de sanciones de Estados Unidos, los agricultores enfrentan otro problema: la escasez de combustible.

“Esto ya no se lo come la gente, esto para uno es pérdida”, declaró Villamizar, de 53 años, mientras recogía papas con manchas oscuras, producto de una infección. “¿Cómo la gente va a comprar esto? Esto no sirve”.

Villamizar no está solo. En toda Venezuela, las cosechas se están pudriendo en los campos –en una época de una hambruna sin precedentes– y los campesinos son una nueva víctima de la creciente crisis del país.

Sin un suministro confiable de gasolina, se han suspendido las entregas de pesticidas, es imposible operar equipo básico, los peones no pueden ser transportados a los campos y las cosechas no llegan a los mercados. Todo esto agrava la situación de un sector ya de por sí bastante golpeado en un país del que ha emigrado el 10% de su población.

La producción de petróleo ha caído a niveles históricamente bajos. La empresa estatal PDVSA calcula que se produce a entre el 10% y el 15% de la capacidad. La gasolina se vende muy barata, pero cuesta conseguirla. En este contexto, ha surgido un mercado negro en el que 20 litros (5,3 galones) de gasolina pueden costar 100 dólares en aisladas comunidades de la montaña. Mucha gente se ha acostumbrado a esperar días para llenar los tanques de sus vehículos o a manejarse sin autos.

Hay quienes atribuyen este estado de cosas a la corrupción tras dos décadas de gobierno socialista. El presidente Nicolás Maduro lo atribuye a las sanciones de Estados Unidos implementadas este año contra PDVSA para presionarlo para que deje su cargo y pueda asumir el líder opositor Juan Guaidó.

Los agricultores han quedado en el medio.

Si bien el país tiene las mayores reservas de petróleo del mundo, la agricultura y otros sectores afines siguen siendo vitales para el PBI de la nación, que ha bajado más de un 70% desde el 2012. En zonas rurales como el estado occidental de Táchira, mucha gente se gana la vida cultivando papas, zanahorias, cebollas, tomates y pimientos.

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La escasez de combustible amenaza con provocar un colapso total del sector.

Robert Maldonado, quien produce pimentones y es un activo líder comunitario, representa a unos 1.500 agricultores de la región andina, donde los cerros más altos llegan a los 3.900 metros (12.800 pies) de altura sobre el nivel del mar.

En el pasado, cosechas de todo tipo, desde repollos hasta bananas, eran despachados a los mercados y a las cocinas de toda Venezuela.

Hoy, dice Maldonado, el precio del combustible se come todas las ganancias y hace que les resulte imposible a los agricultores sostenerse y abastecer un país con una creciente hambruna e hiperinflación. Estudios de tres de las cuatro universidades más prominentes del país indican que seis de cada diez venezolanos dicen que bajaron de peso, un promedio de 11 kilos (24 libras), entre el 2017 y el 2018. El año pasado la inflación fue de más de 1.000.000%.

“Vemos con bastante preocupación la posibilidad de que en unos tres o cuatro meses la producción decaiga más del 50%”, señaló Maldonado.

Ricardo Hausmann, economista de la Universidad de Harvard y ex ministro de planeación de Venezuela, hoy figura de oposición, calcula que la producción agrícola del país es un 90% más baja que el promedio del 2005 al 2007, y dice que la escasez de combustible agrava más las cosas.

“Las extensiones de tierras cultivadas son las más pequeñas en décadas”, expresó, para destacar luego el “colapso sistémico” de la cadena de suministros para el sector, incluidos escasez de semillas, fertilizantes y repuestos para tractores.

Antes de que empezase el boom petrolero hace casi un siglo, la agricultura, la silvicultura y la pesca representaban más del 50% del PBI. En la década de 1930 las haciendas generaban el 60% de los empleos.

El panorama cambió radicalmente a partir de los 70, al surgir el estado petrolero, y hoy la agricultura produce menos que cualquier otro país latinoamericano. Al venirse abajo la producción agrícola, el gobierno usó sus ganancias extras para comprar comida importada.

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En los años que siguieron a la expropiación de la empresa agrícola Agroiseleña, los agricultores se las ingeniaron como pudieron para conseguir desde semillas hasta pesticidas y a veces los compraron en Colombia.

Pero rara vez las cosechas se arruinaron y los tractores dejaron de funcionar.

Villamizar, de rostro cobrizo y manos rugosas por los años trabajando en el campo, sigue cultivando una pequeña parcela en terrenos de la montaña que su familia atiende desde hace años. Cuenta que su última partida de 14 cajas de 60 kilos de papas cada una se pudrió antes de llegar a la ciudad.

Otro agricultor, Hauchi Pereira, calculó que perderá seis toneladas de cebollas porque se está demorando la llegada de plantas de semillero de los invernaderos a los terrenos donde serán plantadas.

Pereira dijo que un colectivo agrícola supervisado por un general le había dado un pase para que llenase su camión con suministros para dos meses, pero que sus cebollas ya se estaban marchitando.

“Si usted tiene la cosecha y no hay gasolina, no puede venderla”, dijo el agricultor de 34 años.

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