Dosquebradas cuenta sus pérdidas mientras Colombia vuelve a aprender sus lecciones sísmicas
Dos días después del terremoto más mortal de Colombia en este siglo, Dosquebradas excava entre concreto, dolor y ruina económica, exponiendo por qué la vulnerabilidad sísmica persiste en el corazón industrial de Risaralda a pesar de décadas de advertencias, desastres pasados y promesas de un crecimiento urbano más seguro.
La avenida que se volvió una falla
La Avenida Simón Bolívar normalmente funciona como el torrente vital de Dosquebradas. Los comercios abren hacia ella. Las motocicletas la llenan. Los trabajadores la cruzan rumbo a fábricas, bodegas, talleres textiles y negocios de servicios que hacen de esta ciudad uno de los motores económicos de Risaralda.
Ahora, gran parte de sus seis kilómetros está casi cerrada.
Autoridades, equipos de rescate, comerciantes y residentes se mueven entre polvo y mampostería rota, retirando escombros y revisando fachadas poco confiables. En esta ciudad de aproximadamente 250,000 habitantes, siete han muerto, cinco fueron rescatados con vida de los escombros y más de 8,000 han resultado afectados. En toda Colombia, el número de muertos ha llegado al menos a 265.
Un edificio colapsado albergaba un taller de motos unido a la vivienda de los dueños. Una mujer fue rescatada con vida y permanece en una clínica de Dosquebradas. Su hermano murió bajo los escombros.
Durante las horas más desesperadas, los vecinos colocaron carteles hechos a mano con una sola palabra: “Silencio.”
No era una petición de duelo. Era una orden operativa. Cada motor, grito y pala raspando podía sepultar el sonido que los rescatistas más necesitaban: la voz tenue o el golpe de alguien atrapado abajo.
El sitio ha vuelto a quedar en silencio, pero el significado ha cambiado. Los equipos se han desplazado a otros lugares en busca de sobrevivientes. Lo que queda es el silencio más pesado tras el rescate, cuando las familias cuentan lo que no se puede recuperar.
Cerca de allí, Duviel Vidal Ocampo camina frente a los restos de Ferreléctricos Todo en Uno. Durante ocho años, el negocio de ferretería y suministros eléctricos representó trabajo, ahorros y un futuro. El edificio vecino aplastó su bodega. Ahora la estructura parece destinada a la demolición.
“Todo quedó bajo los escombros”, dijo Vidal a EFE, luchando entre lágrimas. “El edificio de al lado se vino encima de la ferretería. Pérdida total. Todo aquí es escombro.”
Su dolor no es solo por el inventario. En las ciudades latinoamericanas, un pequeño negocio familiar suele ser a la vez plan de retiro, fondo de emergencia, herencia y fuente de empleo. Cuando caen las paredes, todo un sistema privado de bienestar puede colapsar con ellas.

El rescate termina antes de que comience la recuperación
Vidal no estaba dentro cuando ocurrió el sismo. Regresó rápidamente y ayudó a los equipos de rescate en el edificio de al lado. Un hombre de unos 65 años fue recuperado sin vida alrededor de las 8 p.m. La mujer fue sacada con vida más temprano esa tarde.
Vidal elogió los esfuerzos de rescate de las autoridades en su entrevista con EFE. Los equipos fueron atentos y efectivos, dijo. Eso importa. Dosquebradas no es una historia de abandono en las primeras horas. Es una historia sobre la brecha entre la respuesta de emergencia y un sistema de recuperación que no logra explicar qué sigue.
“Nadie nos ha dicho nada”, afirmó Vidal. “No sabemos qué paso dar, si viene ayuda del gobierno o qué, porque aquí realmente se han perdido los sueños de muchos años.”
Esa incertidumbre muestra por qué los desastres profundizan la desigualdad después de que pasa el temblor. Las grandes empresas pueden tener seguros, crédito, abogados e ingenieros. Un comerciante de barrio puede amanecer con mercancía arruinada, un local inseguro, proveedores sin pagar y sin ingresos. Los retrasos pueden decidir si un negocio reabre o desaparece.
Dosquebradas generó aproximadamente el 20 por ciento del producto interno bruto de Risaralda en 2023, con manufactura, textiles, comercio y servicios concentrados en su tejido urbano. El daño a un corredor comercial se extiende a salarios, entregas, pagos de renta, empleo informal y gasto de los hogares.
El terremoto golpeó más que edificios. Afectó el tejido conectivo entre Pereira y el municipio industrial vecino. La Avenida Simón Bolívar es tanto una vía como un balance financiero. Cerrarla interrumpe el flujo de clientes, las cadenas de suministro y la circulación de la que dependen las pequeñas empresas.
Contar solo las estructuras colapsadas subestima el desastre. Una bodega agrietada puede detener la producción. Un local condenado puede borrar el único ingreso de una familia. Los clientes pueden evitar la zona durante meses. La réplica económica viaja más lejos que la geológica.

Por qué el riesgo nunca se fue
Dosquebradas ya ha vivido advertencias antes. El terremoto de magnitud 6,4 del 8 de febrero de 1995 dañó viviendas y edificios industriales en el municipio. El sismo de magnitud 6,1 del Eje Cafetero, el 25 de enero de 1999, volvió a afectar a Risaralda y motivó inspecciones técnicas en Dosquebradas.
Esos eventos no hicieron desaparecer el peligro. Establecieron lo contrario.
El municipio se ubica en una región sísmicamente activa, mientras su población, industrias, edificaciones de uso mixto y corredores de transporte han crecido. Cada local, apartamento, bodega y taller suma valor económico y exposición. El riesgo persiste cuando la expansión urbana supera el refuerzo, las inspecciones, la planificación y la posibilidad de hacer mejoras asequibles.
La destrucción no prueba que todos los edificios fallidos violaron las normas de construcción. Los sismos pueden sobrepasar estructuras que cumplen con la ley cuando se combinan condiciones del suelo, edificios contiguos, modificaciones, antigüedad y mantenimiento. Pero el patrón obliga a una pregunta más difícil: ¿cuántas advertencias puede absorber una ciudad antes de que la prevención sea tan urgente como el rescate?
Colombia ha desarrollado mayor conocimiento sísmico y normas de construcción más estrictas, pero las reglas en el papel no refuerzan una pared vieja, no financian una mejora ni ayudan a un comerciante a reemplazar una propiedad vulnerable. La aplicación choca con el crecimiento informal, presupuestos municipales limitados, propiedad fragmentada y hogares que no pueden dejar de operar durante las reparaciones.
Por eso la vulnerabilidad sigue existiendo. Se reproduce por necesidad. La gente construye donde hay trabajo. Los negocios ocupan lo que pueden pagar. Las familias combinan vivienda y comercio porque separarlas cuesta más. Las economías locales premian la densidad y el acceso, mientras la construcción más segura requiere dinero antes de que el desastre haga visible la necesidad.
Para Vidal, esas explicaciones son dolorosamente abstractas. Sigue entrando al predio destruido con sus familiares, buscando algo que se pueda salvar. A su alrededor, Dosquebradas hace lo mismo, pedazo a pedazo.
La ciudad volverá a abrir. La avenida se despejará. Nuevas paredes se levantarán. Pero sobrevivir no debe confundirse con resolver. A menos que la recuperación incluya ayuda transparente, inspecciones técnicas, apoyo a pequeños negocios e inversión en edificaciones más seguras, Dosquebradas reconstruirá la misma exposición que el terremoto dejó al descubierto.
El silencio en la Avenida Simón Bolívar eventualmente se disipará. La advertencia no debería hacerlo.
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